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Opinión

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Confieso que siempre he tenido un sentimiento encontrado por los curas. Hay unos que admiro profundamente por su compromiso con la niñez abandonada, como el padre Javier de Nicoló; hay otros que han demostrado que también tienen palito para los niños, aunque de una manera un poco más literal, como el padre Rozo, acusado de pedofilia. Y hay otros que usan brackets y cantan baladas, como el padre Chucho, que no sé a cuál grupo pertenecen, o si incluso hacen parte de los niños.

En esta era de Uribe me sucede algo extraño, y es que me cuesta trabajo reconocer cuál funcionario es cura y cuál no. Todos parecen sacerdotes. ¿El de prensa es cura? El de Invercolsa que habla como si fuera obispo, ¿es monseñor de Manizales? Y uno que anda pregonando que los jóvenes deben aguantarse el gustico y eleva una mirada llena de fervor y locura cuando visita al padre Marianito: ¿es párroco de un pueblito paisa?

Pero el que más pinta de cura tiene, y de cura de la edad media, es el doctor Alejandro Ordóñez Maldonado, futuro procurador.

Pensaba abstenerme de escribir sobre él porque alguna vez me demandó infructuosamente por haber hecho una parodia de la última cena con una mujer desnuda en la revista SoHo, pero creo que haberlo padecido me da más autoridad para referirme a él. Aquella vez fue interesante presenciar de cerca a un extremista religioso: un ejemplar que yo creía que existía sólo en la ficción; que cree ciegamente que la moral le pertenece, que piensa que los únicos valores útiles a la sociedad son las virtudes católicas que pregona, y cuya vehemencia medieval era parecida a la de Ricardo Corazón de León, aquel pariente lejano del presidente Uribe.

Su inevitable elección como Procurador se suma a un ambiente cargado de actitudes retrógradas y oscurantistas que se han propagado con el gobierno de Uribe, como la del senador cristiano Víctor Velásquez, escandalizado porque en una comedia de televisión aparecía una pareja homosexual. No sé por qué estos extremistas religiosos tienen la obsesión de perseguir lo que no les gusta: si les molesta una revista, no les basta con no comprarla: necesitan llevarla a juicio; si la homosexualidad no es de su preferencia, no les es suficiente con casarse tranquilamente con una mujer: necesitan perseguir a los homosexuales. Y aunque no tengan útero, procuran decirles a las mujeres lo que deben hacer con él.

Sorprendido ante su inminente elección, llamé a un amigo que es congresista del Polo para que nos quejáramos juntos.

—¿Puede creer lo que se nos viene? -le dije.

—No es para tanto -empezó a escurrirse-. Ordóñez es un hombre que lucha por los valores, que últimamente se han perdido.

—Sobre todo en Wall street -le dije desencajado.

Busqué entonces a un senador liberal que consideraba serio. Le dije que según recortes de prensa, en julio del 82 Ordóñez asaltó la biblioteca Gabriel Turbay junto con un grupo de extremistas vestidos con boinas negras para quitar libros y pinturas que atentaran contra lo que ellos entienden por moral, como si lo inmoral no fuera asaltar bibliotecas.

—Al menos es franco -me respondió con una parsimonia sospechosa.

—Franco no: franquista.

Acudí a los congresistas que conozco y por los que he votado y que, en teoría, eran progresistas; les recordé la importancia de que por encima de los valores religiosos permanezcan las conquistas de la ilustración, el respeto a las libertades, la defensa de las minorías: todas ideas contrarias al talante del doctor Ordóñez.

Pero fue en vano: tanto mis amigos de izquierda como mis conocidos liberales me dieron todo tipo de argumentos de mantequilla, resbaladizos y blandos, para traicionarse sin angustia en beneficio de los puestos que ya debieron negociar.

Yo me imagino que el doctor Ordóñez sueña con hacer una cruzada a favor de la castidad y con vivir en una sociedad en la que las únicas parejas legales sean entre hombres y mujeres: nada de una mujer y una mujer, o un cura y un seminarista, o un ser humano y un hincha de Millonarios.

Esa es la visión medieval e intolerante del doctor Ordóñez, pero hay que reconocer que al menos es consistente: ha sido reaccionario desde chiquito, de frente y sin disimulos, como los funcionarios que parecen curas en esta era uribista.

Su actitud es grave pero no triste. Lo triste es saber que, salvo las excepciones que veremos, los únicos liberales valiosos que nos quedan son los que venden en las tiendas. Y que no hay cura que más apriete que la del mismo Polo.
 
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