Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2016/01/22 09:49

Voz Proletaria

Los camaradas criollos hablan del “posacuerdo”, no del “posconflicto”. La distancia es enorme.

Jorge H. Botero. Foto: Archivo Particular

Svetlana Aleksiévich ha ganado el Premio Nobel de Literatura del 2015. En contra de su tendencia usual, esta vez la Academia Sueca no decidió destacar a un creador de ficciones o a un poeta, sino a una cronista que recoge las múltiples voces de quienes padecieran el colapso de la Unión Soviética, y su fracasada transición hacia la sociedad democrática y próspera (También, lo que es preocupante, la nostalgia de algunos por el difunto imperio).

Por estos días leo su libro El fin del Homo Sovieticus, un mosaico de voces que documentan, con belleza y eficacia, la historia de ese singular ser humano que conoció el horror de los campos de concentración, las hambrunas inducidas, el trabajo forzado, los juicios penales amañados, los asesinatos en masa y la privación sistemática de los derechos humanos. Aunque novedoso el formato, otros grandes escritores rusos ya habían revelado al mundo el apocalipsis soviético. En el Archipiélago Gulag, obra de carácter autobiográfico, el también premio Nobel Aleksandr Solzhenitsyn narró los abusos de los sistemas judicial y penitenciario de su patria.

La hecatombe que tuvo lugar durante la era soviética no fue fortuita. Lenin, el gran padre de la revolución bolchevique, decía en 1918: “Hay que colgar (y digo colgar, para que el pueblo lo vea) a no menos de mil kulaks (campesinos) inveterados, a los ricos... despojarlos de todo el trigo, tomar rehenes... y hacerlo de tal manera que a cientos de verstas (kilómetros) a la redonda el pueblo lo vea y tiemble de miedo”.

Grigori Zinóviev, otro de los líderes de la revolución de octubre, quien fue fusilado por orden de Stalin, decía: “Tenemos que ganarnos a 90 millones de personas de los cien que habitan la Rusia Soviética. Con el resto no hay nada que hablar: hay que aniquilarlos”. Y en respuesta a un alto oficial que le ponía de presente el hambre que el pueblo padecía, León Trotsky escribió: “Cuando yo consiga que las madres de Moscú comiencen a devorar a sus hijos, usted podrá venir a decirme: “aquí pasamos hambre” (De poco le sirvió su fidelidad revolucionaria: cayó asesinado, por orden de Stalin, en México en 1940, episodio que recrea Leonardo Padura en una novela estupenda: El hombre que amaba a los perros).

Vale la pena recordar todo esto a propósito de una reciente columna de Carlos Lozano Guillén –tal vez la figura más representativa del Partido Comunista de nuestro país–, quien no parece destacarse por su conocimiento de la historia: “El derrumbe soviético fue una enorme derrota para el movimiento comunista internacional y para las organizaciones sociales, populares y sindicales”. Cuesta creer esta fábula del paraíso comunista.

Tampoco por su sapiencia económica. Su afirmación de que los colapsos de Venezuela y Brasil son producto de una conjura imperialista no soporta una mínima confrontación con las cifras. Mientras en 1998 los ingresos y los gastos del gobierno federal del Brasil se encontraban equilibrados en el 18% del PIB, el galopante déficit fiscal se ha traducido en un crecimiento acelerado de la inflación, el insidioso impuesto que recae sobre los pobres. Al cierre del año se registraba contracción del producto del 3,1 %, necesario preludio de un aumento del desempleo. No logro entender cómo la mala gestión de las autoridades obedece a que han sido manipuladas por ignotos enemigos que les ordenan gastar a la topa tolondra, incluso para alimentar la generalizada corrupción...

Claro que como la ciencia económica es un tanto abstrusa, habría que juzgar la tesis de Lozano con alguna benevolencia. Yo estaría dispuesto a hacerlo si lo reconociera como un buen demócrata, terreno en el cual sus credenciales no son óptimas. Basta leerlo: “La díada izquierda-derecha será factor de confrontación porque las primera significa el cambio, el progreso social y la preservación de lo ético; y la segunda, lo contrario”.

Por supuesto, existen –y conviene que existan– concepciones diferentes e incluso antagónicas de la sociedad y de las reformas que conviene adoptar. Pero no es admisible la visión maniquea que nos propone Lozano para el cual quienes no militan en cierta izquierda no buscan el progreso social y carecen de principios morales. En contra de lo que creen los comunistas de viejo y nuevo cuño, no existe una solución única para los problemas que aquejan a la sociedad.

Por eso no gobiernan los más sabios, como Platón lo propuso, ni es aceptable la dictadura del proletariado que practicó la Unión Soviética. Deben gobernar quienes obtengan, en comicios regulares, el respaldo mayoritario de los ciudadanos. Tal es la regla básica de la llamada “democracia burguesa” que tanto fastidia a los camaradas.

Al fin de su columna, Lozano realiza un llamado vehemente a la unidad de las fuerzas de la izquierda. Y añade que “esta es la verdadera izquierda del posacuerdo”. Detengámonos ahí: Todas las enormes concesiones que haremos a las FARC sólo se justifican a cambio de su irrevocable compromiso de poner fin al conflicto armado. Que el distinguido dirigente eluda hablar del “posconflicto” e introduzca un concepto impreciso y novedoso que denomina “posacuerdo” va en contra de los fundamentos del proceso de paz.

Resulta, entonces, imperativo preguntar si esa posición es también la de nuestra contraparte en La Habana. No olvidemos que a pesar de desacuerdos estratégicos, las FARC y el Partido Comunista profesan la misma ideología.

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