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Opinión

  • | 2006/10/14 00:00

    “Yo no apoyo el intercambio”

    Eduardo Plata se aparta de la corriente mayoritaria que hay en este momento en Colombia y explica por qué él se opone a este posible acuerdo entre las Farc y el gobierno.

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A riesgo de ser considerado cruel y de ganarme el desprecio de los familiares de las víctimas, quiero decir que tengo muchas reservas en torno al acuerdo humanitario sobre intercambio de secuestrados, que el gobierno colombiano negocia con las Farc.

Sin lugar a dudas, sería una bendición que esas personas regresaran a sus casas con sus seres queridos, mucho más ahora, cuando la temporada navideña está a la vuelta de la esquina. El secuestro es un medio hermano de la tortura. Un crimen condenable como el que más y le expreso mi solidaridad a sus víctimas, que no son sólo aquellos privados de su libertad, sino todos los que hacen parte de su círculo cercano de afectos. Pero tengo que admitir que no estoy de acuerdo porque considero que el efecto que tiene en la sociedad en general es negativo.

Uno de los problemas que tiene el intercambio humanitario es que clasifica la dignidad humana. Lo hace porque diferencia entre secuestrados canjeables y no canjeables. El porcentaje de ciudadanos secuestrados que sería canjeado es muy bajo si se tiene en cuenta el total de personas plagiadas. Al subdividir el secuestro entre político y económico, se entra en una grave discriminación. Si usted es una personalidad pública, su vida es valiosa para el Estado y se le considera canjeable, si usted es un ciudadano común, víctima de un secuestro extorsivo, para su desgracia, usted no es más que parte de una cifra que, mientras se mantenga baja o al menos menor que el año anterior, no tiene mayor relevancia.

Todo lo anterior con el agravante, además, de que todos los secuestros de Colombia son en realidad secuestros políticos. Por la sencilla razón de que son la inoperancia política, el error político, por acción u omisión, lo que ha provocado que miles de compatriotas se encuentren, en este mismo momento, viviendo en condiciones deplorables, tanto físicas como sicológicas.

En lo que al gobierno se refiere, con el visto bueno al intercambio, la administración de Álvaro Uribe deja ir una de las pocas políticas serias y consistentes que le quedaban. La de mantener una negativa firme ante cualquier intercambio de secuestrados que no cumpliera dos condiciones básicas. La primera, que incluyese a todos los ciudadanos colombianos que se encontraron privados de su libertad, sin excepciones; la segunda, que el intercambio se diese en medio de una negociación de sometimiento a la justicia por parte del grupo guerrillero.

El gobierno ha abandonado su posición y ahora sólo requiere que los guerrilleros que eventualmente serían puestos en libertad no vuelvan a delinquir. Una petición conveniente para ambas partes. Conveniente porque es absolutamente inverificable, y por consiguiente, tanto el gobierno como las Farc, pueden alegar su cumplimiento y quedar bien ante la opinión.

Quiero pensar que la integridad física y moral de los secuestrados y sus familias no se está utilizando para hacer política. Pero por más que me esfuerzo, no lo logro. A las dos partes involucradas les conviene demasiado.

Para el gobierno, el momento no puede ser más oportuno. El caos se ha apoderado de la bancada legislativa del gobierno; tanto su voracidad burocrática, como sus, cada vez más evidentes, nexos con el paramilitarismo la han dejado mal parada ante el pueblo colombiano. Si a eso, además, le sumamos el aumento del desempleo, la reducción del ingreso, la criminalidad urbana y unas cuantas cositas más, la conclusión es que, políticamente, para el gobierno, la firma del acuerdo humanitario que tanto había rechazado, es muy conveniente. Le anota puntos en la sección de corazón grande que, durante los primeros cuatro años, nunca se vio.

Las Farc no se quedan atrás. Con el dinero del narcotráfico rebosándose en sus arcas y los continuos escándalos de la fuerza pública, el primer problema de las Farc es de imagen. Y lo que más afecta la imagen de las Farc no es que se les considere terroristas, es la noción generalizada de que esa guerrilla está bajo las órdenes de un grupo de subnormales, absolutamente faltos de sentido común y cordura. La firma de un acuerdo con el gobierno, cualquiera que este sea, le da un poco de sensatez a la percepción que, de las Farc, tiene Colombia.

Para terminar, este además no sería el último intercambio humanitario, así como no ha sido el primero. Lo único que garantizara este acuerdo será la perspectiva de otro intercambio en un par de años y, por supuesto, el infame secuestro de otro grupo de ciudadanos para darle sentido y peso.

Al intercambiar secuestrados con guerrilleros presos, Colombia no soluciona el drama familiar de las víctimas, únicamente lo cambia de manos. Por eso no apoyo este intercambio y no estaré de acuerdo con ninguno que no incluya la liberación de la totalidad de ciudadanos en manos de las Farc y que no se dé en medio de una negociación de sometimiento a la justicia; lo único que garantizaría que ningún otro colombiano sea víctima de este horrendo crimen.

Ñapa: Por el reconocimiento de sus derechos patrimoniales y sociales a la comunidad homosexual, el Senado colombiano merece un aplauso. En buena hora Colombia ha dado un paso importante para ponerle punto final a una modalidad de discriminación estatal.


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