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Opinión

  • | 2017/12/13 10:00

    La violencia sexual en las Farc

    Un impactante documento del Centro de Memoria Histórica, unido a dolorosos testimonios de víctimas, rompen décadas de indiferencia e impunidad frente a una de las más dolorosas manifestaciones del conflicto que fracturó a Colombia.

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Raúl Reyes, el segundo hombre al mando de las Farc, quien murió en el año 2008 tras un bombardeo a su campamento en suelo ecuatoriano, escogía jóvenes bonitas para su guardia y abusaba sexualmente de ellas, denuncia Gina, exguerrillera, cuyo testimonio aparece en el conmovedor y riguroso documento ‘La guerra inscrita en el cuerpo‘ publicado hace pocos días por el Centro de Memoria Histórica.

En reportaje con el diario El Tiempo, Vanessa García, otra exguerrillera de las Farc, denuncia que perdió su virginidad y padeció abusos sexuales desde que tenía 11 años por parte de su comandante en la guerrilla, Hernán Darío Hernández, alias el Paisa y que entre los 13 y los 18 años fue obligada a abortar tres veces.

Sara Morales, reclutada a la fuerza cuando tenía 11 años afirmó a Blu Radio que apenas 15 días después del rapto comenzaron a violarla comandantes del bloque Magdalena Medio. Según ella Félix Antonio Muñoz, alias Pastor Alape, miembro del secretariado: “…a dos, tres, cuatro, cinco o seis niñas se las llevaba a tener toda clase de actos obscenos”. Y describió las preferencias de los jefes de las Farc: “Si estaban veteranas, de 18 en adelante, ya no eran de su gusto, no tenían ese apetito sexual. Pero ya las que son menores, niñas entre 10 y 11 años hasta los 16 ó 17 años, para ellos eran lo máximo”.

En el año 2000, doce años antes del proceso de paz, la ONG Human Rights Watch denunció en su informe ‘Aprenderás a no llorar‘ que los comandantes de las Farc utilizaban su poder para formar lazos sexuales con menores de edad: “La combinación de protección y privilegios supone un poderoso incentivo para que las niñas accedan, o incluso busquen, mantener relaciones sexuales con comandantes varones”, una denuncia también relacionada en el libro Los niños de la guerra, del periodista Guillermo González Uribe, publicado en el año 2002.

A un simple clic de internet hay una monumental cantidad de publicaciones de individuos, entidades estatales, ONG de Colombia y otros países, que denuncian, abusos sexuales de jefes y guerrilleros de las Farc, no solo contra menores, también contra campesinas y otras mujeres civiles -600 casos documentados en Fiscalía-, contra mujeres que fueron abusadas por colaborar con paramilitares o por oponerse al reclutamiento de sus hijos o contra sus propias compañeras -otros 600 casos- que incluyen violaciones, esterilización y abortos forzados-. Hay también testimonios y denuncias de personas de la comunidad LGBT, guerrilleros y población civil, perseguidas, humilladas algunas asesinadas por las Farc.

El mérito fundamental de ‘La guerra inscrita en el cuerpo‘ es que recoge, analiza, revive y actualiza con rigor y profundidad esa tragedia, desde una instancia neutral. Encontraron que hasta el pasado 20 de septiembre 15.076 personas se habían registrado como víctimas de “delitos contra la libertad y la integridad sexual en el marco del conflicto armado”, contactaron a 227 de diferentes regiones del país y realizaron con ellas talleres de memoria y entrevistas presenciales, materia prima fundamental de su revelador documento.

Sara Morales anunció hace pocos días la creación de la Corporación Rosa Blanca por exguerrilleras que sufrieron violaciones, se dedicarán a estimular y facilitar a otras víctimas las denuncias contra las Farc y contra paramilitares o agentes del Estado.

En la ley que reglamentó la Justicia Especial para la Paz fueron excluidos de todo beneficio quienes estén involucrados en actos de violencia sexual contra niños, niñas y adolescentes, cuyos casos tendrán que ir a la justicia ordinaria.

Hay que celebrar esa afortunada sucesión de hechos que comienza a derrumbar décadas de indiferencia y ojalá también de impunidad ante una de las más dolorosas, sórdidas y repudiables manifestaciones del conflicto que fracturó a Colombia.

El Consejo Político Nacional de las Farc la califica como una “campaña mediática de desprestigio y de ataque personal”, respuesta anodina frente a la dimensión, gravedad y posibles consecuencias de las acusaciones, en especial en lo relacionado con menores. El año pasado la Fiscalía documentó 232 casos de niños y niñas que fueron víctimas de delitos sexuales cometidos por miembros de las Farc, incluidas 214 niñas que sufrieron violaciones y otras formas de violencia sexual.

“La violencia sexual es quizás la violencia más olvidada y silenciada entre los repertorios de violencia empleados por los actores armados. Ningún actor armado admite con franqueza haber violado, acosado o prostituido forzadamente a una víctima…” dice el documento del Centro de Memoria Histórica.

Los delitos contra los menores son de lesa humanidad -no prescriben, no pueden ser amnistiables ni indultables- lo cual pone a jefes y otros acusados de las Farc a responder por lo que hicieron ante la justicia local y si llegare a ser del caso, ante tribunales internacionales.

Además de eso, lo más importante de lo que está ocurriendo es que la evolución del tema se produjo por actores fuera de la polarización y el juego político. Desató una dinámica favorable a la denuncia que sacará de la oscuridad y de la soledad de su tragedia a muchas otras víctimas y debería servir de estímulo para documentar, investigar y judicializar miles de casos más de violencia sexual cometidos por integrantes de las Farc, de otros grupos armados ilegales y por miembros de la fuerza pública. Un gran avance, sin duda, aunque el poder de manipulación que han demostrado los victimarios en fenómenos gemelos como el reclutamiento forzado y las escalofriantes imperfecciones del aparato judicial no permitan grandes esperanzas ni optimismos sobre su evolución.
@germanmanga

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