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Opinión

  • | 2010/11/30 00:00

    WikiLeaks y la doble moral

    Siempre será posible defendernos diciendo que se trataba de cortesía, y no de hipocresía. Pero el daño ya estará hecho, y mucho más cuando el agraviado no es del todo amistoso con nosotros.

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‘Doble moral’ le acuñamos a una persona que piensa de una forma y se expresa (o actúa) de otra completamente diferente. Doble moral tenemos todos, pues día a día nos formamos juicios desfavorables de los demás, pero pocas (muy pocas) veces somos capaces de decírselas. A veces, por cortesía; otras, por hipocresía. La doble moral parece, así, una práctica tan cotidiana que bien podríamos defender que se trata de algo completamente natural. Pero si este es el caso, cabría preguntarse: ¿por qué nos avergonzamos tanto cuando por una u otra razón, o por uno u otro medio, nos vemos en situaciones que nos ponen en evidencia frente a quienes creían que gozaban de nuestro total aprecio?

La pregunta es tan justificada que, a menudo, este tipo de vergüenza nos lleva, incluso, a romper nuestra relación con la persona agraviada. Y si es así en las relaciones interpersonales más cotidianas, con mayor razón lo será en las relaciones diplomáticas; aquellas en las que, en general, hay un conflicto de intereses políticos de por medio. Tal parece, entonces, que la doble moral es parte de nuestra naturaleza. Pero la vergüenza lo es más. Junto con sus consecuencias –entre las que bien podríamos contar algunos costos políticos de magnitudes inimaginables–.

Con todo, y como lo hacemos en nuestras relaciones interpersonales, siempre será posible defendernos diciendo que se trataba de cortesía, y no de hipocresía. Pero el daño ya estará hecho, y mucho más cuando el agraviado no es del todo amistoso con nosotros.

En mi opinión, es este el problema que plantea hoy el surgimiento de WikiLeaks, y de todo tipo de filtración de información que involucre un conflicto de intereses políticos. Julian Assange, el fundador de este ‘medio informativo’, ha defendido una y otra vez que su propósito no es el de hacer daño, sino el de hacer uso de la libertad de expresión y opinión para garantizar un derecho inviolable del público en general: el derecho a saber. Pero aquí el problema de una reacción de vergüenza frente a una práctica casi natural (la doble moral) parece implicar, también, un problema más delicado: la seguridad. Por lo menos así piensan quienes han llegado a calificar a Assange, incluso, de terrorista.

No creo que contemos con buenos elementos de juicio aún para tomar partido, de una manera contundente, a favor o en contra de la labor Assange. Pero, con reservas, sí pienso que dicha labor es encomiable. Más aún, permítaseme llamar la atención sobre un aspecto digno de resaltar en torno a WikiLeaks.

Hace poco vi la película 'The Social Network’. Muy buena. Hacen ver a Mark Zuckerberg (el fundador de Facebook) como el genio de nuestra época, que se hizo multimillonario revolucionando la internet. Bien podría Zuckerberg pasar a la historia como el rico más joven de nuestra época, pero a la luz de esta película creo que, para bien o para mal, será Assange el que figure como un verdadero genio revolucionario: no sólo ha fundado un nuevo periodismo, sino que cambiará de manera inevitable la manera de ejercer el poder de cara a los gobernados, de establecer relaciones diplomáticas y de utilizar los canales de información.

Más aún, la osadía de Assange tiene la virtud de invitarnos a reflexionar sobre hasta qué punto no sería mejor obrar, quizá, de una manera más abierta y transparente ante los demás en nuestras relaciones interpersonales más cotidianas –como si, por qué no, tuviéramos siempre el gran hermano sobre nuestro pensamiento–.

Como sea y aunque la doble moral nunca desaparezca, el mundo ya no podrá ser el mismo después de WikiLeaks, que bien podría representar la estocada final al cada vez más latente ocaso de Estados Unidos como potencia mundial.

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