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Opinión

  • | 2014/11/18 00:00

    Usted no sabe quién soy yo

    Detrás del clasismo y su aceptación hay consecuencias más serias: la invalidación de los procesos y las normas establecidas y la distorsión sobre lo que significa el trabajo, el esfuerzo, la política y la justicia social.

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A todo colombiano que se respete le ha tocado lidiar con el desafío de alguien que creyendo merecer un trato preferencial por su estrato socio-económico, cargo o apellido termina diciendo: ¡Usted no sabe quién so yo! A mi me pasó, quién lo creyera, como profesora universitaria, el día en que una enfurecida madre llegó mi oficina manifestando su descontento por haber reprobado la tesis de su “hijito”, que debía tener por ese entonces unos 23 años.

No sirvieron de nada los documentos con las evaluaciones de los jurados y sus respectivos comentarios sobre las fallas estructurales del trabajo. Para la madre, mi concepto y el de los otros dos profesionales que coincidían en la mala evaluación estaba errado, era injusto, atentaba contra el desarrollo intelectual de su hijo “prodigio” y yo no era más que una irrespetuosa por atreverme a decir lo contrario y no saber “quién era ella”.    

Lo peor del asunto, es que justo cuando me disponía a decirle que no me importaba quién era ella, porque las calificaciones de mis estudiantes no se hacían con base en apellidos, ni en recomendaciones, un superior me sacó de la oficina, del caso, de la evaluación que terminó con la asignación de otro profesor y un trabajo más simple para acelerar el grado. El popular “usted no sabe quién soy yo”,  tuvo el efecto intimidatorio deseado, echó por la borda las normas y los procesos establecidos para favorecer un estatus jerárquico impuesto a la fuerza.  

La encuesta “Comunicación y Participación Política en Colombia 2014”, revela que la mayor parte de las personas que se quejan de haber sufrido algún tipo de discriminación en el país, se la atribuyen a la clase social a la que pertenecen.  De esta manera el clasismo resulta ser no solo una práctica bien arraigada en nuestra cultura sino que es reforzada por nuestra tolerancia frente a la misma.   Parece que no solo somos devotos de las recomendaciones y los tratamientos “a según el marrano” sino que los encontramos normales.

Este tipo de conductas  acarrean consecuencias sociales más serias: por un lado, la sociedad se vuelve más tolerante a la desigualdad y se afectan las percepciones y actitudes colectivas sobre lo que significa el trabajo, el esfuerzo, la política y la justicia social; y por el otro, se promueve la corrupción.     

Así, las personas terminan por adherirse a la creencia de que el esfuerzo individual, la disciplina y la honestidad no son valores recompensados y, por lo tanto, no vale la pena gastar mucha energía en ello.  El sistema termina favoreciendo la mediocridad y el tráfico de influencias, mientras que aquellos que han trabajado duro para conseguir las metas, terminan castigados y resentidos con una sociedad que no hace una valoración adecuada de su trabajo.  

Cuando lo que importa es el estrato económico y no los debidos procesos, empieza una guerra simbólica para falsear un estatus y conseguir lo que se quiere en el menor tiempo posible: comienzan los favores políticos, las presiones, se destruye la meritocracia y se estimula la creencia de que todo se arregla si hay plata para pagarlo.

El mensaje es pésimo: chantajea el poder y reinarás, no hagas nada que todo se resuelve en un coctel con un par de contactos, no estudies lo suficiente que si no pasas se hace una llamada y se arregla el asunto, no importa que haya que pagar.  El dinero comienza a hacer la diferencia y empieza a limitar el acceso a derechos fundamentales como la educación de calidad,  la seguridad y un sistema de salud eficaz.  

El  clasismo sirve para naturalizar y validar injusticias. Por eso desde hoy a quien intente amenazarme diciendo “usted no sabe quién soy yo”, le contestaré: ¡A mi qué me importa!.
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