Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2005/08/14 00:00

Vidas virtuales

Internet se ha convertido en un refugio perfecto para opinadores anónimos, comentaristas improvisados, escritores ignorados e, incluso, suicidas potenciales. Bienvenidos a un mundo artificial en el que todos hablan y muy pocos escuchan. Columna de Felipe Restrepo.

Vidas virtuales

1.

Aunque parece graciosa, la noticia es más bien preocupante: esta semana un surcoreano murió de agotamiento, tras permanecer 50 horas seguidas frente a su computador. Al parecer, el joven de 28 años acostumbraba a llevar a cabo estas maratónicas jornadas informáticas en las que no dormía ni comía durante tres o cuatro días. Al final, su corazón no pudo más y estalló.

Casi al mismo tiempo, se informó que en Japón son cada vez más populares los Hikimori: jóvenes que se encierran en un apartamento y se entregan por completo a una vida virtual. Son muchachos que no quieren saber nada de la vida real y que deciden tener una existencia paralela en la web. El escritor Mario Mendoza se refirió a ellos en su columna de esta semana en el diario El Tiempo. Los describió como jóvenes que no soportan la presión por ser exitosos y adinerados y viven un retroceso sicológico: buscan, desesperadamente, regresar al vientre materno y no volver a salir jamás de allí.

Según los datos de Technorati -un buscador de weblogs-, el número de blogs se ha duplicado en los últimos cinco meses. Frente a los 7,8 millones de blogs registrados en marzo, el popular buscador reseña ya más de 14,2 millones de bitácoras y más de 1.300 millones de enlaces. Si este ritmo continúa, el número de weblogs se duplicará cada 5,5 meses.

Así pues, no queda más remedio que aceptarlo: Internet se ha convertido en un espacio masivo en el que cada vez más individuos encuentran un refugio, un mundo abierto en el que son libres de ser quienes realmente quieren ser. Se trata de un mundo artificial en donde pueden hacer -y sobre todo, decir- cosas que por algun motivo no pueden en el mundo real. Algunos tecnófobos, como Giovanni Sartori, sostienen que este auge de dependencia a la Internet significa la destrucción del conocimiento y de los valores de la cultura. Que estos junkies informáticos son el más lamentable ejemplo del hombre ignorante, brutal e intelectualmente desposeído.

Y, por más apocalíptico que esto pueda sonar, es un poco cierto. Las libertades del mundo virtual son un arma de doble filo para quienes las adoptan sin restricciones. Y si no, pregúntenle al corazón del joven surcoreano.

2.

Sé que por decir estas cosas me ganaré enemigos. Ninguno tendrá nombre propio, eso sí. Se llamarán Demonio666, valentin24horas o Sangrerebelde. Porque, claro, Internet es el paraíso de los opinadores anónimos. Se ocultan bajo sus apodos, como si se tratara de francotiradores en una azotea, apuntan y disparan los perores insultos: al fin y al cabo, nadie puede rastrearlos. Son muy pocos los que quieren opinar en realidad: sólo buscan demostrar su lucidez y su agudeza. Pero me imagino que lo que en realidad los impulsa es la envidia.

Porque la web está poblada por una gran cantidad de periodistas ignorados y de escritores sin talento. Ahora: no voy a negar la calidad de algunos bloggers que han encontrado un espacio extraordinario para crear un nuevo lenguaje. O de aquellos que han revelado escándalos y abusos a través de este medio. Es decir, los que le han dado una función propia.

Pero no se puede tapar el sol con la mano. La gran mayoría de blogs -al menos los que he visitado- tiene el mismo tono confesional y llorón de la agenda de una niña de tercero de bachillerato ("Ayer me rumbié con Camis", "La fiesta donde Juanis estuvo del putas", "Me siento superfea"). Pero, vaya y venga la cursilería. Lo que en realidad me produce mal de estómago es el tono seudointelectual o de superioridad que tienen otras páginas.

Digo, no tengo nada en contra de la libertad de expresión. Entiendo que algunos tengan la necesidad y el derecho de manifestar sus opiniones. Pero me temo que casi nadie en el mundo virtual está honestamente interesado en saber lo que los demás piensan. Allí hay poco debate y mucha autocomplacencia. Basta ver cómo los editores de medios electrónicos organizan debates virtuales o chats y se encuentran con la triste realidad de que nadie quiere debatir. La mayoría -por no decir todos- no oye, sólo se impone.

Ahora, Internet no tiene la culpa. Es cierto que nunca antes un medio había sido tan libre -tan anárquico, tal vez-, pero precisamente se trata de un medio nada más. Y es que, ¿qué mejor lugar que Internet si uno es un pequeño ególatra? Me arriesgo a parecer un poco fascista en este momento, pero me huele que todo esto de la libertad de expresión en Internet no es más que un excusa para validar el exhibicionismo. Y si no, pregúntenme a mí, que escribo una columna en semana.com.

3.

Y volvemos al principio. Un hombre pasa 50 horas seguidas frente a su computador y luego muere. Podría sonar trágico, pero tal vez para él fue normal. Así mismo, un italiano, Luca K., mantuvo durante tres meses un blog en el que planeó, discutió con los lectores y reflexionó sobre su decisión de suicidarse. Finalmente, lo hizo frente a todos. Sin duda fue la decisión más lógica, porque su vida -su vida 'real'- era la que sucedía frente a la pantalla.

Y como ellos habrá miles que han trasladado la realidad a un mundo que no es tangible. Personas que han dejado su identidad de un lado y se han trasteado a un mundo cómodo en el que nadie está obligado a hacer nada. Un mundo artificial en el que la impunidad da un confort que no existe en algún otro lugar.

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