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Opinión

  • | 1984/01/16 00:00

    ¿Y COMO ES EL?

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Dos ejércitos beligerantes, fue el saldo que dejó en Colombia el papel jugado por Fidel Castro en el repudiado secuestro del hermano del Presidente. Mientras unos hablaron de la "transparente y vigorosa actitud" del mandatario cubano, y de su "oportuna intervención contra el absurdo secuestro del doctor Betancur", otros no dudaron en denunciar "su poder de dominio sobre esas torcidas fuerzas que luchan en los campos contra el orden institucional de Colombia" y calificaron de "aterrador", para el futuro del país, que "esta liberación se hubiera conseguido gracias a la benevolencia interesada del señor Fidel Castro".
Tan distintas posiciones, recogidas de dos periódicos liberales capitalinos, revelan profundas divergencias entre personas que prácticamente podrían considerarse entre sí "primas hermanas ideológicas". Y alcanzan para dar una idea aproximada de la complejidad del problema y de la difícil decisión que se nos viene encima en un futuro inmediato, si tenemos en cuenta que ya algunas voces se han levantado para sugerirle al Presidente colombiano que reanude cuanto antes las relaciones diplomáticas con Cuba.
Cualquier determinación que pueda tomarse en este sentido debe estar basada, sin embargo, en argumentos totalmente distintos al papel jugado por Castro frente al secuestro del magistrado Betancur, porque, a juzgar por la variedad de reacciones que despertó entre los colombianos, fue tan ambiguo, que da para ser utilizado como el principal argumento a favor de estas relaciones, pero también como el principal argumento en contra.
A favor, porque demuestra que ya no subsisten los motivos que precipitaron el rompimiento de relaciones por parte del anterior Gobierno. En contra, porque si efectivamente el magistrado Betancur fue liberado gracias a los buenos oficios de Fidel Castro, lo único que lograriamos con el restablecimiento de relaciones con Cuba sería oficializar diplomáticamente una peligrosa interferencia foránea en nuestros destinos políticos.
Los que prefieren que el argumento funcione a favor de las relaciones con Cuba parten de una premisa equivocada, que es la de atribuirle el papel de héroe a un Fidel Castro que, como habría actuado cualquier persona acusada injustamente de haber inspirado la monstruosidad de este secuestro, no se demoró en aclarar públicamente que ninguna vinculación tenía con los protagonistas de tan impopular delito.
No hay necesidad, sin embargo, de casarse con la teoría del héroe o del villano para preguntarse, con suficientes motivos, si el rechazo manifestado por Fidel Castro ante lo acontecido con Jaime Betancur se debió al hecho mismo del secuestro o a la circunstancia de que éste se hubiera realizado en cabeza del hermano de un Presidente amigo.
De la lectura de las cartas dirigidas por Castro a Belisario Betancur surgen suficientes argumentos para considerar más probable lo segundo que lo primero, lo que obliga a pensar que, en cierto sentido, el actual Presidente de Colombia corrió con toda la suerte que en las mismas circunstancias no habría asistido a su antecesor. Y es en este punto donde, inevitablemente, surge el principal problema.
El pueblo colombiano eligió democráticamente al Presidente Turbay, y cuatro años más tarde, al Presidente Betancur. La existencia de esta legitimidad democrática no obligaba de ninguna manera a Fidel Castro a simpatizar con nuestros mandatarios -al fin y al cabo él está muy lejos de ser un demócrata- pero si a respetarlos en la misma medida en la que fueran respetados por la mayoría del pueblo colombiano. Desgraciadamente el Presidente Turbay llegó a merecer, en opinión de Fidel Castro, el destino de ser derrocado en contra de las reglas de juego del pueblo colombiano, para lo cual ayudó incluso a entrenar guerrilleros en Cuba que sólo representaban los intereses de una minoría, mientras que en cambio el Presidente Betancur, podría decirse que para su fortuna, ha despertado hasta el momento en Fidel Castro la opinión de que debe ser sostenido.
De restablecer, entonces, relaciones diplomáticas con Cuba, que, dicho sea de paso, sería lo más coherente teniendo en cuenta el papel que viene jugando Colombia en el Grupo Contadora, lo primero para tener en cuenta es que se trataría de un entendimiento eminentemente temporal. En virtud, precisamente, de su temporalidad, Cuba quedaría comprometida hoy con algo que podría no cumplir mañana -dependiendo de la simpatía que le inspire a Fidel Castro aquel a quien elijamos democráticamente como sucesor de Belisario- y esto, entre otras cosas, podría implicar que vuelva a entrenar mañana a las mismas guerrillas que desautorizó hoy.
Es el costo del materialismo histórico, aplicado al campo de la diplomacia. Que estemos dispuestos a pagarlo sólo exige que nos preparemos sentimentalmente para una nueva deserción, y que no terminemos ingenuamente preguntándonos, a dúo con José Luis Perales: ¿ Y cómo es él? a la hora de descubrir que nuevamente trató de seducir nuestra democracia.
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