Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2005/03/27 00:00

Vuelo secreto

No hay controles en la práctica para estos privilegios camuflados. Los más beneficiados no son los que combaten, sino los de mando

Vuelo secreto

El primer sábado de semana santa un camarógrafo, compañero mío, logró una singular imagen en el aeropuerto militar de Bogotá. Señoras, niños, jóvenes y hasta un par de simpáticos perros -beagle y french poodle, para más señas- estaban en Catam.

Todos ellos, algo más de 80, iban para Coveñas.

Viajaban en un chárter. Un Hércules C-130 de la FAC.

Un avión, para transportar tropas y carga, que consume cinco millones de pesos en combustible cada vez que se enciende.

Las explicaciones del curioso tour cambiaron con las horas.

La primera vino del general Jorge Castro, jefe de desarrollo humano de la FAC. Aseguró que era un "vuelo logístico" para transportar militares y unos pocos civiles. Según él, familiares de soldados y suboficiales que iban a visitar a sus seres queridos.

Sin embargo, nadie vio uniformados distintos a los despachadores, tampoco prioridad a favor de soldados, suboficiales o sus parientes. Los únicos especialmente tratados, a la hora de abordar, fueron los familiares de dos coroneles.

Un alto funcionario del Ministerio de Defensa intentó justificarlo de otro modo. Los vuelos realizados por necesidades militares pueden -en trayectos vacíos- traer uniformados a sus ciudades o llevar familiares a verlos, cuando han permanecido varios meses en zonas de orden público.

Pero no hay motivación militar para el vuelo, ni operaciones de orden público en Coveñas.

Al día siguiente, el comandante de la Fuerza Aérea tomó el toro por los cuernos. En tono franco y decidido, el general Édgar Lésmez reconoció que el Hércules llevaba oficiales y sus familias al Club de la FAC en esa población costera. Agregó que era una actividad de bienestar para aumentar la moral de los hombres y que así se ha hecho toda la vida.

La claridad del comandante permitió llegar a la nuez del asunto: ¿Pueden los militares disponer de los bienes públicos para beneficio propio y de sus familias? ¿ La costumbre es suficiente razón para legitimar estas prácticas? Ninguna de las respuestas es sencilla.

Colombia tiene cierto complejo de culpa con los militares, y por eso tiende a tolerar hasta sus eventuales indelicadezas.

Ese complejo se debe a que una parte de ellos se juega la vida cada día para sostener la institucionalidad. Y también, a que reciben salarios muy bajos en relación con su responsabilidad, conocimientos y experiencia.

En lugar de solucionar la inequidad, los gobiernos han optado por otras compensaciones. Los militares -por fortuna- cuentan con magníficos servicios de salud, bellos clubes sociales, comida y habitación gratis en las guarniciones, regímenes especiales de pensiones, acceso preferencial a planes de vivienda y auxilios para su educación y la de sus hijos.

Lo malo es que la cerca de los privilegios conocidos se ha ido corriendo hasta alcanzar el terreno de los bienes públicos. El peculado de uso ya no es un delito, sino un derecho que se gana con el rango.

Algunos oficiales aprovechan su grado para reducir a la servidumbre a los muchachos que prestan el servicio militar. Los soldados terminan manejando carros, paseando perros, lustrando zapatos y lavando baños gratis para sus superiores.

Otros, aún menos delicados, hacen mercado de balde en el economato del batallón. Cada trozo de carne, cada libra de arroz, cada enlatado que llevan a sus familias sale del plato de los reclutas.

Fue célebre un coronel de aviación de la base de Tres Esquinas con actitudes de millonario. En la mañana enviaba un avión Piper de la base para recoger a su familia en Villavicencio, después de almorzar la misma nave los devolvía a la capital del Meta.

No hay controles en la práctica para estos privilegios camuflados. Los más beneficiados no son los que combaten, sino los que están en puestos de mando y administración.

Otros servidores públicos también exponen la vida por la comunidad y están muy mal pagados, entre ellos los jueces, los maestros y los bomberos.

Pero, ¿qué pasaría si arrancaran para la Costa en una máquina de apagar incendios?

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