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Opinión

  • | 2014/06/10 00:00

    Uribe, un seductor funesto

    A un maléfico José Obdulio, a un disparatado Pachito, o a una fachistoide como María Fernanda Cabal se les puede entender su uribismo por consecuentes con su “Señor”. A un intelectual como William Ospina, no.

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Claro que el senador Robledo está en todo su derecho a votar en blanco. Antepone con argumentos válidos para su conciencia, la higiene de su ideología, la coherencia de su pensamiento político y el purismo extremo de sus ideas por sobre cualquier accidente histórico, incluso por sobre una evidente catástrofe provocada por una inesperada coyuntura electoral. Allá él y el perfeccionismo que le dicta a manera de horma inamovible su fuero interno. Como ya lo expresé recientemente, en materia ideológica me acerco más a Robledo que a cualquiera otro de la izquierda colombiana, y si no fuera porque antes que a lo “impecable”, privilegio al realismo, estaría aplaudiendo su postura. 

Pero dejemos quieto al senador ojalá debatiendo en su conciencia la reflexión que le dedicara Laura Gil de que “toda regla de vida puede estar sujeta a excepción en momentos extraordinarios” y que si bien es cierto que Colombia tiene el derecho soberano de suicidarse, es una desgracia que ello ocurra con la ayuda de ciudadanos “impecables”.

Veamos más bien cómo se empaña un intelectual brillante como William Ospina atrapado en las garras de ese seductor funesto que es Álvaro Uribe Vélez. 

Por ello, vayamos ahora hacia algo menos ético, negación de entereza ideológica que al menos Robledo puede esgrimir, temerario y casi delirante. Dice el escritor William Ospina: “Pero he llegado a la conclusión de que en estos momentos el mal menor de Colombia se llama Oscar Iván Zuluaga”. Y para entender es afirmación tendríamos primero que abordar la trayectoria de su autor. 

Obrero pertinaz y exitoso de la palabra escrita, William Ospina es un intelectual privilegiado como pocos por el establecimiento. Maestro de ceremonias de numerosos acontecimientos culturales parece haberse investido él mismo, aunque con la anuencia socarrona de los poderosos, en embajador intemporal de la cultura oficial, unas veces, y otras, de aquella emanada de las corrientes populares o de la izquierda política. Cómo no recordar la última llamada de urgencia que le hiciera desde la Casa de Nariño el Presidente Santos para que en nombre de los escritores colombianos le acompañase en el homenaje que a Gabo le haría en México su colega Enrique Peña Nieto. Así, pues, a lo largo de estos años de su verbo y de su pluma han salido las más emocionadas expresiones de alabanza y admiración tanto por las más relevantes figuras del establecimiento, como por aquellos que encarnan las tendencias de la contracultura, el socialismo, la izquierda en general, o la discriminación social en cualquier aspecto. 

Alguien me comentaba recientemente que un ejemplo de todo esto fue su negativa a firmar una carta de apoyo a la candidatura presidencial de Carlos Gaviria, demorándose más en argumentar su decisión, que en salir luego sobre una tarima a explayarse en elogios al candidato del Polo. Y tiempo después, el mismo hombre que -extraviado o engatusado - acaba de escribir en su columna de El Espectador que “una paz sin Uribe es como una mesa de dos patas”, por invitación de la Marcha Patriótica levanta su voz en la Plaza de Bolívar de Bogotá el 9 de abril de 2013 para darle lectura a la manera de Gaitán a una nueva Oración por la Paz. Parece que a Ospina la coherencia política le es esquiva, o que a sus años todavía no sabe en qué creer. 

Lo cierto es que a un maléfico José Obdulio, o a un electricista disparatado como Pachito, o a una mefistofélica fachistoide como María Fernanda Cabal se les puede entender su uribismo por consecuentes como lo son con su ídolo y “Señor”, pero a un escritor e intelectual de la talla de William Ospina, no. 

Leyendo su argumentación neo-uribista, logré pescarle algo que me dejó asombrado y que bien haría él en explicar. En su legítima y válida crítica al Presidente Santos lo describe como 
“un hombre inteligente, sagaz y hasta elegante” para luego rematar con que “no hay nada más urgente que decirle adiós a esa dirigencia elegante”. ¡Por Dios! ¿Qué tiene que ver la elegancia de un mandatario o la “elegancia” de los dueños del poder en un país en guerra y al borde del desastre? 

Pero como en el buen cine o en la buena literatura, dejemos que sean los espectadores y lectores quienes descifren el misterio identificando los trucos utilizados y vaticinando el fin de la trama. 

Esta es literalmente la posición asumida por William Ospina frente al actual debate electoral por la presidencia de Colombia para el periodo 2014-2018 entre Oscar Iván Zuluaga, el ventrílocuo de Álvaro Uribe, y Juan Manuel Santos: 

“Una paz con Zuluaga tal vez sea más difícil, pero hay más probabilidades de que se cumpla. Uribe y Zuluaga representan ya a otro sector de la sociedad…”  “Zuluaga y Uribe también son neoliberales... pero algo saben del país y no venden imagen. No fingen ser de izquierda para darle después la espalda a todo; no fingen ser tus amigos cuando les conviene. Con ellos no es posible llamarse a engaños: si hablan de guerra, hacen la guerra; si odian a la oposición, no fingen amarla…  con la vieja dirigencia puesta a un lado, tal vez sea más posible ver luz al final de este túnel.”

Supongo que de querer refutar a sus desconcertados críticos, este excelente escritor podría argumentar que lo que dijo es que entre esos dos malos, Santos y Uribe, el menos malo es Uribe por cuanto desde la llanura campesina ha venido desbancando a la encopetada y rancia oligarquía bogotana. Pero tampoco, William, y ojalá no lo repita porque eso sería como aceptar que un bandido es menos malo y más bueno por dedicarse a liquidar a sus iguales.  

Bien lo aseveró Guillermo González Uribe comentando la flaqueza de su amigo Ospina: "apoyar a Uribe-Zuluaga es cohonestar con el delito". 

William, con respeto y afecto se lo digo, ¡qué embarrada!

guribe3@gmail.com
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