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Opinión

  • | 2009/02/11 00:00

    “¿Y ahora qué quiere? ¿Un estriptís?

    El Presidente descalifica a sus opositores. ¿Qué espera de ellos si piensan distinto? Para ayudar a sacar al país de la violencia, mejor sería respetarlos.

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En medio de una semana de alegría por el retorno a la libertad de los cuatro integrantes de la fuerza pública y de Alan Jara y Sigifredo López, el presidente Álvaro Uribe se refirió al grupo de Colombianas y Colombianos por la Paz (CPP) con sindicaciones de la mayor gravedad, al calificarlo de conformar el “Bloque intelectual de las Farc”, en un país donde se disparara desde muchos flancos políticos.

Del Primer Mandatario no es extraño este tipo de consideraciones, pues ha sido reiterativo en descalificar y atropellar a quienes disienten de sus propósitos de acabar a sangre y fuego a las Farc y el Eln. En esto último está en todo su derecho, para eso fue elegido de manera democrática.
 
Pero no sabemos si es lo que se puede esperar de una democracia donde los paramilitares se tomaron un tercio del Congreso por la vía de la intimidación armada, y colocaron entre 2 y 2,5 millones de votos en alianzas con políticos regionales. Esta situación, conocida por el país, comúnmente se conoce como la ‘parapolítica’.
 
Estos votos a la fuerza también alimentaron las caudas electorales del hoy presidente Álvaro Uribe en 2002 y 2006. Pero en aras de la brevedad, aceptémoslo, aún con esos votos, es hoy el Jefe del Estado. Ahora bien, en tal condición, de él se espera rigor, equilibrio y respeto por la Constitución, de la cual parece más bien opositor.

Al presidente Uribe puede no gustarle que Alan Jara diga que las Farc no están derrotadas, y que por tanto hay que hacer acuerdos para permitir que los militares y policías en su poder vuelvan a la libertad. O que la senadora Piedad Córdoba despliegue su iniciativa para reintentar un proceso de diálogo y negociaciones con las Farc y el ELN. El Presidente está en su derecho de criticar estos mecanismos, pero no puede equiparar todo disenso u oposición a su política de sólo fuerza y más fuerza, a que estas personas son de la guerrilla.

No hay que jugar con fuego, en un país cruzado por tantas violencias. Hay que ser mesurado, más si se trata del Presidente de la República. No se pueden estigmatizar a todas las voces disidentes en la orilla de las Farc. Además gran favor se le hace a una organización que, como las Farc, es feliz contabilizando como propia la protesta ciudadana, como afín a sus cálculos insurreccionales.

Las Farc y el Presidente en esto se parecen, en que la protesta ciudadana es vista –equivocadamente- como algo a favor de la guerrilla. Pero ni una ni otro están en la razón, pues lo que hay es una población autónoma, que ejerce su legítimo derecho a una acción de civilizada protesta.

El país debe superar el síndrome de la “combinación de todas las formas de lucha”. Es cierto que en algún momento hubo una clara articulación entre algunos miembros de izquierda y ciertos grupos armados, como Farc y Eln, pero esto es cosa del pasado. Hoy la izquierda legal condena la acción armada, no la promueve, ni apoya ni estimula. Cree sí en los mecanismos de diálogos y negociaciones, y en que esas personas que llevan en armas ya casi medio siglo, tienen motivaciones políticas, luchan por alcanzar el poder por la vía de las armas. Condenable, censurable, execrable si se quiere, pero eso las caracteriza.
 
Que el Presidente y la opinión mayoritaria que lo acompaña crean que son la encarnación del demonio, que son terroristas y que no hay nada de qué hablar con ellos, también es legítimo, pues son opiniones y valoraciones diferentes que deben y pueden coexistir en esta democracia de baja intensidad.

Eso de no creerles a quienes en el pasado se alinearon en el ejercicio de la violencia o de apoyar la tesis de la “combinación de las formas de lucha”, recuerda a Yasser Arafat, líder de la OLP, quien durante 40 años negó el derecho de existir al Estado de Israel, hasta que en 1989 cambió de opinión. Cuando en rueda de prensa los periodistas le acosaban para resolver mil y un interrogantes al respecto, esto les dijo: “¿y ahora qué quieren; un estriptís?” A algo parecido estarían abocados los Colombianos por la Paz, para que el Presidente les creyera que no pertenecen a ningún bloque intelectual ni estructura alguna de las Farc.

Queda mucho camino por recorrer, por lo que es mejor no atizar llamas de intolerancia que luego se vuelvan incontenibles. Este país necesita más diálogo, debate y concertación, y menos descalificaciones irresponsables o autoritarismos, que en nada contribuyen a salir de este pantano de sangre y violencia.

lcelis@nuevoarcoiris.org.co




*Luis Eduardo Celis es coordinador del Programa de Política Publica de Paz de la Corporación Nuevo Arco Iris.

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