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Opinión

  • | 2007/02/05 00:00

    YO, ELECTOR

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El sueño bobo de la democracia es escoger a personas inteligentes, pulcras e idóneas para representar los intereses ciudadanos ante las instancias de poder (llámese Presidencia de la República, Congreso, Gobernación, Alcaldía, Asamblea Departamental y Concejo Municipal).
 
Es un sueño bobo porque la pura verdad, es que ya muy pocos políticos legislan y gobiernan a favor del interés comunitario. La percepción que tenemos, es que alcaldes, concejales y diputados legislan para favorecer intereses individuales (familiares), sectoriales y grupos económicos, excluyendo perversamente a la mayoría ciudadana.

La identidad política de grupos ideológicos o partidos políticos es un sueño ya frustrado. Con el devenir de los tiempos comerciales y el descaro de los contratistas que andan ofreciendo "miti-miti" por un favor de tráfico de influencias políticas ha hecho que la actividad política se desprestigie. Incluso se habla de la institucionalización del CVY (¿cómo voy yo?), donde el político con estas tres palabritas mágicas pide un "porcentaje" de los dineros públicos si con sus influencia logra que se otorgue el contrato en cuestión. Y por eso, es que los políticos se vuelven ricos. Y por eso es cualquier analfabeta quiere ser político. Y por eso es que el profesional de la política para la mayoría de los ciudadanos es sinónimo de ladrón, corrupto y torcido.

Frente al descaro de los políticos se inventaron las "veedurías ciudadanas", que a la postre, (¡qué lastima!) se volvieron veedurías de bolsillo y son ya un rubro más a tener en cuenta en la repartición del dinero del contrato. Muchos veedores, me cuentan, son personas en busca de un pedazo de la torta del dinero estatal. Gente que solo busca con su mano, estirada cual mendigo, "una paladita" o unos pesitos extras, y con mucha indignidad están dispuestas a hacerse los gringos frente a las fechorías de los contratistas y sus aliados, los políticos corruptos.

Lo grave frente a estos fenómenos de la corrupción y delitos de cuello blanco, son la aceptación e indiferencia de estos por parte de la ciudadanía; y la vista gorda de las instancias de control y fiscalización público, frente a los hechos.

Los ciudadanos del común nos volvimos indiferentes frente a los robos institucionalizados de los dineros estatales. Nos aculillamos para denunciar a las ratas de erario público, y cambiamos los valores ciudadanos por silencios cómplices.

Para muchos contratistas y políticos engendrados en la genética politiquera del tripartidismo (liberales, conservadores e izquierdosos-alternativos) robarle al Estado, a través de un contratico ya no es delito, es un modus vivendi, una tradición con escuela, maestros, tutores, grados, grupos de trabajo y graduación de "mafioso de la política".

Para sanar al país de este cáncer hay que cambiar la forma de pensar de los nuevos y viejos electores. Hay que reconstruir el concepto de ciudadanía, del hombre político y del veedor de los intereses públicos.
 
Tenemos que aprender a pensar más en el bien común y en los intereses de la comunidad. Tenemos que aprender a ver como algo absolutamente sagrado los dineros públicos. En fin, la tarea de los educadores y medios de comunicación del siglo XXI, en este país sin madre y con padres de la patria tan des-honrados (desacreditados y tan promiscuos), es un reto que no tiene vuelta de hoja: o reeducamos o nos jodemos.

En esta ciudad y en este país nos merecemos otra oportunidad. Tenemos que aprender a pensar en la comunidad y a elegir gobernantes decentes. Tenemos que educar para el cambio social y político, y no simplemente aspirar a trabajar con el Estado para llenar los estómagos, volvernos ricos o mafiosos de la política.
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