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Opinión

  • | 2012/08/04 00:00

    Unos olímpicos con los más olímpicos

    En Colombia los deportistas nos devuelven el orgullo que los políticos nos quitan.

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Quise montar un equipo olímpico integrado por políticos colombianos para mejorarles la imagen, ahora que los atletas son los únicos que sacan la cara por nosotros. Actué rápido: antes de que a María Ángela Holguín se le ocurriera proponer a Colombia como sede de las próximas Olimpiadas y tuviéramos que soportar semejante horror. Porque si Colombia fuera sede de los Olímpicos, Óscar, de Protagonistas de Nuestra Tele, sería la mascota del evento; alias Fritanga pagaría y diseñaría la ceremonia de clausura; Santos reformaría los estatutos con el fin de que el golf fuera deporte olímpico desde ya, y al final el planeta entero no hablaría de los juegos sino de un escándalo sexual protagonizado por Dania Londoño y algún atleta gringo, seguramente de tiro. Para afectar al gobierno, además, el expresidente Uribe lanzaría en simultánea sus propios juegos: los juegos paralímpicos, en cuya ceremonia de inauguración el mismo expresidente, acompañado por su escolta, el general Santoyo, se tiraría en paracaídas desde una avioneta decomisada en Tranquilandia. El maestro de ceremonias sería William Calderón; no tocaría la orquesta sinfónica sino los Marinillos, mientras Suso el Paspi finge que se queda dormido tocando una guacharaca ante las risotadas del público. En lugar de batir récords, los competidores tratarían de batir los tres huevos del patrón. Y al final ganaría Luis Carlos Restrepo, que es el más olímpico de todos los uribistas.

Yo adoro a Uribe, pero le critico su obsesión por desprestigiar al Gobierno, como si el Gobierno no fuera capaz de desprestigiarse por sí solo. En todo lo demás defiendo al Paspi, pobre: no puede hacer nada sin que lo ataquen ciertos terroristas de civil. La última fue Ana Cristina Restrepo, una columnista que se quejaba en El Colombiano de que el expresidente ahora ofrezca conferencias en los colegios de Medellín. Es comprensible: preso el Pincher Arias, necesita reclutar un ejército de uribitos: lavar ya no activos, como su copartidaria Dilian Francisca, sino cabezas. ¿Cómo serán las charlas colegiales de Uribe? ¿Dirá "otra pregunta, amiguito" cuando no quiera contestarle a un alumno? ¿Pondrá apodos en el recreo, tipo "Gordolindo", tipo "el Tuso"? ¿Promoverá a quienes desplacen a los niños de la arenera? ¿Llevará a Pachito para que electrocute a los que protesten?

A veces me dan ganas de pedirles a Santos y a Uribe que se vuelvan a querer, no lo niego, porque esa pelea me rompe el corazón. A ambos los admiro por igual: a Uribe, sobre su caballo; a Santos, sobre la cicla desde la cual recorre su 'Vuelta a Colombia': una desesperada gira con la que pretende mejorar su imagen exhibiendo en las provincias la belleza de su muslo blanco bajo la templada lycra del bicicletero.

No es mala idea que se disfrace de ciclista, pensé. En Colombia los deportistas nos devuelven el orgullo que los políticos nos quitan, como lo demostraron Rigoberto Urán, Yuri Alvear y Óscar Figueroa, quien reivindicó a sus tocayos, agobiados por culpa del personaje de Protagonistas de Nuestra Tele. Ya era justo que se llevara la plata alguien que no fuera de apellido Nule, o Tapia, o Moreno.

Con el ánimo constructivo de recomponer el prestigio del político criollo, entonces, se me ocurrió integrar un equipo olímpico con lo mejor de cada partido. Voy a llevarlos a los próximos juegos, me dije: haré que pongan a llorar al país, como suelen hacerlo, pero esta vez por motivos nobles.

Fui al Partido Liberal y les pedí a los expresidentes que se volvieran a lanzar al agua: le compré una tanga a mi tío Ernesto y lo inscribí en los 100 metros espalda; vestí con un enterizo a Gaviria, y lo planillé para los 100 metros mariposa. A todos los del Puro Centro Democrático, sin distingo alguno, los anoté en hípica y tiro al blanco; y a Uribe, de paso, también lo metí en lucha libre, que es sin reglas, como le gusta. En la U analicé la hoja de vida de Roy Barreras y lo matriculé en salto acrobático. A Luis Carlos Avellaneda y Jorge Robledo los metí a Polo, pero terminaron peleándose, como siempre, de modo que de la izquierda sólo me quedé con Petro, y lo inscribí en la misma carrera de relevos de su gabinete. Me fui al Palacio de Nariño para reclutar a Federico Renjifo en sumo, y lo vi desfilar, orgulloso, con una sábana amarrada a manera de pañal, listo para el primer combate; convencí al procurador de que se embutiera en la narizona y se subiera al trampolín: que se lance de una vez, pensé, aunque los clavados terminemos siendo nosotros. Y de refuerzo matriculé a Dania en bádminton, o gallito, para que quiebre de nuevo el servicio gringo.

Bajo la coordinación secreta de Emilio Otero, comenzaron los entrenamientos. Pero al segundo día me di cuenta de que eran incapaces de conformar equipo alguno; y cuando íbamos a hacer el simulacro del podio, no aparecieron las medallas. Nadie quiso decir quién las tenía. Todos se hacían los 'simones gavirias'. Abatido, le quité la cicla a Santos y regresé a mi casa para seguir viendo a nuestros deportistas. Ya no me importa si el presidente sigue cayendo en las encuestas, me dije: a estas alturas de su gobierno, ni siquiera Óscar Figueroa es capaz de levantar su popularidad.
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