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Opinión

  • | 2014/08/17 00:00

    Dos gotas de agua

    Si el cinismo de Uribe es maquiavélico, el de las Farc es delirante. Decir ante los medios internacionales que el único victimario del conflicto es el Estado colombiano, equivale, en términos retóricos, a mear fuera del tiesto.

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Así como el expresidente Álvaro Uribe no ha aprendido a respetar a sus adversarios políticos, las Farc tampoco lo han hecho con la sociedad civil. Tanto el senador como la guerrilla desprecian la democracia y la civilidad que dicen defender, desprecian los Derechos Humanos y le apuestan a la mentira como arma de dilación para que la verdad sobre las atrocidades consumadas no salga a la luz. Aunque frente a las cámaras de la televisión afirman una cosa, por debajo de la mesa expresan otra muy distinta y sus acciones resultan más dicientes que sus palabras.

Para el expresidente, la verdad de esta guerra fratricida es solo una verdad de trinchera: los “narcoterroristas de las Farc deben ir a la cárcel por sus crímenes”. Hasta ahí, creo, todo parece coherente, enmarcado dentro de la lógica de la justicia con la que un grueso número de colombianos nos identificamos. 

Pero más tarde, ante la condena de Andrés Felipe Árias por el fraude de AIS y la petición de deportación de la Fiscalía y la cancillería colombiana a Costa Rica de la exdirectora del DAS, María del Pilar Hurtado, su reacción es la de calificar a la justicia colombiana de parcializada y proponer, junto con su bancada en el Congreso, un proyecto de ley que busca dejar sin piso jurídico las condenas de los militares y policías acusados de asesinatos selectivos, masacres, violaciones, secuestros, desapariciones forzadas y otras atrocidades que no encajan en la estructura mental de un país civilizado.

Si el cinismo del expresidente es maquiavélico, el de la guerrilla es delirante. Cuando los comandantes de las Farc en La Habana afirman para los medios internacionales de noticias que esa organización no es victimaria sino víctima del Estado colombiano, equivale, en términos retóricos, a mear fuera del tiesto. 

Negar la tortura, el reclutamiento de menores, el tráfico de drogas ilícitas, el secuestro, el asesinato de niños  –aunque sea, como dicen, por equivocación— no le aporta un solo centímetro a ese proceso de diálogo con el gobierno del presidente Santos. Por el contrario, la lectura que dejan en la gran mayoría de los colombianos y de quienes los escuchan es que les importan un carajo las víctimas, esas que fueron producto de sus acciones de guerra y de esa irracionalidad desmedida que les caracteriza.

Lo anterior parece cobrar sentido cuando, “desde los montañas de Colombia”, el comandante de esta guerrilla, Rodrigo Londoño Echeverri, o alias Timoleón Jiménez, asegura en un comunicado difundido por uno de sus portales digitales que “somos guerrilleros colombianos, militantes activos de una organización revolucionaria que recién cumplió cincuenta años de lucha invencible. Nos sentimos orgullosos de ello, no nos arrepentimos ni siquiera por un instante de lo hecho”.

Si esto es así, si no hay voluntad de reconocer los errores, de resarcir el dolor y los ríos de sangre derramados durante más de 50 años, ¿qué sentido tiene sentarse en una mesa a hablar de reconciliación, de paz, de cambiar la estructura política y social del país si las heridas sangrantes de la guerra van a permanecer abiertas y más tarde que temprano los ajustes de cuenta empezarán?

Una de las pocas frases inteligentes que le he escuchado decir al presidente Santos fue aquella que pronunció siendo aún candidato por primera vez a la Casa de Nariño y que dejó ver un poco de luz en su discurso cacofónico: “sólo los imbéciles no cambian de opinión cuando cambian las circunstancias”.

Si las Farc aspiran a participación de la vida social y política de Colombia, si quieren transformar con los votos la anacrónica estructura de poder que nos ha gobernado durante los últimos doscientos años, van a tener, primero, que entregar los fusiles para que sean fundidos en una gran hoguera y empezar a ver el mapa político del país por fuera del ojo de la aguja.  Segundo, van a tener que reconciliarse no con el gobierno sino con los colombianos, con todos aquellos cuyos desmanes segaron la vida de sus familiares y desplazaron a varios millones por la estúpida y maquiavélica creencia de que todo el que no está conmigo está contra mí.

Así como el Centro Democrático, que dirige el expresidente, carece de autoridad moral y política en el nuevo Congreso para debatir con altura sobre los problemas nodales del narcotráfico y el paramilitarismo en el país, ya que la gran mayoría de sus integrantes son descendientes de parapolíticos por sangre o herencia, y el jefe mayor es la cereza del ponqué, a la guerrilla de las Farc les queda cuellón dar lecciones de Derechos Humanos cuando la historia nos dice que sus frentes de guerra son expertos en violarlos, en asesinar civiles, policías y militares y hacer polvo a poblaciones entera de campesino e indígenas.

Ver la paja en el ojo del vecino e ignorar la viga en el propio es una tradición cultural. Hace poco, en una de las tantas declaraciones del comandante alias Iván Márquez, la guerrilla de las Farc sentó posición sobre los ataques de Israel a la Franja de Gaza y al pueblo palestino y calificó la acción semita de “barbarie”.  Creo que el comandante fareano tiene razón: es una acción de defensa desmedida y desigual. Pero ¿acaso no es igualmente bárbaro y doloroso el asesinato reciente de una niña de cinco años que dormía en su casa y cuyo cuerpo explotó en pedazos por la acción de un cilindro bomba lanzado por uno de sus frentes?

Repito. Si las Farc tienen como objetivo hacer política para cambiar la estructura social del país, van a tener que entregar las armas y pedir perdón. Van a tener que entregar su inmensa fortuna, creada a punta de narcotráfico, secuestros extorsivos y lavado de activos para ayudar a aliviar el dolor de sus víctimas. Así mismo, el Estado tendrá que hacer lo suyo por los crímenes cometidos por los paramilitares con la ayuda de las Fuerzas Armadas y de seguridad nacional. 

Hay que recordarles a los señores Timochenko e Iván Márquez que para reconocer los errores cometidos se necesita más fuerza de voluntad que para disparar contra el enemigo. Se necesita cojones para mirar a los ojos de las víctimas y reconocer el daño que se les hizo. Una acción de esta, acallaría sin duda la jauría rabiosa del Centro Democrática y sus copartidarios y encauzaría a la sociedad colombiana a una verdadera reconciliación. Si las Farc insisten en mantener la falsa tesis de ser víctimas del Estado, seguirían alimentando el rencor que un gran número de nacionales siente hacia ellos. Y, por supuesto, dándole validez a los argumentos del Procurador Ordóñez y de la ultraderecha nacional que los quiere ver vestidos de rayas y sin derechos políticos.

En Twitter: @joarza
Email: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario.  
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