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Opinión

  • | 2001/09/03 00:00

    Víctima colateral

    La guerra la está ganando, como era previsible y fue previsto, la barbarie. La barbarie de los civilizados

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Nada que cae el malvado Osama Ben Laden, por cuya cabeza, vivo o muerto, ofrece el gobierno norteamericano 25 millones de dólares (una miseria). Pero en cambio sus protectores talibanes de Afganistán están siendo minuciosamente exterminados sin respeto ninguno por las leyes de la guerra: las tropas norteamericanas, ha dicho el secretario de Defensa Rumsfeld, no pueden tomar prisioneros; y sus aliados locales de la Alianza del Norte han anunciado que no piensan tomarlos. Y sus posibles cómplices en otros países van a ser juzgados por tribunales norteamericanos sumarísimos, sin garantías procesales, y de antemano condenados a muerte: hasta la España de Aznar (pero no la Inglaterra de Blair), en un inesperado sobresalto de dignidad, ha anunciado que en tales condiciones no entregará a la horca a sus detenidos de Al Qaeda. Y es que la guerra proclamada por el presidente George W. Bush “entre la civilización y la barbarie” la está ganando, como era previsible y fue previsto (inclusive por mí), la barbarie. La barbarie de los civilizados, que para derrotar a los bárbaros abandonan los fundamentos de la civilización en cuyo nombre luchan. Los principios del derecho, heredados de Roma; el humanismo conquistado por la Italia del Renacimiento; la libertad de conciencia ganada a sangre por el protestantismo; las libertades proclamadas por la Revolución Americana de 1776; los derechos humanos impuestos por la Revolución Francesa de 1789.

Pero la aniquilación física de Afganistán, y la eliminación de las conquistas de 30 siglos de civilización occidental, aún no son suficientes. Desde lo alto de su caballo (“¡arre, Plata!”) Bush anuncia que ahora le toca el turno a todos los demás rebeldes contra el Imperio. Primero a Saddam Hussein, el dictador de Irak. Luego a Muamar Gadafi, el de Libia. Luego, ya se verá. “Será una guerra larga”, advierte el secretario Rumsfeld. (Una guerra, claro está, en defensa propia. Ya señaló Spengler hace siglo y medio que todos los imperios de la historia han sometido al mundo “en defensa propia”).

¿Y Colombia qué? Hay quien se inquieta aquí, hay quien se ilusiona: a nosotros también nos toca el turno. Al fin y al cabo la embajadora norteamericana ladra a cada rato, y tanto las Farc como el ELN, y como las AUC financiadas por la derecha pronorteamericana, han sido declaradas “terroristas” por el gobierno de los Estados Unidos. Así que unos esperan, y otros temen, que también Colombia sea invadida (o, más bien, bombardeada). Bombardeado el Caguán, donde vive Tirofijo; el sur de Bolívar, donde está el Coce del ELN; Montería, donde queda la casa de los padres del Mono Mancuso; Bucaramanga, donde se refugian los parientes de Gabino que todavía no han sido asesinados; el Palacio de Nariño en Bogotá, donde a veces, entre viaje y viaje, pernoctan Nohra, los niños y yo, culpables de proteger terroristas de las Farc, de las AUC, y quizá también del ELN (para no mencionar a los inmencionables, porque son “de los buenos”, terroristas de Estado de los servicios secretos del Ejército adiestrados por la CIA).

Y sí, teóricamente, Colombia es un objetivo ideal en la guerra global contra el terrorismo. Aquí no habría muerto malo, ni se perdería cohetazo. Si nos echan encima los B-52 de bombardeo de alfombra a soltar indiscriminadamente artefactos incendiarios de 5.000 kilos, todo muerto sería un terrorista muerto: una muesca en la cacha de marfil de George W. Bush, cazador de recompensas del Salvaje Oeste Norteamericano. Colombia es un bombón, en teoría.

Sin embargo, no creo que este país figure en la lista de los que hay que bombardear, pese a las declaraciones de la engalladita embajadora (que si las creyera ella misma se habría ido ya a Panamá, por lo menos). Colombia no vale lo que cuesta. No merece el gasto de esas bombas de racimo que la industria militar norteamericana le vende al Pentágono por dos millones de dólares la pieza, ni mucho menos un voleo de tomahawks, o catfighters, o dogosters o startrokkers, o eaglepounders o bearhunters o tigerkillers o childbangers o como se llamen esos cohetes que se lanzan desde 2.000 kilómetros y van a caer, más o menos, en el patio de la casa de alguien designado por satélite por un general en Washington. Un día de ataques aéreos en el Asia Central cuesta tanto como un año de Plan Colombia. Y este es a crédito, y lo pagamos nosotros.

De manera que no. Colombia no vale lo que cuesta. Ni produce petróleo, como Irak o Libia; ni exporta terrorismo, como Afganistán o el Sudán; y en lo que a la droga se refiere se destruye a sí misma sin necesidad de inversiones norteamericanas, que sólo están ahí en el extremo opuesto: el de las cuentas de beneficios. De manera que no. Colombia es solamente, en esta tragedia mundial, una “víctima colateral”: como esos niños afganos recién amputados de la dos piernas por la explosión de una mina antipersonal vendida por los Estados Unidos a quienes, en el hospital improvisado de la Cruz Roja, los remata por error una bomba arrojada por un B-52 norteamericano que buscaba la caverna de Ben Laden y sus 40 ladrones.
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