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Opinión

  • | 2017/01/26 18:46

    Las Candidaturas del miedo

    Claudia López, Sergio Fajardo y Jorge Robledo tienen sus virtudes, pero tienen que demostrar que están preparados para asumir decisiones que vayan más allá de sus empequeñecidos entornos.

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Charlando con un amigo gringo sobre la ejecución de Gary Gilmore por parte de un pelotón de fusilamiento en la prisión estatal de Utah, utilicé la expresión: «A la hora del té». Una locución que a menudo oía en la cárcel a guisa de sentencia. Mi amigo, que a veces habla y se comporta como un macarra, quedó descolocado porque pensó que me refería a la hora en que los británicos toman el té. Luego de carcajearme un rato le expliqué que en el lenguaje coloquial colombiano el giro «A la hora del té» significa algo así como «A la hora de la verdad». El gringo también se rio y con su pose de gamberro dijo que en su país había una expresión que supone lo mismo: «When the rubber hits the road». Cuando el caucho golpea el camino. La llanta hace contacto con el asfalto. El momento crítico. La realidad.

Claudia López, Sergio Fajardo, Jorge Robledo –vendrán más– se han lanzado en parapente sobre una realidad que desde los aires pinta bien pero que al golpear contra ese suelo engañoso de Colombia se pueden encontrar con desagradables sorpresas. Los tres han hecho un buen trabajo y quieren ser presidentes de Colombia. En las primeras de cambio han dejado claras dos cosas: a saco contra la corrupción y nada con el nuevo partido con el que sueñan los chicos de las FARC. Lo primero –lo escribí en mi pasada columna– me parece bueno. Lo segundo, no tan bueno.

Vamos con lo primero. El combate a la corrupción. No es asunto de poca monta que se pueda conjurar con mero palabrerío y recolección de firmas. Hasta los políticos más pervertidos pueden plegarse al palabrerío, firmar proclamas y votar leyes anticorrupción. La corrupción es un parto de las oligarquías liberales y conservadoras que tomó fuerza durante el Frente Nacional, cuando se repartieron milimétricamente el botín del Estado por espacio de 16 años (1958-1974). Desde entonces la corrupción es un fenómeno estructural con una vertebración que ocupa a la totalidad del territorio colombiano. Se trata, pues, de una lucha estratégica que no se puede ganar a través de una guerra relámpago o un golpe de mano, sino mediante una guerra de posiciones –mejor de trincheras– en la que no se puede infravalorar el poder del adversario ni cometer el yerro de menospreciar eventuales aliados territoriales como la gente de Timo y de Gabino.

Todo puede quedar en un eslogan de campaña si no se comprende la naturaleza del adversario. Una cosa es comenzar una resuelta batalla contra la corrupción en España o Francia, otra es hacerla en México o Colombia. En España a lo sumo te insultan en el bar o escriben una columna en internet contra tu campaña anticorrupción, pero en México te disuelven en ácido sulfúrico y en Colombia te pegan unos balazos o un funcionario elegido a dedo por tus adversarios te destituye del cargo de elección popular.

Tengo la impresión de que López, Fajardo, Robledo y alguno más que se arrime al tren de la anticorrupción están haciéndole, por un inocente o malicioso tactismo político, el regate a un tema que tiene que ver con los asesinatos de los líderes sociales de la periferia, porque asocian el asunto a la guerra y la paz que, según ellos, es un capítulo cerrado puesto que la agenda del país es otra. ¿Cuál? ¿No creen ustedes, queridos precandidatos, que el tema principalísimo del país es el divorcio entre el centro y la periferia? ¿No creen que obviando el asunto de la paz territorial están alimentando la fractura del país? ¿No creen que cuando más se requiere generosidad y mirada estratégica ustedes siguen pensando como senadores, gobernadores o alcaldes pegados a las cosas pequeñas? ¿No creen que desde la periferia les pueden desordenar el centro? ¿No creen que es mezquino preocuparse de la intención de voto en las áreas metropolitanas, pero sin tener en cuenta la amenaza que para la seguridad nacional tendría el fracaso de la implementación de los acuerdos de paz?

Y aquí viene lo segundo. Claudia, Sergio, Jorge y alguno más perciben como un pasivo el partido político que brote de la disolución militar de las FARC. Suman y restan como en el filme de Víctor Gaviria o como esos tenderos de barrio –que están en extinción por cuenta de las grandes cadenas de supermercados– que anotan las cuentas de sus vecinos sobre un cuaderno escolar cuadriculado untado de manteca, con un lápiz que llevan prendido a la oreja. Un tendero que nunca votará por ellos sino por un señor que hable como Donald Trump o Álvaro Uribe. Una cosa es ser candidato a Senado, Gobernación o Alcaldía, en la que con los votos de un segmento de gente «progresista» puedes salir elegido, y otra es conquistar el corazón de los millones que se requieren para que puedas poner tu trasero en el sillón presidencial.

La decisión de López, Fajardo y Robledo de no recibir apoyos de una probable opción política que viene del monte, cercana a sus ideas de cambio y lucha contra la corrupción, es un caso raro que amerita un estudio en algún garaje universitario. En Colombia hay vainas raras, como los casos de algunos «dirigentes» que empezaron de marxistas y terminaron adorando al Divino Niño, pero es más raro que un candidato comience su campaña restando. Más que una actitud dirigida a las elites metropolitanas se quiere un discurso para el pueblo. Más que rechazar a los simpatizantes y la base social de las FARC en la periferia, se quiere su involucramiento a fin de sacar la política de Bogotá, expandirla en los territorios y llevar la lucha contra la corrupción en las escalas regional y local. Más que mezquindad, lo que se quiere es generosidad.

El doctor Rieux es el protagonista en La Peste, de Albert Camus, mi escritor de siempre. Un hombre que está dispuesto a luchar contra lo inevitable y expone su vida para socorrer, sin contraprestación alguna, a un pueblo enfermo. Rieux debe enfrentarse a las autoridades de Orán y tratar con los apestosos hasta curarlos y dignificarlos. A veces un país necesita líderes con un lenguaje claro, sin recelos, sin egoísmos, sin envidias y sin temor a enfrentarse a lo desconocido. Creo que Claudia López, Sergio Fajardo y Jorge Robledo tienen sus virtudes, pero tienen que demostrar que están preparados para asumir decisiones que vayan más allá de sus empequeñecidos entornos. Hay más gente en el partidero por la Presidencia que no tiene miedo. Veremos qué pasará a la hora del té.

Remate: Un man que vino del oriente de Colombia me contó que sólo cuando llegó un ingeniero de Bogotá con unas cajetillas de clavos pudieron avanzar los trabajos de adecuación de un campamento para la concentración y el desarme de las FARC.

* Escritor y analista político
En Twitter: @Yezid_Ar_D
Blog: En el puente: a las seis es la cita

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