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Opinión

  • | 2002/11/23 00:00

    Uniones homosexuales

    El mundo posmoderno va más allá. No se queda en 'tolerar' los distintos estilos de vida 'privada', sino que afirma su 'validez' en la esfera pública

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El propósito de la ley no es hacer que la gente sea santa sino que la sociedad viva en paz". Esta frase de Samuel Coleridge en sus Sermones Laicos de 1806 expresa magistralmente el gran hallazgo de la Edad Moderna.

Pero Colombia no ha entrado en la Edad Moderna ni mucho menos en la posmoderna. La prueba más reciente es el debate sobre uniones del mismo sexo, en el que un proyecto moderno despierta la indignación de los premodernos porque creen que el proyecto es posmoderno.

Aclaremos. El pensamiento premoderno (es decir, medieval) sostenía (y en Colombia aún sostiene) que el Estado debe velar por la moral, ya que no hay más que una moral verdadera (la que respeta el orden natural, la que Dios nos enseña).

Esa idea funcionó mientras Europa fue católica. Pero entre la Reforma, los navegantes del siglo XVI y la ciencia moderna se enredó la cosa, porque ya no había una sino varias moralidades posibles: la católica, la luterana, la budista, la agnóstica. Una opción era que el Estado impusiera alguna de esas concepciones del bien -y persiguiera a quienes tenían una distinta-. La otra opción era vivir en paz: esa fue la base de la Edad Moderna.

Hobbes lo dijo antes y casi tan bien como Coleridge: "Más allá de la ley no está la moral; está la dictadura o la guerra civil". Así que al Estado no le compete decirme cómo vivir la vida; le compete asegurar que personas distintas en la vida privada se toleren y cooperen en la vida pública. Más breve: le compete velar por la igualdad entre personas autónomas.

Lo cual nos trae al famoso proyecto. En 12 artículos manda que el compañero del mismo sexo tenga derecho a la mitad de los bienes, a herencia en caso de muerte y a seguridad social. Nada menos. Pero nada más. O sea que el Estado interviene para defender a la parte débil, al que devenga menos o no tiene los bienes a su nombre. Interviene para asegurar la igualdad entre dos personas autónomas que eligieron vivir juntas. Esto es, exactamente, lo que un Estado moderno debe hacer.

El mundo posmoderno va más allá. No se queda en tolerar los distintos estilos de vida privada, sino que afirma su validez en la esfera pública. Es un mundo sin verdades -o morales- superiores o incluyentes (sin "megarrelatos") donde no hay mayoría sino muchas minorías -religiosas, étnicas, de género o, en este caso, de sexo- cada una de las cuales tiene derecho a vivir su propio "relato".

En la versión radical de autores como Foucault y Butler, la queer theory sostiene que la homo y la heterosexualidad son igualmente artificiales, porque la gente no "es" sino que "actúa" de un modo u otro. Por eso la vanguardia del movimiento gay-lesbiano -en San Francisco, en Dinamarca y hace poco en Francia- reclama el matrimonio bajo rito público, el derecho de adoptar hijos y la prevención de divorcios por parte del Estado.

Eso es lo que el proyecto no propone. Defiende, sí, al individuo más débil, pero no le da a la unión la dignidad simbólica y ritual del matrimonio. O sea, es un proyecto moderno que nuestros premodernos quisieran desvirtuar por posmoderno.

-Por eso cinco de sus 10 argumentos son simplemente falsos: que el proyecto va contra el matrimonio, la familia, la naturaleza humana, la educación y la cultura.

-Por eso otros dos argumentos son totalmente ciertos para la Iglesia pero totalmente impropios para el Estado: que esta ley iría contra la ley de Dios y la moral (católica).

-Por eso los otros tres argumentos se devuelven contra los firmantes: lo inconstitucional sería no proteger al débil, el daño a la salud sería peor sin la ley, y lo "totalitario" es su intolerancia.

Intolerancia, porque el texto que publicó El Espectador apela sin pudor a lo peor del machismo. Un periódico liberal, lo que equivale a "moderno". Pero eso no es raro cuando el primero de los firmantes es un ex presidente que aquí llaman "liberal".
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