Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2015/08/06 19:05

¿A mí quién me mató?

En una cadena de mandos la mierda siempre rueda hacia abajo.

Yezid Arteta Dávila.

No recuerdo donde fue que lo leí o lo escuché. Creo que fue un tal “Mocoloco” que lo dijo sentado en la barra de un bar canalla mientras bebía un Negroni. Quizá fue en un trino de la aguerrida representante María Fernanda Cabal. Tal vez lo leí en uno de esos blog de veteranos de guerra en los que los soldados recuerdan con nostalgia a sus camaradas muertos o hijoputean a un mando que los dejó tirado en las arenas del desierto o en una selva enmarañada.

Lo que escuché, leí o tal vez soñé, es algo así: “En una cadena de mandos la mierda siempre rueda hacia abajo”. Es un aforismo escatológico que sintetiza con reluciente brillo lo que Enrique Santiago, asesor jurídico de las FARC, explicó ante los medios colombianos. La guerrilla no ha luchado contra unos molinos de viento sino contra un ejército supeditado a una cadena de mandos. Cadena de mandos que, en teoría, está sujeta a una Carta Constitucional. La misma guerrilla afirma que combate contra un modelo de “democracia restringida”, nunca contra una dictadura.

Colombia es un país retórico. Políticos que hablan horas y no dicen nada. Académicos que necesitan diez folios para expresar una idea que se puede escribir en uno. Un país de rodeos en los que hay emplear no sé cuántos favores para pedirle a la pareja que le pase una toalla. Vale entonces destacar la precisión del lenguaje empleado por Humberto de la Calle y el jurista Enrique Santiago para clarificar el asunto de las víctimas en las negociaciones de La Habana.

No es sólo una de las partes la que debe explicar ante las víctimas sus acciones de guerra, resume Santiago. La justicia transicional no busca socavar la dignidad de los máximos responsables, sintetiza Humberto. Hay unas responsabilidades  políticas y empresariales que van más allá de los actos de barbarie ejecutados por soldados y policías. La mera argumentación política no es suficiente para explicar las acciones de la guerrilla en las que claramente se afectó la vida y la dignidad de muchísima gente.

Colombia no es un paraíso de impunidad. Hay decenas de congresistas condenados por paramilitarismo. Hay funcionarios corruptos y homicidas procesados y condenados por los tribunales. Los guerrilleros y paramilitares en las cárceles se cuentan por miles. Antes que impunidad es mejor hablar de una justicia desbordada por el conflicto y las varias formas de  criminalidad. Es mejor hablar de una justicia que, en ciertos tramos de gobierno, ha juzgado por lo bajo o juzgado aposta en una sola dirección y olvidado otras.

Juntando pedazos, los fiscales, jueces y abogados de Derechos Humanos, han armado y dado forma a acontecimientos incorporados al conflicto y la guerra sucia. Son verdades judiciales recopiladas en millares de folios. Sentencias en firme. Estupenda labor. Falta algo. Los muertos saben quién los mató porque les vieron la cara a los asesinos antes de morir pero lo que no saben es quién instigó para que los mataran.

¿Quién? ¿Un político para quedarse con todo el pastel? ¿Un comandante guerrillero para deshacerse de un chivato? ¿Un empresario para forrarse en dinero? ¿Un gánster para quedarse con la tierra? ¿Un coronel para ganarse un ascenso? ¿Una multinacional para quedarse con todo el carbón? ¿Un contratista para llevarse una licitación? ¿Un jefe paramilitar que creía estar salvando al país de un comunismo que ya no existía?  ¿Un maldito loco con deseos de salir en los periódicos?
           
Dar la cara. La vergüenza. El qué dirán. Mi dignidad. En qué va a terminar todo esto ¡Puf! Es un asunto que va más allá de lo político. Nadie, en su sano juicio, tiene argumentos lícitos para oponerse a los acuerdos conseguidos por el gobierno y la guerrilla en La Habana. Son asignaturas pendientes del Estado colombiano con sus hijas e hijos. El asunto es otro: el miedo a dar la cara.
Hay personas que saben cosas y temen decirlas. Temen a sí mismos. A veces sueñan con ballenas que los llevan hasta las abisales o con gatos enrollados alrededor del cuello. No pueden dormir muy bien. Dan vueltas y vueltas en la cama. La pareja se queja. No es una vida sana. Los médicos recomiendan dormir bien. Decide buscar ayuda. Va hasta el bar y conversa con su amigo Bob, el policía. Bob Tidey, el honesto policía, le habla con voz serena:

“Amigo mío, en este país somos cojonudos a la hora de investigar lo que pasó hace mucho tiempo. Cada vez que algo nos incomoda, miramos hacia otro lado. Y cuando el hedor no desaparece, diez años más tarde, veinte, treinta, montamos una investigación, un tribunal, escribimos un informe que nadie lee, y punto final. A la hora de investigar el pasado, somos los primeros. Pero cuando algo ocurre, cuando necesitamos hacer algo, siempre hay alguien que nos dice que tenemos que ponernos el traje de patriota y callar la puta boca.”

En twitter: @Yezid_Ar_D

Blog: https://yezidarteta.wordpress.com/author/yezidarteta/ 

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