Opinión

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Perdonen que insista con lo de Lady Di, que ya nos tiene a todos hasta las narices. Pero es que la semana pasada, por no alargar demasiado el artículo, dejé por fuera la mitad de la telenovela que cautiva a los públicos del mundo: la mitad de Dodi.O mejor que de Dodi, de su padre. Pues el novio de la princesa no era más que un playboy con dinero del papá, como hubiera podido serlo, digamos, un hijo de Mobutu, el dictador zaireño que también acaba de morir dejando 14.000 millones de dólares en Suiza. El papá de Dodi, a quien la mitad de los habitantes del mundo vio por televisión compartiendo funeral con la Casa Real inglesa, era _o es_ un egipcio misterioso llamado Mohamed Fayed. Los expertos de las revistas del corazón explican que el 'al' de su apellido se lo añadió por su cuenta para dar la impresión de que venía de una rancia familia árabe, como esos 'de' y esos 'y' que se encasquetan en el mundo hispánico los arribistas sociales: un poco como si, por ejemplo, el jefe del cartel de Cali firmara Gilberto de Rodríguez y Orejuela. No traigo la comparación gratuitamente, sino porque dentro de lo poco que por ahora se sabe (y pronto se sabrá más, dado que el millonario cometió la imprudencia de echarse encima a los sabuesos de la prensa escandalosa al acusar de asesinato a sus fotógrafos), la inmensa fortuna de Mohamed al Fayed tiene orígenes tan turbios, tan ilegales y tan sangrientos como la de cualquier gran capo del narcotráfico. Empezó, dice la prensa (yo, personalmente, no he hecho ninguna investigación al respecto), vendiendo gaseosas a los turistas en las pirámides de Gizeh, en su Egipto natal. Luego contrajo matrimonio con la hermana del traficante de armas saudí Adnan Khashoggi, madre de Dodi, que lo introdujo en este negocio, jugosísimo en el Medio Oriente siempre en guerra. Y no deja de ser paradójico que la fama 'humanitaria' de su casi nuera, la frívola Lady Di, le viniera de hacerse fotos denunciando las mismas armas mortíferas que habían hecho la riqueza con que la deslumbró Dodi: sus yates, sus helicópteros, sus joyas, sus Mercedes del Ritz, sus tiendas Harrods. También la actual esposa de Khashoggi, digámoslo de paso, preside una fundación humanitaria destinada a aliviar los sufrimientos de los huérfanos de guerra, cuya orfandad le permite a ella presidir fundaciones caritativas para no tener que andar siempre de juerga en Marbella. Porque a nadie escandalizan esas fortunas edificadas sobre la sangre humana derramada: "El dinero no huele", como decía el emperador romano Vespasiano. Por eso al difunto Dodi lo llamaba la prensa, con admiración irrestricta, "el heredero de la fortuna Harrods", como si esas grandes tiendas no las hubiera comprado su padre con la fortuna ya hecha en otros menesteres. Y como si no la usara también para otros fines. Dos ejemplos: el de su compra del palacete de los duques de Windsor en el Bosque de Bolonia de París, que recuerda el acto de nuevorriquismo del narcotraficante Chepe Santacruz (¿don José María de la Santa Cruz?) cuando se hizo construir en Cali una mansión idéntica al Club Colombia; y su compra, con dinero en rama o con invitaciones al hotel Ritz, de parlamentarios británicos del partido conservador para que le ayudaran en sus negocios, que recuerda aquellas famosas cuentas de minibar del hotel Inter de Cali que Inversiones Ara, de don Gilberto de Rodríguez y Orejuela, les pagaba a los parlamentarios colombianos. Viendo el caso de Al Fayed, con quien comparten reclinatorio en la venerable abadía de Westminster la reina Isabel y toda su familia, la mujer del presidente de Estados Unidos y la del de Francia, la estricta señora Thatcher, el primer ministro Tony Blair, todo el establishment británico, no hay duda de que desde sus celdas en la cárcel los hermanos Rodríguez se sienten injustamente desdeñados por los grandes de este mundo. ¡Ah! _pensarán sin duda_ ¡si le hubiéramos añadido un 'de' a nuestro apellido para que no sonara tan vulgar! ¡Ah, si en vez de esa fea palabra, "narcodineros", hubiéramos conseguido que la prensa hablara de "la fortuna 'Drogas La Rebaja!" . ¡O, mejor todavía, si en vez de montar una cadena de droguerías de nombre tan ordinario, hubiéramos comprado los laboratorios Rhône-Poulenc, que suenan a apellido de familia francesa noble desde las Cruzadas! (es decir, aunque esa es otra historia, enriquecida gracias a otros crímenes).
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