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Opinión

  • | 2014/11/20 00:00

    Uribe, el “diestro” polarizador

    Persistiendo en la polarización, afecta el expresidente Uribe a todo un país que no sabe cómo, si no es con la paz, podría esquivar y superar las minas del odio y la venganza sembradas por él.

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El obsesivo afán del expresidente Uribe por polarizar al país bien podría enmarcarse dentro de lo que la psiquiatría llama “comportamiento patológico” que, como los celos, por ejemplo, causa en quien los sufre un insoportable sufrimiento del que está convencido sólo podrá salir destruyendo el objeto o sujeto que los origina.     

Si hiciéramos el ejercicio de traducir en términos políticos esta acepción que a la palabra “polarizar” da la Real Academia Española de la lengua, ciertamente nos llevaríamos, más que sorpresas, puntuales esclarecimientos. O si se quiere, sorpresivas revelaciones. La RAE define la polarización como el acto de “modificar los rayos luminosos por medio de refracción o reflexión, de tal manera que queden incapaces de refractarse o reflejarse de nuevo en ciertas direcciones”. Pues bien, si caprichosamente decidimos ensayando una interpretación política que los denominados “rayos luminosos” aluden al término democracia, y que su modificación por medio de la refracción que hace que cambie de dirección este rayo, o la reflexión que modifica la orientación o el sentido de la expansión de una onda, podemos concluir que en los últimos 70 años de la historia de Colombia dos renombrados personajes lograron con lujo de detalles, y mejor y más malévolamente que ninguno otro, aplicar en lo social esta mágica y fructífera fórmula de la polarización.

Cualquiera que conozca la historia del país y que la haya repasado con objetividad sabe que me refiero a Laureano Gómez y a Álvaro Uribe Vélez. (Por ahora dejemos quieto el espíritu maligno del general Santander aunque aún sigue haciendo de las suyas.) Aquel, derrochando los vicios y marrullerías que palpitan todavía en la visión conservadora tanto del Estado como de las instituciones y los partidos, todos ellos deslumbrados por la eficacia y los beneficios del statu quo, dejó su impronta personal y su inequívoco y generoso aporte a la violencia de mitad de siglo pasado, y éste, persistiendo en la instrumentalización polarizadora, afectando a todo un país que no sabe cómo, si no es con la paz, esquivar y superar las minas del odio y la venganza sembradas por él con los arrestos de la soberbia que le conocemos.

Se equivocan quienes afirman que la actual polarización política surge del rencor que Uribe siente por Juan Manuel Santos al considerarlo traidor a sus principios y expresión mayúscula de la ingratitud. Diez años antes de que Uribe facilitara el ascenso de Santos al poder, el expresidente se había puesto como meta única y febril alcanzar la presidencia de la República para darse a la tarea de exterminar a las FARC vistas por él como las responsables de la muerte de su padre. Ese perturbador proyecto, estructurado desde su primera campaña electoral a comienzos de los años 80, fue el que lo llevó a una beligerante y delirante postura que hacía que quienes veían el  ejercicio del poder más allá de un mera venganza personal, fueran señalados como apátridas y en consecuencia sus contrarios o enemigos.

Se da comienzo, entonces, a la polarización hirsuta demarcada por el “caudillo”. Y al paso de los años y de la creciente impotencia causada por la imposibilidad de cumplir su palabra de macho montuno, todo aquel que no ayudara o aplaudiera su cruzada pasaba a ser tratado por él y sus incondicionales como peligroso para los “intereses nacionales”, bandido, castro-chavista, comunista y servil del terrorismo.      

Así las cosas, la gran mayoría de los colombianos, los que no hacemos parte de sus 6 millones de simpatizantes dentro de una población cercana a los 50 millones, no vemos, ni oímos, ni entendemos nada. La clave de la verdad la tiene el mesías. Los que no entendemos o participamos en su misión, somos los “otros”, vale decir los “enemigos de la patria”, a los que habría que “darles en la cara, marica”.  

Pero volviendo a la confrontación Uribe-Santos, hay algo de lo que quizás el jefe del Centro Democrático -que ni es de centro y mucho menos democrático- no se ha percatado. Su constante y violenta arremetida contra quienes no comulgan con él, incentivados éstos por la reacción que ello provoca, ven cómo las compuertas del pensamiento y el accionar de las ideas progresistas y pacifistas se abren promisorias en esta confrontación ideológica. La extrema derecha, en un proceso netamente dialéctico, sirve de savia a los postulados de las fuerzas sociales y políticas que se le oponen. De allí que ahora Santos se esté convirtiendo a los ojos del uribismo en un presidente de “izquierda” reelegido gracias al elocuente apoyo de tales fuerzas.  

La polarización probablemente no sería tan mala si cada uno de los bandos se sobrepusiera a las ambiciones personalistas de quienes la jalonan, porque serían unas ideas confrontando a otras. O si, arropados por la cordura, dirigieran sus esfuerzos a tomar cada uno del otro lo que más le convenga a la nación. La educación, la infraestructura, la salud, o las relaciones exteriores, por ejemplo, no tienen que ser concebidas a la manera estricta del uno o del otro, sino a conveniencia de todos. Por ello, la insensata polarización fomentada por Uribe quien, como pintan las cosas, no dará el brazo a torcer, terminará por condenarnos a sobreaguar en un país que de seguir así estaría muy próximo a su trágica inviabilidad.

Nota
El 6 de mayo de 2005, con un artículo sobre los 100 años del nacimiento de Sartre y 25 de su muerte, inicié mi colaboración con Semana. Hoy, con este texto sobre Uribe y su empeño en polarizar a Colombia, llego al centenar de columnas. Gracias Semana por su generosa acogida y gracias también a los lectores sin los cuales estas 100 precisiones sobre tan diversos temas no hubieran tenido su razón de ser.     
guribe3@gmail.com
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