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Opinión

  • | 2014/05/25 00:00

    Víctimas, cerca de la Biblia y lejos de los políticos

    Apegadas a sus creencias religiosas, miles de personas afectadas por la violencia en los últimos 25 años luchan por sus vidas en medio de carencias y miedos, y decepcionadas de la política.

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Las distintas iglesias que pululan se han convertido en el refugio de miles de víctimas afectadas por la violencia en los últimos 25 años en el país. Decepcionados de la política y de los políticos, encontraron en las oraciones, cánticos y lecturas de la Biblia, la ayuda necesaria para superar el dolor que aún les causa el recuerdo de la muerte o desaparición de sus seres queridos, así como la pobreza generada por la pérdida de sus tierras y medios de trabajo.

En razón de mis investigaciones periodísticas, en las últimas semanas he tenido contacto con varias personas en diversas regiones de Antioquia, valientes hombres y mujeres, todos ellos de extracción campesina, quienes intentan por todos los medios rescatar aquello que perdieron durante la hegemonía paramilitar. En sus ojos hay una intensa chispa de vida que no se opaca ni cuando lloran relatando su pasado y su presente.

Entre los recién conocidos está un hombre de poco más de setenta años, enfermo terminal, quien lleva de un lado a otro varios documentos guardados en un pequeño maletín de cuero en los que se observa lo que fue su pasado: un próspero finquero. Sin embargo, codiciosos jefes de grupos armados ilegales, apoyados por funcionarios estatales, le arrebataron su predio y redujeron a este hombre a la pobreza. Hoy, en medio de los dolores que le provocan sus dolencias, lucha por la restitución de su predio. Se ilusiona con la idea de regresar a su tierra, y eso lo mantiene con vida.

También hablé con una mujer que ronda los 70 años y que carga a cuestas una dolorosa historia de violencia y de despojo contra su familia. En un marcado acento cordobés, narra con detalle lo que le ocurrió a ella cuando se asentó en tierras en disputa entre guerrilleros y paramilitares. Es una historia nutrida de asesinatos y desaparecidos. Además, de pérdida de su tierra no sólo por la decisión de quienes alcanzaron el dominio territorial, sino por aquellos que, desde el Estado, la presionaron para que vendiera su predio a muy bajo precio.

En uno de los caminos recorridos encontré a una vigorosa señora y a su esposo, dos humildes campesinos que se enfrenta a un poderoso empresario antioqueño a quien le reclama un predio que le arrebató años atrás. De su rancho de tablas a orilla de una importante vía nacional ha hecho un fortín y con papeles en mano que los acreditan como dueños de varias hectáreas, soporta el asedio de los gregarios del despojador, quienes constantemente pasan por el lugar intimidándolos. A esta pareja no se les ve el miedo en sus ojos. Y permanecerán allí estoicos a la espera de que la justicia por fin llegue, y sin corrupción de ninguna clase, les dé la razón y recuperen lo que es suyo.

En esa cadena de solidaridades que se genera cuando se investigan este tipo de temas me presentaron a un hombre, de mediana edad, hablar atropellado y mirada desconfiada, que presenció, hace ya más de dos décadas, el asesinato de sus padres y el de un hermano a manos de quienes representaban, en ese momento, el comienzo de un proyecto armado que desoló buena parte del país y se apropió de miles de hectáreas de tierras productivas. Paso a paso fue relatando cómo ha sido su vida después de esa tragedia, a la que se sumó la pérdida de la finca donde nació y creció. A pesar de su reciedumbre campesina, curtida por las labores agrícolas, no pudo evitar las lágrimas. Los hombres, en estos casos, también lloran.

 “Ojalá que esos tiempos no vuelvan a pasar”, me dice, con un dejo de esperanza, la mujer con acento cordobés, quien a pesar de los temores que le genera vivir en una zona donde la hegemonía armada y dominio territorial lo ejercen quienes decidieron continuar con el proyecto paramilitar, insiste en que durante el proceso de reclamación de sus tierras y de su familia “no le va a pasar nada”, entre otras razones porque, dice, “Dios está con ella”.

Y es que para esta mujer, más allá del Estado, de los funcionarios que lo representan y son culpables de la pérdida de su vida campesina, de los políticos que pretenden representarlos, está su pastor, su iglesia, su Biblia. “Con todo lo que me pasó, yo no quedé sirviendo para nada, no levantaba la cara, pero gracias a mi iglesia, hoy soy otra persona”, dice la dama. Y sus ojos dejaron ver un brillo vital que sorprende.

Y también me maravillé con la fortaleza de la pareja que en medio de carencias económicas, a orillas de la carretera, se enfrenta a un oscuro empresario ligado al narcotráfico. “Nosotros no nos vamos a dejar sacar de aquí”, insiste la mujer, convencida de que por mucho poder que tengan “esos ricos” no podrá contra su terquedad ni contra la de su esposo, y muy a pesar de las presiones que ejercen, muy sutilmente, miembros de los grupos armados ilegales que surgieron luego de la desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc) que hacen presencia en la región. “Aquí nos quedaremos”.

Entrar en contacto con estas víctimas, escucharlas, leerles sus documentos, sentir su convencimiento y ver en sus ojos esa chispa que los impulsa a enfrentarse a todo para lograr sus propósitos, revela que mientras no haya un compromiso político serio por parte de quienes ostentan el poder para reformular el Estado, con el fin de lograr mayor eficiencia y transparencia, las víctimas de la violencia no tendrán más opción que jugarse la vida solos y, en algunos casos, sin más respaldo que una Biblia.

En Twitter: jdrestrepoe
(*) Periodista y docente universitario 
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