Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2015/12/06 16:00

Vulnerabilidad y crisis, desde una perspectiva de género

A propósito del lanzamiento del Informe del Estado de la Población Mundial, 2015.

Vulnerabilidad y crisis, desde una perspectiva de género

Ojo. La mujer no es vulnerable, nadie es vulnerable, per se. Hay condiciones y situaciones que nos hacen más vulnerables. Sin duda, una situación de crisis, cualquiera sea, hace más vulnerable a los que están expuestos a ella. La crisis del Estado de derecho o su ausencia se asocia con la vulnerabilidad de las personas, porque se pierde o no se cuenta con la seguridad ciudadana, porque reina la impunidad, porque no hay servicios sociales básicos. En una situación de guerra de todos contra todos, las mujeres, las adolescentes y jóvenes tienen las de perder, corren el riesgo de verse envueltas en una situación de vulnerabilidad.

Colombia es un claro ejemplo de ello. Según un estudio realizado por Oxfam y la Casa de la Mujer** se estima que 500,000 mujeres y niñas fueron violadas o sufrieron otras formas de violencia sexual durante los años de conflicto. Pareciera ser que ese sustrato oscuro y bárbaro del orden patriarcal aflora en las guerras; las mujeres, las adolescentes y jóvenes ven cómo los muros de contención de la barbarie se van derrumbando y no encuentran otro modo de protegerse que el de levantarse y desplazarse, buscar territorios en los que la violencia no impere. Esta historia es parte del mosaico de historias detrás de los millones de desplazados que caracterizan la realidad social de Colombia.

Como lo muestra el informe del Estado de la Población Mundial 2015, publicado por el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), evidentemente, esta situación no es exclusiva de Colombia. La violencia es una de las características diferenciadoras de la región de América Latina y el Caribe en comparación con otras regiones del mundo. Si bien en la actualidad las grandes crisis se encuentran en el medio oriente y en el continente africano, en nuestra región las redes del crimen organizado han venido minando la vigencia del Estado de derecho y empujando a las sociedades hacia el sicariato y el ejercicio del poder arbitrario. Las tasas de homicidio de la región son de las más altas del mundo. En esa gran iniciativa de El Salvador, conocida como “Ciudad Mujer”, nos relataban las prácticas de las maras de incorporar a las jóvenes por medio de la violación en grupo. Una vez más, en los territorios controlados por las maras, las adolescentes y jóvenes se ven sometidas y sufren la indignación de la violación y la subordinación.

Lo peor sería no contar estas historias; dejarlas en el silencio impide la reparación, y dicho silencio forma parte integral de un mismo drama. Los analistas de la violencia contra la mujer una y otra vez han reiterado que la debilidad de la institucionalidad provista para prevenir la violencia hace que las mujeres se resistan a denunciar. Una mujer puede ir a una comisaría uno o tres veces, y a la cuarta aparece muerta, sin que la denuncia haya generado una acción de protección o seguimiento. Los delitos han sido tipificados, los acuerdos políticos, los planes y programas han sido desarrollados, muchos de ellos con conceptos y teorías del cambio de gran calidad. No obstante, no olvidemos lo obvio, el avión no aterriza hasta que la rueda no choque con el duro concreto de la pista. Tal como dicen los tomadores de decisión en la propia Colombia, “el reto es llegar a los territorios”. Hacer que esos preciosos protocolos pauten el comportamiento de los responsables de atender la problemática.

La restitución de la dignidad de las mujeres es hacerle honor al compromiso que tenemos con los derechos humanos. Este es el fin ético que hace a las sociedades grandes y nos impulsa a perseguir su concreción. Sin embargo, hagamos también el argumento más utilitario, la dignidad de la mujer está ligada a su productividad y a la calidad de su aporte a la economía, la política, la sociedad y la cultura. Uno de los factores que explica la capacidad de nuestras economías de crecer es la participación económica de la mujer. El incremento de su participación económica ha producido el llamado “bono de género”, y contribuido así a la reducción de la pobreza en nuestra región. Estudios*** estiman que la pérdida del ingreso de las mujeres en hogares biparentales significaría un aumento de la pobreza en un 6 a 22%.

Sin embargo, no podemos finalizar sin decir que evitar que las mujeres se enfrenten a situaciones de vulnerabilidad es probablemente una mejor fórmula que la de reparar el daño ocasionado por esas situaciones. En este sentido, un enfoque de curso de vida en la que se definan paquetes de intervenciones públicas que se dirijan a las niñas de 10 años y que acompañen, además, su proceso de maduración hasta el final de la adolescencia, pueden llegar a tener un impacto análogo a las intervenciones en la llamada primera infancia de 0 a 5 años, que han tenido un nivel mayor de priorización en las políticas públicas. Completar la educación secundaria de calidad, evitar los embarazos durante la adolescencia, erradicar el matrimonio infantil y evitar las uniones y matrimonios tempranos, mantener entornos comunitarios, familiares y escolares seguros, son algunos de los puntos en los que se deben trabajar.

Prevención, protección y empoderamiento no son conceptos vacuos, si los logramos plasmar en acciones que “aterricen” en cada contexto y generen en las adolescentes resiliencia y capacidad, de manera que puedan superar efectivamente las crisis cada vez más frecuentes en nuestro mundo. En la paz –pero también durante los conflictos-, esos atributos harán una contribución importante para evitar y mitigar la violencia y la indolencia.

*Director regional a.i. para América Latina y el Caribe del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA)
**Ver “Refugio en la Tormenta”, UNFPA, 2015, pag 38.
***Ver Ciro Martinez, Bono de Genero en América Latina y el Caribe, documento preliminar, CEPAL, Diciembre 2012.


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