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Opinión

  • | 2011/06/28 00:00

    Uribe, el ético

    "Este gobierno me quiere graduar de corrupto", dijo hace algunos días el expresidente Álvaro Uribe. ¿Cómo calificar este reclamo airado de Uribe a Santos?

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“Este gobierno me quiere graduar de corrupto”. ¿Cómo calificar este reclamo airado de Uribe a Santos? Para encontrar la respuesta a este interrogante habría que hacer dos operaciones mentales. En primer lugar, buscar el concepto de corrupción, y luego confrontar esa noción con algunas de las múltiples conductas de quien, por espacio de ocho años, cambió la Constitución, el lenguaje cotidiano de los miembros de la sociedad y el rumbo político de Colombia.
 
¿Qué es la corrupción? De manera muy simple, podría decirse que corrupción es la conducta de un servidor público o del vocero de la empresa privada, que en el ejercicio de sus funciones se aparta de la ley, de las buenas costumbres o de la ética, para acrecentar su riqueza o su poder, o la riqueza y el poder de su familia, de su partido político, grupo social o económico o de un tercero cualquiera. Muchas veces esa conducta alcanza la categoría de delito.
 
Un comportamiento de corrupción genera repudio, rabia, odio y a veces estados depresivos en la psicología de las personas y en el alma colectiva de los pueblos. Y por esa misma razón, genera votos. Esto lo sabía Uribe, y, lo tenía muy claro desde el momento en que redactó su programa de gobierno. Por eso, al menos en siete de sus cien puntos habló de su lucha contra la corrupción.
 
“Sueño con un Estado al servicio del pueblo y no para provecho de la corrupción […]. Hoy el Estado es permisivo con la corrupción”, dijo en el punto 4. “Los recursos se han ido en clientelismo y corrupción”, afirmó en el 6. “El 7 de Agosto, a las 5 p.m., si con la ayuda de Dios y el apoyo del pueblo colombiano llego a la Presidencia de Colombia, presentaré el Referendo contra la Corrupción y la Politiquería”, prometió en el 9. “Para controlar a los violentos, el Estado tiene que dar ejemplo, derrotar la politiquería y la corrupción”, afirmó en el 24. “Sin corrupción […] los recursos tienen que alcanzar para erradicar la miseria y construir justicia social”, argumentó en el 43. “Ofreceremos derrotar la corrupción”, ofreció en el 94. Y en el 98 fue más demoledor o moledor, porque dijo, así: “Me haré moler para cumplirle a Colombia […], con quienes compartimos el bello sueño de derrotar […] la corrupción”. Y en el 99, cerró sus promesas de cruzado contra la corrupción, con esta proclama: “Construyamos una Nación […] con cero permisividades a la […] la corrupción”.
 
Un hombre que diga lo que dijo Uribe en estos siete puntos, es un político impoluto, un gobernante transparente, el paradigma de la ética pública. Pero a un simulador que actúe como lo hizo Uribe en sus ocho años de gobierno (compra de conciencia de los congresistas para lograr su reelección; declarar para sus hijos zonas francas unos terrenos rurales; espiar e interceptar ilegalmente a los magistrados de la Corte Suprema, periodistas y miembros de la oposición; permitir los falsos positivos; favorecer con agro ingreso seguro a sus amigos, etc.) ¿cómo se le puede llamar? Malvado, para decirlo con la categoría filosófica de Platón. Y para calificarlo con el lenguaje del vulgo, que también es filósofo, con palabras más elementales: tras de ladrón bufón, caradura y cínico.
 
* Rafael A. Ballén Molina es doctor en Derecho Público por la Universidad de Zaragoza (España) y director de la línea de Investigación Teoría Política y Constitucional y del Grupo de Investigación Hombre-Sociedad-Estado de la Universidad Libre de Colombia.
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