Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2000/12/18 00:00

Vayan a verla

La película no es tan buena como la novela. Pero Santamaría no la critica porque le parezca mala, sino porque le parece verdadera

Vayan a verla

Colombia tiene muchas cosas buenas. Una de ellas es el escritor Fernando Vallejo. Otra, su novela La Virgen de los sicarios. Pero también tiene muchas cosas malas. Los sicarios, cómo no (y también su Virgen). Y, ante todo, una cosa mala que se presenta como cosa buena: la indignación patriótica por la imagen del país en el exterior.

Gracias a Germán Santamaría, director de la revista Diners, acabamos de ver juntas las cosas malas y las cosas buenas de Colombia. Porque Santamaría, con férvida pasión patriótica, pide que se prohíba la exhibición en los cines del país de la película que el director germano-iraní-colombo-franco-suizo (¿qué? Un apátrida, sin duda) Barbet Schroeder hizo sobre la novela de Vallejo.

En mi opinión, la película no es tan buena como la novela. Pero Santamaría no la critica porque le parezca mala, sino porque le parece verdadera. “No se asume como una obra de ficción”, protesta. Sino que pretende mostrar que en Medellín, donde sucede, y en general en Colombia, la gente mata, muere, odia, ama también, “se enamora de odio” (esto no es del crítico sino del cineasta), miente, sufre, o goza, o le da igual. Lo cual, en su opinión (la del crítico), es intolerable. Porque el resultado es que “todos los antioqueños” y “los colombianos en general”, quedan como “una manada de…”. Esos trémulos puntos suspensivos condensan el furor apenas contenido del patriótico denunciante, que apenas sabe cómo consigue contenerse. Porque no son sólo los antioqueños (todos) y los colombianos (en general) los que son presentados en la película como “una manada de…”: sino hasta Simón Bolívar (venezolano), y el Papa (polaco), y Dios (de nacionalidad cambiante, aunque siempre de alguna nacionalidad). Y sobre todo, horror de horrores, “los últimos presidentes de Colombia”.

¿Y por qué quedan en la película, o en la novela original, los antioqueños y los colombianos y todos los demás como “una manada de…? Pues porque matan, porque mueren, etc.: en las calles, en las iglesias, en el metro de Medellín. ¿Y es que acaso no es así? ¿Y el Papa, por qué queda mal? Pues por ser Papa, claro. Pero ¿es que acaso no es también en la realidad, además de en la película, donde queda mal el Papa justamente por ser Papa? En cuanto a Dios, lo mismo: si quiere quedar bien, que no sea Dios (harto se le ha dicho). Y en cuanto a los últimos presidentes de Colombia, pues hombre, Santamaría, es que hay que haberlos visto. ¿Cómo van a quedar bien?

“Será que tenés el sentido de la audición atrofiado”, le dice en un momento de la película el escritor protagonista a su noviecito sicario, al ver que se la pasa (como casi todos los habitantes de Medellín, de Colombia entera) oyendo música por radio a todo volumen. Sí, será eso. Será que no quieren oír lo que oyen, ni ver lo que ven. Y no quieren que nadie se entere de qué cosas se oyen y se ven en Colombia.

Confieso que yo mismo, en el cine madrileño que pasaba la película de Schroeder y Vallejo, me descubrí transido de indignación patriótica: y quise no ver y no oír, y sobre todo quise que mis vecinos españoles no vieran y no oyeran, durante un par de momentos. No los de violencia, ni los de ternura, ni los de miseria, ni los de horror: sino los de ridículo. Esos dos momentos en que la película muestra un discurso televisado del presidente César Gaviria y un discurso televisado del presidente Ernesto Samper, con sus respectivas caras y sus respectivas voces y sus respectivas desvergüenzas. Qué vergüenza. No, no, no: que no los muestren, que no los dejen ver, que prohíban la película. Que no se dé cuenta el mundo de la clase de presidentes que tenemos los colombianos, que elegimos los colombianos, que nos merecemos los colombianos. Que no lo sepa nadie.

Pero también ellos, como todo lo demás, son verdaderos.

Ahora: como dije al principio, en Colombia también hay cosas buenas. Una de ellas la muestra este episodio: hay libertad de expresión. Vallejo dice lo que le da la gana, y no lo censuran. Santamaría dice que censuren a Vallejo, pero tampoco censuran lo que dice Santamaría. Es posible que al uno, o al otro, o a los dos, los maten por expresarse libremente. Eso sí. Pero es que también —como lo muestran la novela y la película— matar a la gente es una forma de expresarse libremente en Colombia.

Otra de las cosas buenas la muestra la propia película, al final, casi en un happy end: la morgue de Medellín, donde recogen y exhiben los cadáveres de los asesinados y de los asesinos, funciona como un reloj y está tan limpia como una patena. No me cabe duda de que eso mejorará la imagen del país en el exterior.

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