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Opinión

  • | 1997/02/24 00:00

    VIVA LA PELEA

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Me encanta el enfrentamiento de los poderes públicos. Mientras se dé de una manera civilizada, es una dicha ver a los grandes cacaos del Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial cantándose la tabla sin pelos en la lengua frente a la opinión pública.La semana pasada nos llevó al borde del delirio en estamateria. Las sentencias a los hermanos Rodríguez Orejuela alborotaron el avispero, al comienzo de una manera un tanto hipócrita pero luego la cosa se enderezó hasta quedar casi como corresponde a un debate serio. Digo casi, porque de todas maneras ninguno de los poderes aludidos tuvo la grandeza de aceptar siquiera un mínimo grado de responsabilidad en la vergüenza mundial que protagoniza Colombia por estos días.Al principio, como es costumbre, le cayeron al eslabón más delgado de la cadena: el juez sin rostro que dictó la sentencia. Poco a poco la farsa fue aterrizando un poco, pues parecía como si alguien estuviera esperando una condena fuerte para los líderes del cartel de Cali, y eso no era verdad. Todos estábamos a la espera de algo similar, no por desconfianza en el anónimo juez que tenía en sus manos el caso sino porque en Colombia la incapacidad para combatir al delito obligó al Estado a convertir la confesión en media absolución, y eso es viejo.Salieron entonces los jueces descarados (por aquello de que no tienen rostro) a replicarle con toda razón al gobierno sus críticas por la condena de los Rodríguez, y ahí la mirada de todos se volteó hacia la propia administración Samper, por haber tardado tanto tiempo en proponer una ley de aumento de penas a los narcos.Pero cuando fue el propio fiscal Valdivieso el que le lanzó su dardo al gobierno por esa desidia legislativa, al Presidente se le saltó la piedra y puso en el tapete lo que considera una deficiente labor de la Fiscalía para llevar los procesos de los narcos, con mucho discurso y con poca evidencia.El locuaz Adolfo Salamanca fue el escogido para salirle al corte a las declaraciones del gobierno, con una réplica bastante fuerte: aquí lo que pasa dijo Salamanca es que el Estado es blando con los narcos porque el gobierno los favorece.Y cuando se pensaba que ya estaban en el cuadrilátero todos los protagonistas de la pelea, el gobierno recordó que en un decreto de excepción había un aumento considerable de las penas para los narcos, pero que la culpa había sido de la Corte por haberlo declarado inconstitucional.Los señores de la Corte, por último, dejaron a un lado su parsimonia de jurisconsultos y le hablaron duro al gobierno: si tanto le gustaba el aumento de penas, por qué se demoró tanto en proponer una ley para aumentarlas...Lo bueno que hay en todo esto es que todos tienen la razón. El gobierno habría podido proponer la ley de penas mucho antes de lo que lo hizo, como aseguran la Fiscalía y la Corte. Y la Fiscalía tampoco debe ufanarse mucho de lo que hace porque su cruzada moralizadora (que todos sin excepción apoyamos) tiene que estar acompañada de elementos de prueba más sólidos que el simple decir popular sobre la culpabilidad de los narcos o los políticos. Claro que es difícil hacerlo con tanto experto borrando huellas, pero no es del todo serio tirar tanta piedra sin aceptar una sola crítica.Los jueces, por su parte, dicen la verdad sobre sus limitaciones legales pero no sobre sus comportamientos dentro del marco legal existente. Pararse en la parte pandita de la ley frente a la organización criminal más poderosa del mundo es una actitud. La paradoja del Congreso es desesperante, pues los parlamentarios se atreven a opinar en favor o en contra del gobierno, según si están o no de acuerdo con que éste hubiera presentado tarde el proyecto de aumento de penas. Ya ni siquiera se sonrojan ante el absurdo de que la relación del Congreso con el gobierno se ha limitado a oponerse o a dejarse arrear, por él, como los burros, cuando la iniciativa legislativa, para cualquier lado, debería ser de ellos.Y esto apenas empieza. Se anuncia una buena temporada de peleas públicas, en las que esperamos que no sólo revelen las verdades sobre los otros sino que adoben el plato con ciertos golpes de pecho.
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