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Opinión

  • | 2011/05/27 00:00

    Uribe y el naufragio de la Ola Verde

    Es sorprendente cómo en Bogotá las cosas se han ido dando para Álvaro Uribe Vélez, en clara muestra de la asombrosa capacidad de manipulación que ejerce sobre la escena política.

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Es sorprendente cómo en Bogotá las cosas se han ido dando para Álvaro Uribe Vélez, en clara muestra de la asombrosa capacidad de manipulación que ejerce sobre la escena política, con la eficaz ayuda de quienes quizá sin saberlo ejercen el papel de idiotas útiles. Es el caso de Enrique Peñalosa Londoño, quien empezó con el pie izquierdo su aspiración a la alcaldía desde el día en que recibió eufórico de emoción la adhesión de Uribe a su campaña, cual si se hubiera ganado el Baloto.

Con su actitud inmadura Peñalosa pisoteó el sentir de una minoría calificada dentro de su propio partido, que sigue viendo con malos ojos que de la noche a la mañana un personaje tan cuestionado como Uribe se les meta hasta la cocina, no se sabe bien si con la intención de cogobernar en Bogotá o simplemente de armar estropicio, sembrar la división y montar rancho aparte.

Casi sin temor a equivocación, diría que el error fundamental de Enrique Peñalosa consiste en creer con fe ciega que sin Uribe no gana la alcaldía, que es él quien le pondrá los votos del triunfo, tan fácil como quien pone los huevitos de la prosperidad. Error de dimensión pantagruélica, que les costará caro: a Peñalosa su carrera política y a los verdes su credibilidad como opción renovadora, mientras desde el otro lado de la moneda aparecerá de nuevo Uribe para cantar victoria, en consideración a cuán fácil le quedó hacer naufragar la Ola Verde.

En alguna columna dijo Claudia López que una vez “le escuché a Napoleón Franco la tesis de que la imagen positiva de Uribe estaba más relacionada con un sentimiento de gratitud, que de aprobación". Esto explicaría por qué pese a los altos niveles de popularidad que mantuvo en sus ocho años de gobierno, por mucho que quiso –e intervino- no logró poner en la alcaldía de la capital a Juan Lozano en 2003, ni a Enrique Peñalosa en el 2007. Y debería además ser motivo de preocupación entre la mayoría verde que le hace calle de honor, si le sumamos los escándalos que cada día estallan en torno a su gestión, y la clase de gente que lo acompañó en su proyecto.

Al cierre de esta columna Antanas Mockus emitió una declaración que Sergio Fajardo tildó de “grosera”, donde sin rodeos le sugirió a Peñalosa que se fuera para el partido de La U. A primera vista podría parecer una salida políticamente incorrecta, pero la duda se desvanece si se la mira desde la óptica estricta de la coherencia. Y es que, no nos llamemos a engaños, no hay nada más incoherente que la foto en la que con sonrisa amplia se abrazan Juan Lozano, Enrique Peñalosa (entre ellos dos es comprensible) y Lucho Garzón, vocero del Partido Verde, quien de este modo, al partir cobijas con Mockus, estaría dando a entender que en su nueva concepción de la política prima una eventual cuantía de votos sobre la calidad del mensaje que se quiere –o mejor, se quería- transmitir.

He aquí el error craso al cual aludíamos al principio, pues sólo se requieren cinco dedos de frente para concluir, en el más somero de los análisis, que la presencia de Álvaro Uribe en la campaña del partido Verde a la alcaldía de Bogotá no suma votos, sino que los resta. Y no nos vengan con que la alianza no es con Uribe sino con Santos, en su condición de jefe natural de La U: es irrefutable que quien desde un principio manifestó abierta simpatía por Peñalosa no fue el Presidente de la República en uso de su ejercicio, sino el hoy expresidente en uso de su retiro, que en la práctica nunca se dio.

Diríase entonces que el ‘intenso’ interés de Uribe en hacerse al lado de Peñalosa actúa como el iceberg que resquebraja la armazón de popa y hace saltar en dos pedazos el Titanic de la Ola Verde: un pedazo con Peñalosa, otro pedazo con Mockus. Entre los restos del naufragio se alzará incólume y altiva la figura de Álvaro Uribe, no para salvar a nadie sino para salvarse a sí mismo y erigirse (ya con la imagen golpeada del único que habría podido competirle) en “el médico que necesita Bogotá”, como un día lo dijo.

Pero esto ya es tema de otra columna, que bien podría titularse Titanic II.

* http://jorgegomezpinilla.blogspot.com/
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