Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2002/06/02 00:00

Vendidos

¿Y a cambio de esas cositas, de esas chichiguas mezquinas, han no sólo entregado, sino destruido a Colombia? Sí. A cambio de esas chichiguas han vendido el cadáver de Colombia, 50916

Vendidos

Todavía no había terminado Alvaro Uribe Vélez de ganar las elecciones cuando ya el señor Otto Reich, virrey cubano para todos estos países del sometido Sur que tiene su capital en Miami, le estaba dando instrucciones. Que hay que volver a negociar, dijo; pero no sólo con la guerrilla sino también con los amables paramilitares. Y el presidente electo, Alvaro Uribe, dijo de inmediato que sí, que bueno, que a sus órdenes, míster Reich.

Me parece vergonzoso, claro. Pero también me parece normal: forma parte de una larga historia de humillación y de entrega, de cipayage, de sometimiento, de vergüenza. La guerra local que prometía ganar Alvaro Uribe, y que ahora promete negociar, tuvo orígenes locales: la tierra, la política, los ricos, los curas. Pero se volvió insoluble a causa de las imposiciones del Imperio norteamericano, que no era entonces —hace 50 años— tan poderoso en todo el mundo como es hoy, pero ya mandaba aquí abajo, en este ‘patio trasero’ que los ilusos líricos llaman “nuestra América”: como si fuera nuestra. Esas imposiciones han sido muchas; tanto políticas como económicas, y cada vez más catastróficas. Veámoslas, para entender lo que significan ahora las órdenes del señor Otto Reich, el destructor de Centroamérica.

Primero vino la imposición de una política de arrasamiento militar del discrepante. En la primera Conferencia Panamericana reunida en Bogotá en abril de 1948 —qué casualidad: cuando mataron a Jorge Eliécer Gaitán y el pueblo se amotinó guiado, según dijeron entonces, por el comunismo internacional— se decidió que había que reprimir por la fuerza a la gente para que no se volviera comunista. Eso formaba parte de la doctrina Truman del contaiment con la que se inició la Guerra Fría. Una década más tarde, con Kennedy, vino la doctrina de la seguridad nacional, a cuyo amparo surgieron en media América Latina feroces dictaduras militares y se reforzó en nuestro caso colombiano la tonta, pero también feroz, dictadura civil del Frente Nacional. Diez años después, con Nixon (y a continuación con Reagan y Bush), se inventó la guerra universal contra la droga, en vista de que los Estados Unidos se habían convertido en el primer consumidor de droga del mundo y no conseguían producirla en su propio territorio (cuando empezaron a producir marihuana, la ‘guerra universal’ excluyó a la marihuana). Y esa guerra en Colombia enriqueció desaforadamente tanto a las guerrillas que habían sido comunistas como a los paramilitares que surgieron del anticomunismo. Y de paso, por supuesto, a muchos políticos. Y a los narcos propiamente dichos. Lo cual disparó la guerra local.

Así, los intereses de los gobiernos de los Estados Unidos (el anticomunismo, la ‘seguridad nacional’, la guerra contra la droga, y ahora la nueva guerra contra el ‘terrorismo’) han servido para destruir a toda América Latina (y a Africa, y a la mitad del Asia); pero en particular, pues de eso trato aquí, a Colombia. Cuyas clases dirigentes, más arrodilladas ante el Imperio que las de cualquier otro país (incluido Vietnam del Sur, incluida Inglaterra), se han prestado de buen grado a destruir su propio país participando en todas las guerras gringas. Hasta en la de Corea.

¿A cambio de qué? De unos negocitos, de unos suelditos, de unas cosas mezquinas. Prácticamente todos los ex presidentes de Colombia del último medio siglo tienen en Miami un ‘condominio’. Prácticamente todos nuestros ex ministros de Hacienda tienen un sueldo del Fondo Monetario Internacional. Y los puestos en la OEA. Y, en fin, todas esas cosas.

¿Y a cambio de esas cositas, de esas chichiguas mezquinas, han no sólo entregado, sino destruido a Colombia? Sí. A cambio de esas chichiguas han vendido el cadáver de Colombia.

Por muchas razones, que he explicado muchas veces, no estoy de acuerdo yo con las Farc de ‘Manuel Marulanda’. Pero coincido con él en pensar que es más digno pelear con el Imperio que venderse de antemano.

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