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Opinión

  • | 2011/10/25 00:00

    Votar en contra

    Es de celebrar que marchemos indignados. Pero la verdadera protesta es la que surte efecto en las urnas, no en las calles.

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No es sensato para una persona, o grupo, pensar y actuar de una manera tal que sólo busque su propio bienestar, propiciando la ruina de los demás. No es sensato, a mediano plazo; tampoco bueno, moralmente, en lo inmediato. Es más bien mezquino. Es una falta de nobleza de espíritu, producto de la carencia racional o moral. O de ambas: el mezquino actúa como si no supiera que sus acciones propenden por el malestar ajeno; pero también porque (aun sabiéndolo) eso lo tiene sin el menor cuidado. De ahí que la mezquindad sea uno de los mayores obstáculos para la vida en comunidad. Pero es una realidad: son tantos los beneficios individuales que representa, que amenaza con convertirse en una condición cada vez más preferible.

Tan preferible, que se auto-justifica. Nada despreciable es la idea de que tiene que ser irracional y estúpido tratar de hacer algo por los demás, excepto si nos conviene. En eso insiste el Nobel de economía Amartya Sen, quien sin embargo agrega que: “no todas nuestras cabezas han sido colonizadas por esa creencia notablemente enajenante (…) Lo que nos debemos los unos a los otros es un tema importante para la reflexión inteligente”. Tendremos que buscar, entonces, la forma de reaccionar contra esa idea. Tendremos que empezar por identificar a quienes la defienden.

Quizás, una situación-límite es el momento más propicio para identificar al mezquino. Una de esas en las que él, sin el más mínimo asomo de consideración racional o emocional a favor del otro, siempre se inclinará por defender su interés propio. Así, a toda costa, con su egoísmo automático y exacerbado. Es el caso de Bernardo –uno de los personajes de la bella novela “Parece que va a llover”, de Ricardo Silva–, quien simula no conocer a su prometida, Juana Villegas, cuando (a causa de un disco que ella ha olvidado pagar) la pareja es sorprendida por el detector antirrobo de una tienda. Un ejemplo literario, sí. Los reales suelen ser peores.

Es peor la mezquindad de quienes lideran los regímenes económicos y políticos, cuya fuente principal de sostenimiento es la miseria general: los negocios y privilegios que arruinan a millones de personas, las políticas que favorecen a las élites económicas. Aún peor es la mezquindad del político que, en el fondo, tan solo busca ser un capitalista. Son peores. Y lo saben. Pero casi que declaman a diario que el mundo es realmente injusto, no ellos: su mezquindad no les roba el sueño.

Otro modo de identificar al mezquino es escuchar la forma en la que habla de los demás. Porque no lo hace, se despacha contra ellos. A todos se nos olvida que la manera en que nos referimos a otras personas habla menos de ellas que de nosotros mismos. Al mezquino, sin embargo, no se le olvida; no le importa. Es lo que ocurre en épocas de elecciones, en las que afloran nuestros más bajos e insospechados defectos.

Ante su bien conocida carencia de ideas y escrúpulos, no es motivo de sorpresa que algunos candidatos opten por difamar a sus competidores. Pero es más triste y decepcionante cuando esos defectos afloran en personalidades públicas que teníamos en buena estima. Tanto, que lograban direccionar nuestra intención de voto. Las desconocemos, lamentamos que también sucumban a la falacia ‘ad hominem’. Quizás ya no sea sano utilizar espacios de opinión pública para inducir el voto; quizá sea cierto que escribir bien nunca haya sido garantía para pensar del mismo modo.

Para nuestra fortuna, toda acción produce reacción. Y la mezquindad no es una excepción. Tal es el daño de la mezquindad global, que el mundo –más que indignación– está expresando un legítimo resentimiento. Aquí, si bien se marcha en defensa de la educación, muchos aún no dimensionan la nueva oportunidad de hacer valer su inconformismo. Porque es de celebrar que marchemos indignados, pero la verdadera protesta es la que surte efecto en las urnas, no en las calles.

Así pues, dado que ningún candidato confesará el mal que representa, develar su mezquindad y votar en contra de ella es tarea de cada uno. Porque si hay algo que el mezquino no puede lograr, es ocultarse por mucho tiempo. Menos aún en medio de una contienda electoral: una verdadera situación-límite, en la que para un candidato es imposible hablar de sus competidores, de los otros.

A una semana de las elecciones, que nadie nos diga por quién votar; es cuestión de agudizar nuestra prospección de los candidatos. Pero tendremos que votar. Y tendremos que hacerlo en contra: no podemos permitir que la mezquindad se siga multiplicando a través de nuestro voto.

Twitter: @Julian_Cubillos

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