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Opinión

  • | 2014/04/29 00:00

    “Falsos positivos” ¿Qué dice Uribe?

    Que la justicia reclamada por las madres de los adolescentes de Soacha y Cajamarca y las de todos los “falsos positivos” sea pronta y severa, es también responsabilidad nuestra.

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Los “falsos positivos”, entrados en furor durante el régimen del Presidente Uribe, y tras largos años de afianzamiento y desarrollo, han venido constituyéndose en una especie de “marca” colombiana. O si se quiere, en un tipo de slogan negativo para nuestro país. Así, cómo no, cualquier mente punzante y perversa, para referirse a nosotros desde cualquier lugar del mundo, bien podría buscarle a este fenómeno cruel una explicación repasando las convocatorias que el gobierno hace al turismo internacional cuando para vender nuestra imagen nos promueve con estos ambiguos distintivos: "Colombia, el riesgo es que te quieras quedar", o “Colombia es Pasión”.  

Pero hablemos acá entre nosotros, y pasemos al punto. Todos los falsos positivos me han provocado siempre, uno a uno, una repulsión próxima a la arcada. Los de Soacha, emblemáticos, lograron en su momento afectar mi moderación y encender mi ira. Pero hay uno de ellos que conservo en la memoria y en el corazón sin permitir que nada ni nadie logre disiparlo para que el olvido no termine siendo cómplice de la brutalidad humana, o de la abominable impunidad enseñoreada en el reino nuestro de la barbarie y la hamponería.   

Antes de referirme a éste debo confesar, no con el placer de la vindicta consumada, sino de la  justicia cumplida, la alegría que me produjo el fallo de la Corte Suprema de Justicia de hace pocos días que dejó en firme la condena de 40 años de prisión a dos militares por su responsabilidad en una masacre ocurrida -también como la que me dispongo a narrar ahora- en el municipio tolimense de Cajamarca.

En este caso, crimen tal que podría sublevar al mismísimo satanás, los “buenos muchachos”, el cabo segundo Wilson Casallas Suescún y el soldado profesional Albeiro Pérez Duque, adscritos a la compañía Búfalo, del Batallón Rooke y a la Sexta Brigada del Ejército Nacional, fueron encontrados culpables de los delitos de concierto para delinquir agravado, desaparición forzada agravada, secuestro extorsivo agravado, cohecho por dar u ofrecer, tortura en persona protegida, hurto calificado agravado y homicidio en persona protegida. Y es que comenzando noviembre de 2003, varios campesinos fueron retenidos por ellos con la excusa infame de que podrían ser colaboradores de la guerrilla, y en estado de absoluta indefensión, golpeados, torturados, y ahogados dentro de bolsas negras llenas de jabón en polvo. Los militares, ostentando distintivos de Contraguerrilla, tras cavar una fosa, les dieron muerte a balazos y luego de descuartizarlos los fueron depositando en ella.  
Ahora bien, vamos a lo que vinimos. El falso positivo del que he hecho mención como el más doloroso y aberrante de cuantos he conocido, decidí escribirlo en tres actos dado su inequívoco acento propio de alguna tragedia griega. 

