Jueves, 19 de enero de 2017

| 2009/06/06 00:00

Vueltas que da la vida

La OEA ha aceptado en su seno a todas las dictaduras que se han sucedido en el continente, empezando por la de Batista en Cuba y con la única excepción de la de Castro en Cuba.

Vueltas que da la vida

Al cabo de 47 años de haber expulsado a Cuba de su seno, la Organización de Estados Americanos vuelve a abrirle sus puertas. Ese fue el parto de los montes que al cabo de mucha brega logró la OEA en su trigésimo novena conferencia, reunida hace unos días en San Pedro Sula, Honduras. La resolución fue aprobada por aclamación. Hubo quien dijo que se trataba de una fecha histórica. Se registraron aplausos en la prensa continental. Nada de eso es raro, porque se trata de una de esas resoluciones modélicas de los burócratas internacionales: carece por completo de todo efecto práctico.

Primero, porque el gobierno de Cuba ya ha hecho saber que no tiene la menor intención de volver al redil de ese rebaño. Cien veces lo ha dicho Fidel Castro, que acaba de reiterarlo en una de sus "reflexiones" publicadas en el diario Granma; y hace un mes lo anunció en Cumaná con sobrada antelación su hermano Raúl, actual presidente, explicando sus motivos: "Esa organización rezuma sangre". Y, segundo, porque el rebaño mismo de la OEA dejó en claro que para que la oveja negra vuelva a ser recibida tiene que comprometerse "a acatar las prácticas, los propósitos y los principios de la OEA". Prácticas, propósitos y principios que son justamente los que hacen de ella eso que el Che Guevara, cuando la ruptura, llamó "el Ministerio de Colonias de los Estados Unidos". Prácticas, propósitos y principios contra los cuales ha estado dirigida desde entonces toda la acción del régimen cubano, inepto y dañino en muchas cosas, pero cuya justificación histórica consiste precisamente en eso: en que ha conseguido encarnar durante medio siglo la resistencia al Imperio en medio de la balante sumisión ovina de los demás países del continente.

Sumisión a su vez encarnada por la OEA. La cual no ha hecho otra cosa en toda su existencia (aparte de procurarles buenos sueldos a escogidos cipayos) que apoyar, justificar y aplaudir las acciones y decisiones del gobierno de Washington: entre ellas, la expulsión de Cuba. Incluso, y sobre todo, cuando esas acciones violan los fines que persigue la propia Organización, y que ostensiblemente consisten en promover la democracia y la no intervención. Así, aguijoneada o llevada de cabestro por Washington, la OEA ha aceptado en su seno a todas las dictaduras que se han sucedido en el continente, empezando por la de Batista en Cuba y con la única excepción de la de Castro en Cuba; y ha respaldado todas las intervenciones militares y económicas que han emprendido los Estados Unidos en el continente. Empezando también por la invasión a Cuba por los exiliados cubanos financiados por la CIA en tiempos de Eisenhower y Kennedy, y por el bloqueo económico posterior. Y siguiendo por el desembarco en República Dominicana y el de la islita de Grenada y por el bombardeo de Ciudad de Panamá y por las guerras sucias y clandestinas de América Central. Inclusive esta resolución "histórica" de la XXXIX Asamblea de la OEA, que en apariencia muestra alguna independencia con respecto a las órdenes de Washington, se hace cumpliéndolas. Sucede simplemente que esas órdenes han cambiado, como lo demuestra el hecho de que el representante ante la OEA del gobierno de los Estados Unidos apoyó la resolución llamando a Cuba, como si fuera iniciativa propia.

Sólo se opusieron a ella, significativamente, unos cuantos políticos norteamericanos. Más exactamente, cubanos nacionalizados norteamericanos, que le escribieron a su gobierno una carta exigiéndole que retirara todo respaldo económico a la OEA si sus demás miembros cometían el acto "insensato, irresponsable y antidemocrático" de "considerar siquiera la posibilidad de readmitir en la Organización esa brutal dictadura" de los hermanos Castro.

Encabezan la lista de firmantes de la carta dos parlamentarios republicanos por la Florida: los hermanos Lincoln y Mario Díaz-Balart, hijos del prominente agente batistiano Rafael Díaz-Balart, a su vez hermano de Mirta Díaz-Balart, primera mujer de Fidel Castro y madre de su hijo Fidelito Castro Díaz-Balart.

Todo queda en familia. Vueltas que da la vida.

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