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Opinión

  • | 2017/04/24 12:30

    Ojalá me equivoque

    Venezuela está incendiada, y desde este lado de la frontera enorme que compartimos, no hay nada de donde asirse para estar optimista y creer que la crisis se resuelve prontico. Nada.

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La oposición citó al pueblo el 19 de abril para lo que ellos mismos llamaron “la madre de todas las marchas”. Es decir, no es una manifestación, sino una toma de las calles con la disposición de permanecer el tiempo que sea necesario, hasta que caiga el gobierno de Maduro. La represión ha sido, y sigue siendo, violenta en todas las ciudades; parece que lo único que no escasea en Venezuela son las balas de gas lacrimógeno y las municiones de fusil.

Maduro sacó todas sus armas; a las huestes a marchar por las zonas de Caracas que son su baluarte; mostró al mundo su para-ejército, sus milicianos armados, los 500 mil civiles que patrullan y reprimen a la oposición en las calles, los “colectivos” que no son más que gente armada que dispara y disparará cada vez más sin agüero. El discurso oficial insiste en que la oposición es una derecha apátrida, patrocinada por el imperio y los pitiyanquis, y los culpa de todo lo que le pasa al país: de los muertos en las calles, de la violencia en los barrios, de la escasez en los supermercados, del hambre que los ha sometido a todos y los ha puesto –bendito sea el humor –en la “dieta Maduro”; el gobierno no es ineficiente, es la confabulación; no es que el socialismo del siglo XXI haya dilapidado las reservas económicas del país, es que la derecha se esmera en empobrecerse para acusar al régimen de la escasez de riqueza. Según el gobierno son marrullas el clamor de un pueblo harto de soportar hambre, harto de que se cierren los espacios de la democracia, harto de que sean solo armas lo que el gobierno socialista les entrega a manos llenas en las barriadas. Nada de pan, de libros ni de circo; solo un discurso revolucionario que pretende que el hambre se calme echándole la culpa a la oligarquía y disparando un fusil para sostener el régimen que llama a la guerra.

20 personas han muerto desde que empezó la jornada del 19 de abril en las calles, en los patrullajes de los barrios, en Maracay o en Caracas, a disparo de francotirador, a tiro de sicario, o electrocutados en un intento de asalto a una tienda de abastos. Hay gente apostada en las ventanas lanzando piedra contra las tanquetas; hay ataques contra centros de atención médica; hay tiros al aire y patrullaje de civiles armados.

El gobierno necesita mostrar violenta a la oposición, y ésta necesita hacer evidente ante el mundo la violencia del régimen. La guerra informativa es intensa, pero además la guerra real, la que cobra vidas y mantiene al filo los nervios del país, es cruda y verdadera. Con el corazón en la mano, y haciendo fuerza para estar equivocada, creo que aunque caiga el gobierno, lo que viene será un escenario de guerra en Venezuela, por funesta confluencia de factores:

Hay armas circulando. Para-ejércitos como los 500 mil milicianos que Maduro expuso al mundo esta semana, colectivos asesinos en potencia, armados por el Estado Bolivariano con fusiles y metralletas.

Hay lucha territorial. Solo en el caso de Caracas, hay una línea invisible que divide a la ciudad entre los barrios de la oposición y los controlados por el gobierno. Los primeros dejaron de ser, como repite el chavismo, los barrios de los oligarcas de ojos azules, como Chacao, y ahora también fustigan al régimen los barrios populares como El Valle, e incluso sectores de Petare, baluarte socialista desde los primeros días de la revolución Bolivariana.

Hay desabastecimiento y hambre. En Venezuela, con un discurso de supuesta dignidad frente al “imperio”, se ha justificado la dilapidación de la riqueza. Los 18 años de gobierno revolucionario se chuparon todo y atrofiaron por completo al sistema productivo.

Y finalmente, hay interés del mundo. En este momento se juegan las fichas para que se cierren las rutas de sustento al gobierno, y Venezuela es el primer productor de petróleo del continente.

El régimen venezolano fracasó estruendosamente. El problema no es darle un golpe a Maduro; es desmovilizar tanto fusil en manos de civiles, tanta gente creyendo que es legítimo portar un arma y matar por un régimen. Por esa, entre otras muchas razones, Venezuela es un Estado fallido, aunque Maduro sea tan cínico que diga que el culpable de lo que le pasa a Venezuela es el fallido Estado colombiano.

Por estos días vale la pena escuchar las tomadas de Simón Díaz para ambientar la lectura de noticias de Venezuela, no sea que se nos olvide la belleza que subyace a la barbarie que predomina.

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