Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

Opinión

  • | 2009/08/02 00:00

    ¡Vayámonos a la guerra con Venezuela!

    Quiero tranquilizarlos: con los venezolanos nos hermanan la pobreza, la chabacanería, la mala televisión, los malos presidentes.

COMPARTIR

Voy a ser arriesgado, pero las circunstancias lo ameritan: ante los graves hechos que están sucediendo frente a Venezuela, sugiero cambiar urgentemente al canciller Bermúdez y nombrar a alguien que tenga mayor destreza laboral, o que al menos se corte el pelo de vez en cuando. Si la patria lo requiere, yo mismo estoy dispuesto a aceptar tan alta responsabilidad y enfrentar a nuestros vecinos sin cobardía.

Sé que no tengo todas las credenciales que exige el gobierno de Uribe para pertenecer al servicio diplomático: que no soy hijo de José Obdulio, que no puedo votar a favor del referendo para que me premien con un puesto público. Pero, a cambio de eso, soy aguerrido. No me da miedo declararle la guerra a Venezuela, por ejemplo. Y además tengo la fórmula para que los venzamos.

Porque, no nos digamos mentiras, queridos amigos: no aguantamos una agresión más de los países de al lado. Y por agresión entiendo no tanto las alevosas declaraciones que el Presidente ecuatoriano emite frecuentemente, como las camisas sin cuello y con estampados andinos que se pone cuando las da. Son una verdadera provocación. No tenemos por qué soportarlo.

Pero es aun peor aguantar la alevosía de Chávez, y llegó el momento de enfrentarlo. Sé que más de uno pensará que es lamentable pelear con un país gemelo como Venezuela. Quiero tranquilizarlos: con ellos nos hermana la pobreza, la chabacanería, la mala televisión, los malos presidentes. Es una guerra en la que ninguna de las partes tienen mucho que perder, e incluso podemos salir ganando: ¿qué tal que en un cruce de bombas perdamos ciudades como Melgar o como Tunja?

Mi estrategia es muy sencilla y no depende de la ayuda norteamericana. No la necesito, pese a que admiro mucho al embajador Brownfield, entre otras cosas porque siempre he sospechado que se trata de un muñeco de ventrílocuo. Miren cómo modula, cómo voltea el cuello, la forma como parpadea. ¿Cómo consiguieron hacer algo tan perfecto? ¿Dónde se esconde el señor que lo mueve?

Es muy sencilla mi estrategia, digo, y se basa en el factor sorpresa. Empezaremos por hacerles creer que estamos en tónica constructiva, y enviaremos a una de nuestras mujeres del mundo de la política para que integre una comisión de conciliación en la frontera.

No puede ser Noemí, porque correríamos el riesgo de que le ofrezcan un buen puesto allá y termine defendiendo el "proyecto expansionista del comandante Chávez" sin mayor pudor. Al enemigo conviene atontarlo, adormilarlo, y en ese sentido una breve exposición de siete horas de la doctora Martha Lucía Ramírez, ojalá en el calor de Cúcuta y después del almuerzo, es suficiente.

Para reforzar la idea de que estamos en ánimo pacífico, convocaré otro concierto en la frontera, pero esta vez no con Juanes sino con Julio Nava. Y en medio de una canción rutinaria daré la orden de que le quiten el bozal para que se lance repentinamente sobre el público veneco y los acabe a furiosas dentelladas. Y que siga, que siga llanura adentro, por todo Zulia, liderando el glorioso batallón caníbal que dará las primeras victorias al pueblo nacional, guerrero rabioso, patriota valiente, coronel Julio Nava.

Pienso darle a la infantería escudos en relieve con la cara de Valencia Cossio y del ex canciller Araújo para que las fuerzas enemigas retrocedan. Hacer que el Ejército venezolano contrate a Yuri Chillán y a Samuel Moreno para que comanden un ataque aéreo desde unos globos aerostáticos que por la turbulencia del viento no puedan elevarse sino de 8 a 9 de la mañana, y que valgan un montón de plata. Instalar a los niños vallenatos en la Orinoquía para que nadie -salvo algunos sacerdotes- se atreva a entrar por la retaguardia. Conseguir que retransmitan los programas de Marlon Becerra en Maracaibo para provocar suicidios masivos. Y montar un campo de torturas en el que Poncho Rentaría lea a los presos sus columnas con un megáfono.

Parece despiadado, lo sé. Pero es vencer o morir. Si perdemos la guerra, queda de presidente Wilson Borja, el político colombiano más compatible con la línea chavista: compatible ya no por encajar en esa izquierda populista, anacrónica y grotesca que le quita espacio a una izquierda seria que oxigenaría de verdad a los países latinoamericanos, sino porque en ese club sólo aceptan gente que se vista mal. Si uno no tiene la facha de escolta de Ortega o los gruesos suéteres de vicuña de Evo o los pintorescos clergyman de Correa, es difícil que le abran espacio en el eje bolivariano. Borja no sólo sería soluble a todos ellos, sino que se realizaría intercambiando sombreros con Zelaya. Y cuando él suba, no tendremos más remedio que implorar por una visa gringa al embajador Brownfield, o al señor que lo maneja, que vaya a saber uno en qué parte del tórax se esconde.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1842

PORTADA

La voltereta de la Corte con el proceso de Andrade

Los tres delitos por los cuales la Corte Suprema procesaba al senador se esfumaron con la llegada del abogado Gustavo Moreno, hoy ‘ad portas’ de ser extraditado. SEMANA revela la historia secreta de ese reversazo.