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Opinión

  • | 2000/08/21 00:00

    Una visión de Colombia futura, de una Colombia en paz

    Me imagino a Colombia convertida en la sociedad del mundo con mayor capacidad de utotransformación cultural. El país que más control consciente tiene de la evolución de sus hábitos y creencias.

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Me imagino a Colombia convertida en la sociedad del mundo con mayor capacidad de autotransformación cultural. El país que más control consciente tiene de la evolución de sus hábitos y creencias. El país donde la ciudadanía, organizada en cientos de miles de asociaciones o grupos de trabajo, modifica deliberadamente su manera de reaccionar, sus patrones de pensamiento y de acción, sus esquemas de comunicación. El país que es mirado con asombro por otros países que siguen presos de una gran rigidez en su cultura. Un país que ha aprendido también que la fluidez y el cambio no significan "todo vale", sino donde se progresa porque se sabe cambiar los límites de manera racional, consensuada y en muchos casos democrática.

La ley es admirada, hay una disposición ciudadana a ayudar a cuidar lo público y la gente dedica tiempo a vigilar la gestión pública y a otras acciones solidarias. La gente le ha descubierto razón y ventaja a la obediencia a las normas.



Mirando hacia atrás se recuerda que desde la fundación de la República, Colombia tuvo en altísima estima la transformación de la ley como mecanismo para desarrollar la sociedad ideal. Ahora se ha comprendido que la modificación de la ley es apenas la modificación de cierto tipo de límite, el más externo, el más formal, el que está amparado por mecanismos coactivos estatales, y se entiende que, al lado de las transformaciones legales (antes de ellas, simultáneamente con ellas y después de ellas) es definitivo gobernar la cultura, es definitivo que los propios ciudadanos planifiquen y lleven a cabo la transformación de sus propias costumbres. También se reconoce que la conjugación entre las perspectivas de los economistas institucionales, los antropólogos, los sociólogos, de esos saberes que permitieron lecturas esperanzadoras de la realidad colombiana, del dramático desbarajuste de finales del siglo XX, ayudó enormemente a convertir la tragedia y el desaliento en oportunidad. Porque se entendió radicalmente que no se podía dejar descansar la transformación meramente en el cambio de las conciencias vía culpa, aunque también se reconoció que los sentimientos de culpa podían jugar un papel constructivo; tampoco se consideró que lo crucial fuera atemorizar a la gente con un sistema de justicia eficaz, por el contrario la lógica del educar mediante el castigo fue llevada a extremos nunca sospechados tocándose en el castigo lo más sensible para la mayoría de los colombianos, su familia, sus hijos.

Costosamente se exploraron las limitaciones de la pedagogía del castigo y al mismo tiempo se reconoció que la delegación de los procesos en instituciones y el uso del poder del Estado, con todas las rigideces que esto implica (reglamentaciones y procedimientos burocráticos) tampoco podía ser eficaz. Todo esto llevó a que las diferentes metas fueran abordados sistemáticamente, coherentemente, como acciones de consolidación o transformación simultánea de la conciencia, de la ley y de la cultura. Un ejemplo temprano fue la superación del trabajo infantil.



La situación alcanzada, obviamente es una situación en la cual las diferencias, las contradicciones, los choques de interés, tienen escenarios de debate público, de tramitación institucional pública y a través de organizaciones de la Sociedad Civil donde la artesanía del cambio cultural voluntario está siempre presente, esperando aportar creativamente a la solución. Por supuesto quedan muchos temas por resolver. Y uno de los grandes acuerdos logrados es el de realizar periódicamente un ordenamiento jerarquizado de cuáles son las tareas más urgentes; ese acuerdo se logra porque el país ha logrado concertar ?a partir de un gran proyecto llamado "Colombia va"? una imagen de futuro deseado". La invocación de esa imagen de futuro deseado y la celebración de unos primeros acuerdos que van en la dirección de la realización de ese país, ayudan mucho a inspirar la necesaria paciencia frente a la fila de tareas y problemas por abocar. La sociedad se siente muy animada por una metodología que ha cundido y que ha sido radicalmente impulsada por el Partido Visionario, que es la metodología de buscar ?a propósito de cada problema por resolver o de cada objetivo por alcanzar? antecedentes claros de solución del problema, inspiradores aunque hayan sido en escala pequeña. Obviamente la academia y de las personas formadas en el espíritu más crítico ayudan a evitar la falacia de la generalización: el que se haya podido algunas veces no significa que siempre se pueda. Pero los indicios de solución son útiles aun cuando solo sirvan para dar esperanza. También dan pistas acerca de cómo se logran las cosas, ayudan a precisar qué se busca y a construir maneras de medir lo que se quiere obtener.



Lo único que le permitió a Colombia alcanzar la paz y le permite mantenerla, es una especie de geometría cultural variable, en donde ? como pasa en los aviones de geometría variable? en función de distintos momentos se logra una estructuración diversa de prioridades y una gran creatividad? ordenada? con los tres tipos de reglas (reglas de la conciencia, de la ley y reglas culturales o sociales).



Al final uno no ve que el país haya cambiado de rumbo sino que maduró casi en línea recta después de haber explorado, como cualquier adolescente, las formas extremas de desorden (el desorden de la violencia); después de haberse vinculado al vértigo del vínculo de la economía de mercado y el hedonismo de los países industrializados (léase la droga) y después de haber abrigado los esfuerzos más crudamente maquiavélicos imaginables para transformar la sociedad: el secuestro, consentimiento al narcotráfico acompañado de extorsión del mismo para alimentar una organización revolucionaria de raíces leninistas.



Jugar con lo nuestro más sagrado "familia, vida, pertenencia" nos dejó por fin muchos aprendizajes. Aprendimos lo que era buscar resultados, pero no a toda costa. Conocimos al derecho y al revés las reglas sociales, morales y legales. Al final, como lo aspiran todas las sociedades, nuestra sociedad se autogobierna, con la diferencia de que lo hace con una sincronización clara y voluntaria entre cambio cultural, cambio jurídico y procesos formativos de la conciencia moral de las personas.



Ha sido un camino algo raro y costoso para llegar a un país paraíso de la autotransformación. A diferencia de la ingeniería social imaginada por los países anglosajones en los años 70, la nuestra es una autoingeniería cultural democratizada.



¿Mucho soñar? La paz en Colombia obliga a pensar lejos.
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