Sábado, 21 de enero de 2017

| 2006/09/30 00:00

Violy y el intrépido

Por lo menos dos veces doña Violy ha sido un desastre: primero en un caso enorme, cuando tuvo que salir de JP Morgan. Segundo, en el 'diminuto' de Latin Advisor

Violy y el intrépido

Aunque en general, como dijo Pambelé, es mejor ser rico que pobre, hay una cosa rica de no tener plata: que uno nunca tiene que vérselas con una 'banquera de inversión' y acabar desplumado. Esto le ocurrió precisamente a un grupo de empresarios de mi ciudad que hace algunos años se dejaron deslumbrar por los aires de gran dama de los negocios que tiene doña Violy Mc Causland ("la Reina Midas de la

inversión", le dicen) y terminaron tumbados. Desde entonces ellos han hecho hasta lo imposible porque la cosa se sepa (y bombardean de cartas todas las revistas), pero parece que con doña Violy nadie se mete, porque está conectada con lo más alto del poder y del dinero en toda América Latina, y eso la hace intocable.

La historia es como sigue: a finales del año 1999 un hijo de doña Violy, de nombre Henry Eduardo Harper, para entonces muy joven y muy intrépido, se saca del sombrero de mago de su madre una empresa fundada en el aire, Latin Advisor, con el fin de atraer inversionistas en toda América Latina. El muchacho, apoyado en la fama de doña Violy ("su nombre se ha convertido en una marca sinónimo de grandes negocios", dice la revista Dinero), usando el logo de su firma de entonces, Violy, Byorum & Partners, y con ella misma como 'Presidenta del Directorio', fue capaz de juntar en pocos meses la no despreciable suma de 4,5 millones de dólares en América Latina, la mitad de los cuales eran de colombianos.

Esta empresa virtual, que por mucho que he leído no he podido entender para qué iba a servir, sería vendida (tal era el proyecto) a los pocos años a inversionistas gringos, con ganancias maravillosas para los locales. Abrieron entonces oficinas en los sectores más caros de varias capitales de Latinoamérica, México, Sao Paulo, Buenos Aires, todo un piso de un edificio en Bogotá, y organizaron reuniones y fiestas por toda la región. Henry Eduardo (dueño del 48 por ciento de la empresa, su mamá de otro 48 por ciento) viajaba en primera clase desde Nueva York a todos estos países, con la plata que iba juntando, siempre radiante, y entre ropa, rumba y carros suntuosos descrestaba calentanos y reunía inversiones.

El caso es que Latin Advisor ni siquiera empezó a funcionar. Nunca dio un paso, nunca hizo un solo negocio, fue una fachada pomposa, unas oficinas de lujo, unos muebles bien escogidos, y muchos viajes y rumbas del muchacho, arriba y abajo por toda América Latina, recogiendo platica con el respaldo tácito de "la banquera mejor conectada en el club de los multimillonarios latinoamericanos". En octubre del año 2000, antes de empezar a funcionar, Latin Advisor ya estaba muerta, y la plata disuelta en el aire. No quedó ni un centavo. Ni siquiera a los empleados les pagaron el sueldo (del ahogado el sombrero) les pagaron con los computadores, con los escritorios y hasta con el sofá.

"El principal problema de América Latina -pontificaba doña Violy en 1996- radica en haber sido objeto de malas orientaciones financieras en el pasado". Y ella, en efecto, parece haber orientado bien a los Cisneros en Venezuela, a los Santo Domingo aquí, y muy pronto parece que también a los Ardila pues acaba de declarar que "a Postobón la vamos a hacer más grande que Bavaria". Ojalá. El caso es que dos veces, por lo menos, doña Violy ha sido un desastre: primero, en un caso enorme, cuando tuvo que salir de JP Morgan porque les aconsejó invertir en el Banesto del turbio Mario Conde (que a los pocos meses fue intervenido por el gobierno español), y segundo, en este caso, diminuto para el tamaño de sus negocios, el de Latin Advisor.

La estrategia inicial de doña Violy, hace seis años, fue negarlo todo. Que ella no tenía nada que ver con la empresa de Henry Eduardo, ni su compañía, Violy, Byorum & Partners, aunque ésta figurara en todos los brochures. Ante la evidencia, contrató una tras otra a tres distintas firmas de abogados. Una de ellas llegó a ofrecerles a los inversionistas colombianos una indemnización de 400.000 dólares (y si uno no siente ninguna culpa tampoco ofrece dinero a cambio del silencio). Pero en últimas usó el arma poderosa de la dilación. Fue postergando las cosas, con la esperanza de que sus contrincantes se cansaran.

Pero estos calentanos, doña Violy, tienen buena memoria, y así 2,5 millones de dólares sean una bicoca para una banquera como usted que ha generado negocios por 50.000, para estos calentanos representaban los ahorros de un trabajo abnegado de años. Está bien, eran montañeros y se dejaron descrestar por su nombre y por la pinta de su muchacho, Henry Eduardo, ahora dedicado a un tal 'Intrepid Real State' en Miami. Pero tienen buena memoria, y al menos este pecadito se lo tenían que recordar.

En la tómbola de la revista Cromos, la semana pasada, le preguntaron a doña Violy por "una quiebra" y por "un pecado". Sobre la quiebra dijo que eso "no existe", y de pecado confesó su "obsesión por el helado". Los inversionistas de Medellín le recuerdan que al menos una quiebra sí hubo, una quiebra total, y también un pecado, muy distinto al de la gula, que tal vez se llame desfalco, tal vez astucia, o tal vez mera ambición.

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