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Opinión

  • | 2000/11/13 00:00

    ¿Y por qué no cogobiernan?

    La competencia entre los dos principales aspirantes se ha estrechado y a menos de 20 días de los comicios no es claro quién será el ganador.

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Por: Andrés Dávila Ladrón de Guevara

Profesor de la Facultad de Ciencia Política, Universidad de los Andes



La contienda por la Alcaldía de Bogotá entró esta semana en su punto culminante. Los debates televisados y en otros foros, las presentaciones en universidades y recintos públicos muestran por fin una campaña en marcha y que consigue acaparar un poco más la atención de la ciudadanía. Como lo muestran las encuestas, además, la competencia entre los dos principales aspirantes se ha estrechado y a menos de 20 días de los comicios no es claro quién será el ganador.

El debate televisado del pasado martes 10, en particular, se convirtió así en un momento crítico para medir fuerzas y tener más claridad acerca de lo que podría suceder el 29 de octubre. El resultado final no fue, sin embargo, esclarecedor, al menos en lo relacionado con esa cerrada disputa entre María Emma Mejía y Antanas Mockus. Si de ganadores se trata, el principal fue sin duda el actual alcalde Peñalosa, ensalzado, aclamado y prácticamente no criticado por sus dos posibles sucesores. Y quedaría por precisar si en el debate, por sus respuestas, por el nivel de lo planteado, ganó o no la ciudadanía bogotana.

La ausencia de un ganador claro entre los dos contendientes y el innegable reconocimiento a la gestión de Enrique Peñalosa, aun cuando Mockus precisara su distancia respecto de cualquier gestión que se apoye en negociaciones políticas de corte clientelar, obliga a un llamado de atención sobre el diseño institucional que impide la reelección inmediata y que saca automáticamente de competencia a quien, según las encuestas y las evaluaciones de gestión, más méritos ha hecho para seguir gobernando. Y cuestión que amerita una reflexión pues impide usar el voto como mecanismo de control político, para premiar o castigar la buena o mala gestión del burgomaestre, mientras obliga a la ciudadanía a escoger entre dos candidatos que no pueden diferenciarse en sus propuestas pues corren el riesgo de quedarse sin el apoyo de un electorado mayoritariamente conforme con la gestión actual. Hay, sin duda, algo que no está adecuadamente desarrollado dentro de las actuales reglas del juego.

Ahora bien, el debate tuvo varios rasgos que vale la pena destacar. La fórmula utilizada resultó dinámica e informal. Diversos tipos de preguntas y respuestas, un esquema ágil con preguntas de ciudadanos vía las ‘citycápsulas’. Adicionalmente, un conjunto de reglas para mejorar la calidad del debate que, en todo caso, no siempre fueron respetadas por los participantes. Un escenario poco acartonado e incluso un poco incómodo, con los candidatos ocupando puestos de trabajo de periodistas que parecía hubieran tenido que cederles sus lugares.

Las preguntas en términos generales bien formuladas, precisas y dirigidas a diversos asuntos que permitieron medir el conocimiento de los temas de la ciudad, los estilos de hacer política y gobernar, y la convicción frente a sus propuestas. No obstante, se escaparon algunos errores en relación con, por ejemplo, las atribuciones de los ediles en el tema contratación, que acabaron de quedar confusas con las respuestas algo elusivas de los candidatos.

Las respuestas, como ya se dijo, no mostraron marcadas diferencias en sus contenidos, salvo aquellas de sí y no, en donde se hizo más patente el estilo político algo añejo e impostado de María Emma en contra de una sinceridad mezclada con inseguridad que caracterizó a Antanas. Allí se puso de manifiesto un mano a mano de estilos cuya vigencia será decidida por el electorado. Sólo el 29 de octubre se sabrá si las referencias a los "abuelitos", a "mi ciudad", calaron en un electorado que muchos analistas han querido mostrar como más preparado, independiente, producto del carácter eminentemente urbano de su composición. O si, por el contrario, la mayoría de los bogotanos perdonaron a Mockus y creen en sus llamados a la sensatez y la verdad.

Algunos temas, como la seguridad, dejaron dudas sobre la articulación entre lo propuesto, lo viable y lo necesario. Allí ni la experiencia de Antanas y su insistencia en la convivencia, ni los llamados a aumentar el pie de fuerza parecen sintonizarse con lo que los trabajos más recientes sobre criminalidad e inseguridad en la ciudad parecen sugerir: el fortalecimiento de la inteligencia policial. Otros temas, relacionados con el POT, dejaron ver lagunas, dudas y titubeos. Y los equipos de trabajo señalados, sin otorgar continuidad a funcionarios reconocidos de la actual administración, desnudaron el carácter politizado de ciertas referencias muy favorables a la gestión de Peñalosa.

En conjunto, sin embargo, el debate, casi inexistente como tal, dejó una rara sensación: si están tan de acuerdo, si piensan hacer cosas tan parecidas con diferencias sólo de matices y si la verdadera distancia está en el estilo, ¿vale la pena escoger? ¿no sería mejor que cogobiernen? O, si se vuelve sobre el tema de la reelección, ¿no serían los dos unos buenos secretarios de una administración distrital a cargo de un alcalde que culmina con tan altas cifras de favorabilidad en las encuestas? Es claro que no es posible, pero vale la pena mencionarlo si se piensa que lo que está en juego es el buen o mal futuro de la ciudad.
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