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Opinión

  • | 2017/02/02 11:01

    Barranquilla: modelo para desarmar

    El modelo de desarrollo económico y urbanístico de la ciudad está hecho para profundizar la desigualdad, la segregación y la injusticia.

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No es casual que los realizadores de The Wire, una de las grandes series de la historia de la TV según Barack Obama, hayan elegido Baltimore como el escenario modélico para describir las ramificaciones de la criminalidad callejera, la corrupción policial, el cinismo de los políticos, el miedo de la gente, amén de una prensa que oscila entre el alarmismo y la frivolidad. Baltimore, con su elevada tasa de desempleo, homicidios y consumo de drogas, es una ciudad empobrecida por la deslocalización industrial, el cierre de astilleros y el declive del puerto.

Los barranquilleros a los que nos gusta el béisbol conectamos el nombre de Baltimore con la novena de Los Orioles, ganadora de tres series mundiales. Se podría pensar en una serie que ocurra en Barranquilla, a propósito de lo que allí está aconteciendo.

Cuarenta y cinco homicidios en Barranquilla durante el mes de enero no es una cifra que invite a echar cohetes al aire, más aún si la mitad de las víctimas murieron a balazos. Tampoco es para crear una alarma mediática o en las redes sociales que conduzca a una deriva homicida. No es recomendable celebrar lo que vienen haciendo unos tales «justicieros», puesto que la vida misma nos ha enseñado que los que comienzan matando raponeros acaban tocando la puerta de tu casa para que les aflojes algún billete. Si no pagas, te matan. Es una pena que el pintoresco alcalde, Alejandro Char, siga pateando balones fuera de la cancha.

El modelo de desarrollo económico y urbanístico que el alcalde Char, la familia de Char, los amigos de Char, los políticos que apoyan a Char y los medios que celebran las ocurrencias de Char, están ejecutando en Barranquilla sólo sirve para profundizar la desigualdad, la segregación y la injusticia. Allí está la raíz del problema de «Curramba».

En Barranquilla cohabitan dos realidades. Dos ciudades separadas por unas líneas físicas e imaginarias, basadas en la seguridad residencial. Dos urbes que se dan la espalda entre sí, a pesar de que la distancia entre ellas es de unos cuantos kilómetros.

Quienes viven en las zonas aparentemente seguras tienen a la mano un inmobiliario que nada tiene que envidiarle al Primer mundo, cuentan con todos los servicios de este siglo y pueden emplear sus ratos de ocio en lo que les venga en gana.

Es lógico que esta gente sienta miedo o desprecio hacia el resto de la ciudad, que no vive como ellos. La gente que habita en el suroriente de la ciudad, en cambio, vive como en las zonas más deprimidas de Bangladesh, razón para que alimenta su ira contra los que viven entre el lujo y el derroche. La ira de los jóvenes marginales encuentra siempre en la violencia, la droga y el vandalismo una vía de escape. Esa es la foto de Barranquilla. Sin photoshop.

Los barranquilleros no pueden hacerse ilusiones. La situación no va a mejorar. Recrudecerá. Quien crea que esto es un asunto de meros policías y soldados en las calles morirá engañado. Quizás en un atraco o por una bala perdida. Los que han dirigido la ciudad en los últimos años no han dado con la tecla. Han convertido Barranquilla en el mejor moridero del mundo. Tienen que salir de allí y dedicarse a sus negocios, entre otras porque sus actuaciones públicas no han sido más que una extensión de sus negocios particulares.

La gente de Barranquilla debe pensar en una salida transversal que junte lo más sano con lo nuevo de la ciudad, con el propósito de darle un giro gradual al modelo de ciudad. Dejando, matizando y cambiando vainas. Esto llevará años.

Recuerdo que en el barrio El Carmen había una familia de «espantajopos» que vestían y caminaban como si vivieran en Coral Gables, pero no se les veía billete por ninguna parte y entraban a la tienda del «Cachaco» a que les fiara la libra de arroz para el almuerzo. Todo parece indicar que lo que antes era una pincelada del fresco de un barrio, hoy día es una tendencia entre aquella gente de Barranquilla a la que le parece cosmopolita pagar carísimo un plato de comida mal hecho en un local de un centro comercial con ínfulas de gran restaurante. A veces las ilusiones matan.

Remate: «Yo vivo la vida, la vida no me vive a mí», le dijo Garrincha a Álvaro Cepeda Samudio en un reportaje para El Heraldo. En 1968 el crack vivió algunos días en Barranquilla, jugando para el Junior.

Yezid Arteta Dávila
* Escritor y analista político
En Twitter: @Yezid_Ar_D
Blog: En el puente: a las seis es la cita

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