Sábado, 25 de octubre de 2014

| 2013/06/22 00:00

¿Volveremos al espíritu de los curas obreros?

El papa Francisco podría devolverle a la Iglesia ese espíritu que animó a parte del clero en los años sesenta y setenta.

¿Volveremos al espíritu de los curas obreros? Foto: Guillermo Torres

Estaba con unos amigos del País Vasco, en Vitoria, el día siguiente de la entrevista entre el presidente Nicolás Maduro y el papa Francisco. Les llamó la atención la insistencia del papa en la paz de Colombia. Hablaban con entusiasmo de la preocupación del pontífice por América Latina y de su compromiso con los pobres. No me parecía normal esta admiración 

en unos prestigiosos historiadores especialmente críticos de la Iglesia. En esa misma conversación habían hecho un largo recuento del ominoso papel del clero en las guerras de España. Habían hablado de las inconsistencias del credo moralista que ilumina el discurso de los papas. 

Pero muy pronto entendí cuál era el rasgo del papa que los seducía. Alfonso de Otazu –quien junto a José Ramón Díaz escribió El espíritu emprendedor de los vascos, un largo libro que empieza por aclarar el origen vasco de los antioqueños– habló de la empatía de su tío jesuita con los curas obreros y describió la situación de pobreza y de completa entrega a los pobres en que vivían estos sacerdotes. Dijo que quizás este papa podría devolverle a la Iglesia ese espíritu, ese apostolado, que animó la vida de una parte del clero en los años sesenta y setenta del siglo pasado.

Me llegó al alma esta conversación porque fueron sacerdotes de esta estirpe los que definieron mi vida en los años setenta. Fueron 11 los curas que llegaron a mi región, el suroeste de Antioquia, con el juramento de servir a los campesinos y a los indígenas en la reivindicación de sus derechos, en la conquista de la dignidad, muchas veces pisoteada por la grave injusticia social que reinaba en la zona. 

No era un compromiso inocente. Muy pronto supimos que su inspiración venía de la Teología de la Liberación y de las enseñanzas que había dejado la Conferencia Episcopal Latinoamericana realizada en Medellín en el año 1968. Allí la Iglesia del continente anunció su opción por los pobres, allí la vieja Iglesia católica supo que no escaparía a las grandes tormentas políticas que se avizoraban en una región que estaba buscando su destino en el mundo. 

Pero con el tiempo comprendí que ese rasgo político, ese enunciado de rebeldía, no era la característica principal de aquellos sacerdotes entrañables. La pasión que dominaba su corazón, era más pura, más profundamente humana. Querían servir a los pobres, querían parecerse a ellos, querían vivir y sufrir sus angustias. Me conmovieron. Me sacudieron. Trastornaron mi vida. No fui el único. No menos de mil jóvenes quisimos acompañarlos. 

Empezamos por utilizar los ratos libres del colegio para ir al campo a enseñarles a leer y a escribir a los campesinos y a los indígenas, para ayudarles a formar organizaciones sociales, para engrosar sus protestas contra los abusos de las autoridades y los latifundistas. Después, muchos tomamos la decisión de ir al campo a vivir con ellos de tiempo completo, tal como lo estaban haciendo los sacerdotes y las monjas y los laicos que llegaban de Medellín a proclamar este nuevo evangelio. 

Algunas de las actitudes del papa Francisco en estos meses de su pontificado me recuerdan a los curas de mi primera juventud ¡Ojalá que persista en esa vocación! Forjar una Iglesia humilde. 

Forjar una Iglesia misionera en el siglo XXI, cuando millones de personas en Asia, África y América Latina necesitan explicación de la exclusión, auxilio en las hambrunas, acompañamiento en la indignación. Esa decisión sublime de estar con los necesitados, con los que sufren, con los que son pisoteados en su dignidad. 

La Iglesia colombiana necesita más que nunca el espíritu de los curas obreros, la actitud de aquellos sacerdotes de mi juventud, el compromiso social que hoy asume una legión de sacerdotes en apartados lugares de la geografía nacional; para encabezar la tarea de reparar a las víctimas, para ayudar a reconstruir el país desde abajo, para contribuir decididamente a la reconciliación de los colombianos, para doblar la página de la violencia. Esa noble tarea. Esa generosa tarea. 

No la censura moralista, no la censura discriminatoria contra grupos humanos que claman ahora por la igualdad de derechos y por el reconocimiento social. La actitud de Francisco, que tenía en sus labios la pregunta por la paz de Colombia, cuando todo el mundo esperaba alguna participación en la controversia venezolana. 

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