Me parecen absolutamente excesivas e inoportunas las manifestaciones públicas de rechazo que ha hecho Uribe frente a los primeros pasos dados por Santos para intentar restablecer las relaciones con Venezuela. Fiel hasta el último momento a su estilo frentero, Uribe no ha tenido pelos en la lengua pa
ra calificar esas primeras acciones de Santos como diplomacia "babosa", "cosmética" e "hipócrita". De su franco rechazo a esta nueva diplomacia no deben, pues, quedar dudas. No es un asunto de mera incomodidad, como tímidamente dicen algunos. Mala cosa.
En efecto, desde su campaña electoral Santos ha anunciado que una de sus prioridades en política internacional sería restablecer las relaciones diplomáticas y comerciales con los países vecinos, especialmente con Ecuador y Venezuela. Para ello nombró como Canciller a una exitosa ex embajadora en Venezuela, invitó a Chávez y a Correa a su acto de posesión, utiliza un lenguaje cordial cuando se refiere a sus gobiernos, y les da nuevos acentos a las agendas bilaterales. Lamentablemente, para Uribe estas parecen ser inequívocas muestras de apaciguamiento de Santos frente a Chávez. Por esta razón se ha tomado el redundante trabajo de recordarnos a todos lo que ya sabemos muy bien desde mucho tiempo atrás: que la guerrilla colombiana se esconde en Venezuela. Como si todos lo hubiéramos olvidado y como si Santos no fuera una de las personas más informadas en el país sobre esta condenable situación, no solo porque fue uno de los primeros en denunciarla públicamente cuando era columnista, sino porque se acaba de retirar del Ministerio de Defensa -fuente privilegiada de información sobre el tema-, donde realizó la más excelente gestión en muchos lustros. A Uribe se le nota el afán de advertir no solo que él no olvida el tema, sino que su estrategia de confrontación a Chávez es la única posible.
Pero es evidente que el nuevo gobierno tiene una nueva estrategia con respecto a Venezuela que difiere radicalmente de la de Uribe. Si para Uribe hay que garantizar primero la seguridad en la frontera como condición para normalizar después las relaciones con Venezuela, para Santos es al contrario, hay que normalizar primero las relaciones con Venezuela para poder garantizar después la seguridad en la frontera. Aunque hay un objetivo común, los dos difieren en la forma de aproximarse al problema: mientras la visión de Uribe tiende a ser cada vez más emocional e ideológica, en la de Santos predomina un pragmatismo realista. La posición confrontacionista de Uribe se basa en la santa y justificada ira que le provoca la tolerada presencia de la guerrilla en territorio venezolano; la posición de Santos se fundamenta en un hecho incontrastable: después de ocho años de confrontación con Chávez, hay menos comercio con Venezuela, nulas relaciones diplomáticas y… más guerrilla en la frontera. La evaluación realista de esta situación es indudable: mientras los dos países han perdido con la ruptura de sus relaciones diplomáticas y comerciales, las únicas ganadoras han sido las Farc, que se han convertido en el factor crítico de las relaciones entre los dos países, lo cual es un enorme sobredimensionamiento de lo que es la real fuerza militar y política de ese grupo guerrillero.
Es conveniente, entonces, ensayar una estrategia distinta con Venezuela. Santos ha demostrado ser un sagaz jugador estratégico, a quien nadie podrá señalar de candoroso o ingenuo. Conoce bien a Chávez y a las Farc. Terminar con la oficialmente protegida presencia de la guerrilla colombiana en Venezuela es uno de sus propósitos irrenunciables. Pero su apuesta es conseguirlo mediante hábiles maniobras diplomáticas que conduzcan a Chávez a negarle el apoyo a la guerrilla de la manera más indolora y provechosa para el Presidente venezolano. Para empezar, y de cara al mundo, a Chávez hay que recordarle que el respeto que entendiblemente él reclama de nosotros, debe tener como primera y elemental reciprocidad la de no alojar en su territorio a nuestros enemigos.
El inicio de un nuevo gobierno favorece un cambio de estrategia. El momentum político nacional e internacional favorece a Santos y le otorga un amplio margen de maniobra para ensayar una nueva estrategia. Como país debemos darnos esta oportunidad que nos ofrece el gobierno próximo a comenzar. Al fin y al cabo, en lo que se refiere a las relaciones con Venezuela bien no estamos, y como vamos la única opción es empeorar.