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Opinión

  • | 2016/02/01 10:56

    Las periodistas también son mujeres

    Las periodistas suelen sufrir agresiones en su oficio por el hecho de ser mujeres, tienen que aguantar actos de sus colegas y de sus fuentes que son muy particulares del oficio.

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Algo nos quedó del caso del Defensor del pueblo: ya no podemos parar de hablar de la violencia contra las mujeres. Y está bien, que no paremos, era una deuda que teníamos hace tiempo. Pero si vamos a seguir girando sobre el mismo el tema, qué tal si a cada vuelta le aportamos algo nuevo. Por ejemplo, contar cómo se manifiesta el abuso contra las mujeres en los distintos campos, en los diferentes oficios y profesiones.

Las periodistas suelen sufrir agresiones en su oficio por el hecho de ser mujeres. Aunque a veces se trata de la misma violencia que deben sufrir como madres, esposas, hijas, trabajadoras, caminantes en la calle o usuarias del transporte público, otras veces tienen que aguantar actos de sus colegas y de sus fuentes que son muy particulares del oficio.

–A ustedes por qué les gustan los temas de cocina. Es como si yo le preguntara usted, se lo voy a decir con todo respeto, ¿usted tiene relaciones sexuales? ¿Cuántas veces a la semana? Son temas que no son del interés de nadie. Pero yo le contesto. No evado a los periodistas ni las preguntas.

Esa fue la respuesta que le dio Guillermo Botero Nieto, presidente de Fenalco, a la periodista Claudia Melo del periódico Nuevo Día de Ibagué, el pasado noviembre. Ella solo quiso preguntarle a Botero sobre las investigaciones que se habían abierto contra el director regional de Fenalco en la capital tolimense, Édgar Rodríguez, y esto fue lo que recibió de vuelta. (Oír audio)

Un comentario de mal gusto que quiso pasar como un símil subido de tono. La típica agresión velada con la que se quiere llevar a la mujer a un terreno sexualizado que afecta su intimidad y su dignidad. El Nuevo Día reconstruyó los hechos y transcribió la entrevista hecha por la periodista, mientras que en los demás medios, especialmente los nacionales, el tema no tuvo la relevancia que merecía.

Si la función del periodismo es informar lo que se oculta, incomodar el poder, proponer interpretaciones diferentes, pues con mayor razón el que oculta, el poderoso y el hegemónico intentan agredir a la mujer periodista para que no informe, no incomode y no proponga.

El caso de Botero es muy parecido a lo que le hizo Chris Gayle, jugador profesional de críquet de los Melbourne Renegades, a la periodista deportiva Mel McLaughlin.

–Tus ojos son bonitos. Espero que ganemos este juego y después vayamos a tomarnos algo. No te sonrojes, bebé”–, fue lo que le respondió cuando ella solo le preguntaba sobre su actuación en el partido. (Ver video)

Allá la discusión nunca fue si Gayle cometió “el error de enamorarse”. El jugador agredió a una periodista en el ejercicio de su oficio y por su declaración fue multado por el equipo por una suma de 10.000 dólares australianos (cerca de 7.100 dólares estadounidenses). Además, a pesar de las disculpas del deportista, algunas figuras del críquet y del periodismo de Australia exigieron su retiro de la liga profesional.

Nada parecido a lo que sucedió en Colombia con Botero, el presidente de Fenalco. Ni multas, ni exigencias, ni siquiera disculpas públicas.

Ambos casos demuestran que a las mujeres periodistas se les puede agredir sin tocarles un pelo. Se meten con su cuerpo, su vida privada o su forma de vestir y las intimidan hasta hacerlas enmudecer. Ahora bien, esto no quiere desconocer que las periodistas sufren otras violencias graves como estigmatizaciones por su género, lesiones personales, tortura y, por supuesto, agresiones sexuales. Más bien esta columna quiere llamar la atención sobre la sutileza que puede alcanzar la violencia de género en el periodismo y sobre el modo en el que nos parece normal.

En el 2014, con el apoyo de Reporteros sin Fronteras, la Fundación para la Libertad de Prensa –FLIP– trabajó con periodistas mujeres de Córdoba. En los encuentros sobresalió que las agresiones no solo vienen de las fuentes o de los actores armados, también son agresores sus compañeros y sus jefes. Instrumentalizan a las mujeres y mantienen estereotipos sobre su género en las salas de redacción. No las dejan reportar ciertos temas que se consideran masculinos, son usadas por su físico para acceder a determinadas fuentes, y se consideran periodistas frágiles que necesitan ayuda o corrección permanente (la mala costumbre de los hombres de minimizar a la mujer para no perder el lugar de la palabra y del poder). Finalmente se descubrió que entre las periodistas existe desconocimiento de las rutas de atención y de denuncia que trajo la ley 1257 de 2008 para proteger a las mujeres.

La violencia contra las mujeres periodistas también sabe abrirse paso en silencio. Ante eso, la salida es llamarla por su nombre, todas las veces que sea necesario y con todo el volumen que toque. La violencia contra las mujeres periodistas también encuentra la forma de parecer normal. Ante eso, hay que quitarle el disfraz, hablar y hablar de los daños que causa hasta que se le vea la cara de monstruo. Todo esto sin perder de vista que esta violencia de género afecta la libertad de prensa en Colombia. Cada vez que se logra silenciar a una periodista, son muchos los que dejamos de estar bien informados sin eso que ella tenía por decirnos.

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