Primer acto

Tarde del Sábado Santo de la Semana Mayor de 2004. En Cajamarca, en el Paraje El Placer, del caserío Potosí, una familia de jóvenes campesinos, apenas comenzando a cenar, es sacada de su casa a la fuerza por una patrulla del batallón contrainsurgente Pijaos cuyo plan de acción tenía por nombre “Atacador”. Los jóvenes se aprestaban a atender de urgencia a un bebé enfermo. Debían desplazarse a pie hasta la población de Anaime, distante 25 kilómetros de su modesta morada. Horas después, sin embargo, bordeando las 9 de la noche, y a 9 kilómetros de allí, Albeiro Mendoza Reyes, de 18 años, Julio César Santana Gutiérrez, de 14, Nolberto Mendoza Reyes, de 24, Yamile Ureña Arango, de 17, y su bebé de 6 meses, Cristian Albeiro Mendoza, son acribillados con certeros tiros de fusil que destrozan los cráneos de madre y bebé. En medio del reguero de muertos se puede apreciar a Nolberto aún con vida pero agonizante suplicando sobre la tierra enmalezada del sendero. Y de pronto, el destello del fuego de una ráfaga sobre él... Se advierte, con todo, y como una especie de premonición sobre los atenuantes que irían a alegarse más tarde, que la noche permite sin obstáculos de visibilidad el angustiado desplazamiento de los adolescentes y su criatura. La neblina no obstruye la visión de las víctimas ni la de sus verdugos. Es por ello que, para inmunizar a los unos y desgraciar a los otros, es la luna luminosa pero convenientemente muda quien funge como único testigo de cargo de la atroz tragedia. Ahora es lunes. Han transcurrido menos de 48 horas. Un vecino de los Mendoza, Ernesto Saraza, revisa la casa de sus amigos. ¿Qué encuentra?: “... la puerta abierta, los cerdos adentro, los platos servidos, dos ollas con comida en el fogón y la ropa tendida afuera...” Y más: reposan aún las cobijas, los pañales y el biberón a medio consumir del bebé, así como la tarjeta de identidad de Albeiro. Ah, “y el carné de vacunas del bebé, necesario para que recibiera atención médica.”  

Segundo acto

El ejército da su parte de “guerra”: “Fueron hechos que se produjeron en circunstancias confusas”. “Y la neblina...” Y es que los “soldados de la Patria” sólo buscaban afanosamente a un guerrillero herido oculto en “alguna” casa. Pero ante el “inminente” contacto con terroristas, y “previa advertencia de detención no atendida”, se dispara a 30 metros de distancia contra “un grupo indefinido.” (Los niños labriegos). El presidente Uribe, tras visitar personalmente al otro día el sitio de la masacre, manifiesta por la televisión “su convencimiento de la buena fe del ejército”, aduciendo, además, para esquivar una obligada condena del crimen, haber visto a la soldadesca “tan afectada por el dolor”. Más tarde, Presidente y ejército arguyen que a la neblina se sumaba el mal tiempo, y acceden a la eventualidad de un “error militar” para atenuar lo que a la penumbra de la noche, la luz de la luna o el resplandor del sol, no era otra cosa que un nuevo “horror militar”. 

Tercer acto

Agosto de 2006. Ibagué. Comienza el juicio contra siete militares de la Sexta Brigada del Ejército. Los acusados allí, en aquel juzgado, enfrentan la audiencia. El soldado John Jairo Guzmán Gallego confiesa haber cerrado los ojos mientras giraba su cuerpo a la izquierda y soltaba una ráfaga matado a Nolberto Mendoza Reyes, el muchacho que yacía agónico. Y era, dice, que se había ganado la “rifa” que el cabo José Alejandro Gómez, su superior, había propuesto entre los miembros de su patrulla indicándose el número ganador desde su celular para escoger a aquel que debía quitarle la vida al último de los jóvenes que aún estaba vivo. “Nos dijo que los muertos no hablaban y que tocaba matar al único sobreviviente".

Coda
El 13 de abril de 2004 el diario El Tiempo publica la siguiente información: “El presidente Álvaro Uribe se refirió a los trágicos hechos ocurridos en Cajamarca… dijo estar convencido de la buena fe de los soldados que realizaron el operativo… aseguró que carece de razones administrativas para sancionarlos.”  Pero esto no es todo. Mantengo viva y por siempre la figura, la voz y los gestos del Presidente Uribe en la pantalla del televisor aquel día, tanto como aquel otro en que también por la TV se refería a los jóvenes masacrados de Soacha aduciendo burlonamente que los muchachos asesinados por la tropa “eran seguramente unos angelitos recolectores de café.” 

Que la justicia reclamada por las madres de los adolescentes de Soacha y Cajamarca y las de todos los “falsos positivos” sea pronta y severa, es también responsabilidad de todos nosotros. Asumámosla ya solidarizándonos con el grito desgarrador de esas miles de víctimas.   

guribe3@gmail.com
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