Domingo, 19 de febrero de 2017

| 2009/11/13 00:00

¿Vender el alma al diablo?

Más allá del conflicto de intereses y de los malos precedentes, es mejor pensar que el nuevo patrocinador del fútbol respetará el espíritu deportivo.

Andrés Garavito

El pasado jueves 5 de noviembre se llevó a cabo la asamblea de clubes de la Dimayor, que terminó con la toma de decisiones importantes para el futuro del fútbol profesional colombiano.

Algunas de ellas, francamente geniales. Al fin y al cabo, ¿Hay mejor premio para el buen desempeño de la selección sub-17 en Nigeria que la eliminación de la norma que obligaba a los equipos a alinear un jugador juvenil en cada uno de los partidos del campeonato?

También se determinó que Golty seguiría siendo por otros 4 años el proveedor de los balones del torneo. Pero sobre todo, se tomó una de las decisiones más trascendentales de los últimos tiempos en el fútbol colombiano: la designación de Postobón como patrocinador del campeonato, que ante la forzosa retirada de Protabaco, había quedado en un desamparo preocupante.

El tema, decidido por la mayoría absoluta de los equipos asistentes a la Asamblea (55 por ciento), ha desatado una polémica en la que muchas cosas han sido puestas en tela de juicio: desde la transparencia en la toma de la decisión hasta la neutralidad del patrocinador.

Sin embargo resulta injustificable dudar de la sapiencia y buenas intenciones de los directivos asistentes. Sería un sacrilegio sospechar de la decisión tomada. Por ejemplo, y aún en medio del salvaje capitalismo en el que vivimos, el hecho de que las propuestas de Coca Cola y BBVA, fueran económicamente más jugosas no debe verse más que como un hecho anecdótico, carente de relevancia. Todo por amor a la industria nacional, claro.

Tampoco puede ponerse en tela de juicio la independencia del patrocinador, ni alegar la existencia de un burdo conflicto de intereses, que avergonzaría al mismísimo Tomás Uribe. En últimas, resulta apenas un hecho insignificante el que uno de los equipos participantes pertenezca al mismo grupo empresarial del generoso mecenas.

Por si quedan dudas, Ramón Jessurum, presidente de la Dimayor, complacido y con el pecho inflado de felicidad, declaró contar con un acuerdo de palabra por el que Postobón le prometía mantener su neutralidad en el campeonato.

Así, en un país en el que la palabra todo lo vale, las mentes maliciosas podrán dormir tranquilas. Al fin y al cabo, hechos como el sucedido hace unos meses cuando Postobón amenazó con retirar su patrocinio de la Copa que lleva su nombre si Atlético Nacional recibía sanciones –específicamente contempladas en el reglamento del campeonato- son seguramente cosa del pasado.

Tampoco deben quedar dudas cuando la empresa, en señal de buena voluntad y con una cercanía apenas coincidencial a la realización de la Asamblea, desembolsó las sumas que por concepto de cuotas correspondientes a dicho patrocinio, había dejado de cancelar en razón de tal incidente.

En todo caso, la decisión ya está tomada. A estas alturas resulta absurda cualquier suspicacia y entrar en conjeturas es inútil. La verdad es mejor aplicar el principio de buena fe, pensando que más allá de sus intereses y de los precedentes, el patrocinador respetará por encima de todo el espíritu deportivo.

Después de todo lo dicho, no deben preocuparse los hinchas. Además es claro que los directivos de sus equipos no fueron a la Asamblea solo a llenarse los bigotes y las solapas de sus trajes con migas de pastel gloria. No hay que dudar un minuto que, como es su costumbre, tomaron la mejor decisión para sus equipos y para el fútbol colombiano. Lo que si quedó clarísimo es que cualquier pataleo o queja en el futuro, justa o injusta, no puede ser tomada más que como una payasada o como el lamento por su alma de alguien que quizás se la vendió al diablo.


*Andrés Garavito es coautor del libro Bestiario del Balón.

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