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Opinión

  • | 2008/06/04 00:00

    Xenofobia globalizada

    Colombia no se salva de los episodios de discriminación contra el extranjero o el distinto que se denuncian con frecuencia en el mundo. Las comunidades Rom, los afrocolombianos y los indígenas continúan siendo desde ridiculizados hasta desplazados y perseguidos.

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Las dos últimas semanas dos graves casos de xenofobia le han dado la vuelta al mundo. En Italia, después de que corrió el rumor de que una gitana rumana había intentado raptar a un bebé al este de Nápoles, una turba de napolitanos encolerizados arrasó con cinco asentamientos de la comunidad rom zíngara ubicados a las afueras de la ciudad. Y en Sudáfrica, una oleada de odio racial que comenzó el 10 de mayo con ataques en contra de Mozambiqueños y Zimbabwenses en el histórico gueto de Alexandra en Johannesburgo ha dejado – al menos – 50 muertos y cientos de heridos. Como resultado de este hecho, ya son más de 40.000 los inmigrantes hacinados en campos de refugiados a lo largo y ancho del país africano y los desplazados alcanzan los 100.000.

El diario El País de España calificó los episodios de xenofobia en Sudáfrica e Italia como “escenas de crueldad horripilante no vistas desde los últimos tiempos del apartheid”. Y no es para menos. Armados de palos, piedras, machetes y pistolas – al mejor estilo racista del Ku Klux clan en los cincuenta – los napolitanos desterraban a los gitanos, mientras los sudafricanos salían a cazar mozambiqueños.

Paradójicamente, los colombianos seguimos creyendo que la xenofobia es un fenómeno ajeno a nuestra sociedad, como si se tratara de una epidemia frente a la cual somos inmunes. Nada más alejado de la realidad. La xenofobia, entendida como el rechazo a los extranjeros y a los grupos étnicos que ostentan rasgos sociales, políticos y culturales distintos a los mayoritarios, constituye una forma de violencia de la cual los colombianos somos víctimas y agentes. Por lo tanto, aún cuando tradicionalmente nos hemos reconocido como víctimas de los ataques xenofóbicos de los ciudadanos del norte del globo, es necesario que reconozcamos que los colombianos también somos xenofóbicos y que además somos víctimas del rechazo a los extranjeros que se vive en muchos países de la región.

En efecto, como resultado del fenómeno migratorio que ha llevado a un creciente número de colombianos – principalmente por causa del conflicto armado interno – a buscar asilo o refugio en Perú y Ecuador, ha aumentado el nivel de intolerancia hacia los colombianos en las comunidades que los acogen en dichos países. Basta con recordar el caso del colombiano que fue asesinado por una turba en Ecuador en abril de este año, después de haber sido señalado como responsable del asesinato de un empresario local.

En un aterrador episodio de xenofobia, Héctor Hernández fue linchado y quemado por varios habitantes de la ciudad de San Vicente, bajo la mirada impávida de varios oficiales de policía quienes afirmaron no haber podido hacer nada ante la reacción de la multitud enardecida. En nada se diferencia este nefasto episodio de aquellas imágenes transmitidas por CNN tan solo hace algunos días, en las cuales un joven mozambiqueño agonizaba frente las cámaras de televisión. Entretanto, los oficiales de la policía sudafricana acordonaban el lugar del ataque sin prestar ningún tipo de socorro al muchacho que murió minutos después ahogado en su propia sangre.

Sin embargo, la xenofobia no es solamente un problema de los colombianos en el extranjero. En Colombia, la violencia en contra de los miembros de grupos étnicos, minorías culturales y minorías raciales está a la orden del día. A pesar del reconocimiento del Estado colombiano como multicultural, las comunidades Rom, los afrocolombianos y las comunidades indígenas esparcidas a lo largo y ancho del país continúan siendo víctimas de formas de xenofobia que van desde el hostigamiento y la ridiculización, hasta el desplazamiento y el exterminio. Lamentablemente, y aún cuando nos negamos a reconocerlo, en nuestro país las diferencias raciales, culturales y sociales justifican la violencia fundada en el deseo de deshacernos de la diversidad.

Ya sean los colombianos que llegan a vivir a Ecuador huyendo del conflicto, los peruanos que migran a Colombia en busca de mejores oportunidades de empleo o las familias afro e indígenas que llegan desplazadas a Bogotá, las víctimas de la xenofobia están condenadas al ostracismo que implica ser un extranjero aún en su propia tierra. Es precisamente cuando el otro llega a vivir en nuestros barrios, a frecuentar los mismos lugares y a obtener los empleos a los que aspiramos, que realmente se hace palpable lo incómoda que nos resulta la diferencia. En esa medida, la violencia producto de la xenofobia surge precisamente cuando ese otro se parece lo suficiente a nosotros mismos como para inquietarnos, pues su sola presencia amenaza aquellos rasgos, comportamientos o proyectos de vida que asumimos como adecuados, deseables y por ende normales.

En consecuencia, las generalizaciones y los prejuicios son uno de los mecanismos más frecuentes para reafirmar e incentivar las conductas xenofóbicas. Así como los sudafricanos culpan a los inmigrantes de entrar ilegalmente al país, de tomar sus empleos y casarse con las mujeres de sus etnias; la policía y algunos medios de comunicación en Ecuador, se han encargado de reafirmar la idea según la cual, las bandas delictivas que operan en ese país siempre son lideradas por colombianos.

No obstante, los colombianos, en la misma medida que los italianos y los sudafricanos han intentado hacerlo en los últimos días, seguimos desconociendo el hecho que la xenofobia es un rasgo propio de nuestras sociedades. Así lo hizo el gobierno italiano al calificar como un brote esporádico de intolerancia lo ocurrido en Nápoles, y asimismo lo hace el Estado colombiano al fomentar irresponsablemente discursos nacionalistas que incitan a la hostilidad con los países vecinos y sus habitantes. Sin embargo, tal y como lo sostiene la feminista Mary Parker Follet, si bien el conflicto es esporádico, la diversidad es permanente. Por lo tanto, podrán seguir siendo esporádicos los brotes de xenofobia en las sociedades contemporáneas, y aún así el reto sigue siendo el mismo: la convivencia con el otro en medio de las inexorables diferencias. Convivencia que a pesar de ser una utopía, no solamente es deseable sino posible.
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