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Opinión

  • | 2015/02/06 16:00

    “Usted no sabe quién soy yo”

    Ya ni siquiera sorprenden las respuestas de los políticos infractores a la policía.

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Carlos Moreno de Caro salió del anonimato. Hace una década gozaba de una figuración diaria que le sirvió para rozar el triunfo en la alcaldía de Bogotá. Perdió, pero siguió en el camino de la política. Llegó al Congreso de la República con una de las más altas votaciones del país. Allí brilló por sus excentricidades como llevar veneno para roedores porque, decía, había que “acabar con las ratas políticas que invaden el recinto”. Abandonó el puesto y terminó representando a Colombia en la embajada de Sudáfrica. Tras carrera tan sonora parecía que había optado por un retiro discreto.

Sin embargo, este viernes vuelve a ser noticia por el video divulgado por el canal City Tv en el que aparece violando la restricción vehicular en Bogotá, escapando de las autoridades, metiéndose en contravía, estacionando en una bahía prohibida y levantándole la voz al agente de policía que respetuosamente le pide los documentos: “¡Qué venga el general porque a ti no te los voy a dar!”. ¿Por qué? La respuesta está intrínseca: “Usted no sabe quién soy yo”.

Apenas hace un mes, el alcalde de Palmar de Varela (Atlántico), Galdino Orozco, se negó a una prueba de alcoholemia también a la policía, dejó su camioneta botada, huyó en una de las motos de sus escoltas y se pasó el peaje sin pagarlo. Por si fuera poco, terminó calificando a los agentes de corruptos y mostró su sorpresa porque se habían atrevido a denunciarle, ignorantes, como si no supieran quién es él.

Anteriormente, el concejal de Chía Carlos Enrique Martínez alcanzó fama nacional por su insólita fuga en una camioneta. El edil dormía plácidamente en su vehículo mal estacionado en una transitada calle de Bogotá cuando llegaron los agentes. Rodearon la camioneta y sorpresivamente emprendió la huida, también en contravía, por el carril exclusivo de TransMilenio, y terminó entrándose a una unidad militar como si protagonizara un libreto de Mr. Bean. “Usted no sabe quién soy yo”.

Los tres tomaron la misma vía del senador Eduardo Merlano, quien al ser requerido por una patrulla de policía mientras conducía por Barranquilla en horas de la madrugada, se negó a mostrar el pase, tampoco permitió la práctica de la prueba de alcoholemia y le enrostró, humillante, su condición de congresista: “¿Cincuenta mil personas votaron por mí y ustedes van a venir a faltarme el respeto?” Aunque en realidad sólo obtuvo 37.000, quedó el eco diáfano de su afirmación: “Usted no sabe quién soy yo”.

La profesora Margarita Orozco Arbeláez escribió en una columna en Semana.com que este tipo de conductas no se pueden mirar como una anécdota más porque son de una trascendencia enorme ya que acarrean consecuencias en la comunidad realmente serias: “Por un lado, la sociedad se vuelve más tolerante a la desigualdad y se afectan las percepciones y actitudes colectivas sobre lo que significan el trabajo, el esfuerzo, la política y la justicia social, y por el otro, se promueve la corrupción”.

Estos episodios no se pueden convertir en parte del paisaje informativo. Y eso parece ser lo que está ocurriendo. Llama la atención que ni siquiera sorprenden las respuestas de los  políticos a los policías. “Es que a mí no me tienen que practicar ninguna prueba de alcoholemia”, sentenció el senador conservador Laureano Acuña Díaz, en medio de la borrachera, cuando fue requerido en un retén en La Guajira. “Usted no sabe quién soy yo”.

“Se trata, dice el historiador e investigador social Fabio Zambrano, de una herencia española, de un comportamiento propio de una sociedad señorial que exigía al vulgo identificar la jerarquía de los nobles, que en esas épocas todo el mundo debía conocer. En la historia eso finalizó en el siglo XVIII, pero en algunos sectores que hoy ostentan el poder quedó como un anacronismo”.

La encuesta “Comunicación y Participación Política en Colombia 2014” revela que la mayor parte de las personas que se quejan de haber sufrido algún tipo de discriminación en el país se la atribuyen a la clase social a la que pertenecen. La profesora Orozco Arbeláez escribió: “De esta manera el clasismo resulta ser no sólo una práctica bien arraigada en nuestra cultura, sino que es reforzada por nuestra tolerancia frente a la misma”. Muchos usuarios de la red consultan los videos –la lista cada vez es mayor- para reírse.
“Parece que no sólo somos devotos de las recomendaciones y los tratamientos “según el marrano”, sino que los encontramos normales”.

* Director de Semana.com
 Twittter: @armandoneira

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