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Opinión

  • | 2007/10/20 00:00

    ¿Víctimas de nuestro propio invento?

    María Teresa Ronderos pone el dedo en la llega y sentencia que los periodistas también tenemos nuestra cuota de responsabilidad en crear el clima de insultos y señalamientos sin sustento que sacude por estos días el país

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No es justificable bajo ninguna circunstancia que un Presidente u otro ciudadano investido de poderes superiores insulte públicamente a un periodista por cumplir con su deber de investigar y denunciar lo que considera que está mal. Aunque a veces parece que lo olvida, el Presidente tiene demasiado poder, y sus mensajes mandan señales potentes a sus amigos y a sus enemigos. Eso, en un país tan polarizado como Colombia, donde las diferencias de ideas se arreglan a tiros, es una estrategia inadmisible. El Presidente diciéndole “canalla” a Daniel Coronell, o endilgándole a Gonzalo Guillén la autoría de un libro que no escribió, es un abuso de poder. Ese juego de propaganda negra por parte de la Presidencia es más irresponsable aun si se tiene en cuenta que los dos periodistas han tenido que irse al exilio en distintos momentos por amenazas. Volver a enfrentarse con ellos en público les ratifica a quienes quieren callarlos, que están por el buen camino. Es un comportamiento muy por debajo de la estatura de un Presidente que se precia de democrático y que ha dicho en varias ocasiones que defiende la libertad de expresión.

Pero además, el ejemplo es dañino para un país donde, en tan solo este año, según datos de la Fundación para la Libertad de Prensa, han asesinado a un periodista, amenazado a 64 y, en total, 189 periodistas han sido víctimas de algún tipo de ataque. Si el Presidente ataca y señala periodistas en público, es de esperar que unos policías que contienen una manifestación, o un gobernador que quiere silenciar a sus críticos o un capitán que no quiere que se conozcan sus fracasos militares, se sientan con patente de corso para golpear, amedrentar, sabotear o retirarles la pauta oficial a los medios que no sean de sus afectos.

Y por último, el estilo pendenciero con que Uribe enfrenta a sus críticos, como lo señalaba hace unos meses Iván Marulanda en una columna de Un Pasquín, contribuye a enrarecer el ambiente democrático, a tornarlo hostil e incivilizado. El sano debate público deja de serlo no por lo fuerte, pues así debe ser en una auténtica democracia, sino porque tiene sabor a duelo de vaqueros, donde el primer mandatario es John Wayne que enfrenta a sus enemigos en la plaza del pueblo a pistolazos verbales. No es sino acordarse de la recepción que le dio Uribe en la Plaza de Bolívar al caminante profesor Moncayo, padre del policía secuestrado.

Los periodistas, sin embargo, también tenemos nuestra cuota de responsabilidad en crear ese clima de insultos y señalamientos sin sustento. Tenemos que reconocer que, en la caza de una primicia, muchos periodistas estamos cayendo en el juego de filtraciones de criminales. Cualquier criminal, o mejor dicho, no cualquiera sino uno que tenga un estatus de gran criminal y que se haya destacado por la cantidad de asesinatos, masacres o los kilos de cocaína exportados, que tenga ganas de enlodar el nombre de alguien, parece tener los micrófonos de prensa, radio y televisión a su disposición. Demasiadas veces, y me incluyo absolutamente en esta crítica, ante la “emoción” de ser los primeros en publicar la “confesión” de ‘Macaco’, Mancuso o ‘Don Berna’, dejamos que dañen el nombre del monseñor, el vicepresidente, el presidente…

No quiero decir con esto que muchos de estos maleantes nunca digan una verdad. El lío es sacarla así, en bruto, sin pulir, sin hacer la tarea periodística de investigar primero la base de verdad o mentira que una declaración de un asesino pueda tener. La confundida opinión pública no tiene así manera de enterarse qué puede ser cierto y qué, mentira. Y por eso, no es extraño que cuando sale el Presidente con la misma soltura de lengua, sin pasar por una autoedición ética, a la gente le parezca que es apenas justo que se defienda de los ataques de la prensa, y, como lo demostraron las encuestas, se pongan de su lado.

Si nosotros los periodistas hemos ayudado a convertir el mercado público de la información en un mercado persa, donde se vende mentira como verdad y no se pierde puñalada, no deberíamos sorprendernos cuando los políticos, y hasta los presidentes, paguen con la misma moneda, y salgan a señalarnos y a ponernos en riesgo cada vez que no les gusten nuestras publicaciones. Con la práctica de creer en los rufianes, estamos desvalorizando las denuncias periodísticas que son reales y valientes. Al publicar tanta acusación sin confirmar, estamos fortaleciendo ese ámbito malsano de las verdades a medias, donde germinan con facilidad las manipulaciones del poder para desprestigiar a sus críticos.
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