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Opinión

  • | 2008/12/03 00:00

    Yo no marcho

    Existen motivos positivos para no unirse a las periódicas excitaciones multitudinarias.

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Como parte de su invitación a marchar el pasado 28 de noviembre por la libertad de los secuestrados en Colombia, Ingrid Betancourt dijo durante la ceremonia en la que recibió el Premio Príncipe de Asturias: “Considero que quien se quede en su casa ese día y no marche (…) no puede llegar a festejar su propia Navidad con la conciencia tranquila”. Hace unos días, reiteró ante la prensa nacional: “El que se quede en su casa debe tener la conciencia maltrecha. Es necesario marchar por la libertad de los secuestrados".

Muchos colombianos salieron a marchar porque sentían que al hacerlo cumplían un deber moral y cívico. Otros salieron porque sentían compasión, o bien, para sentirla; unos por sentirse gente de bien, otros para sentirse gente bien. Otros, porque en las ciudades colombianas escasea el entretenimiento público. Otros, porque les daba vergüenza no hacerlo; porque, según los términos con que se planteaban las alternativas, parecía que si no marchaban no valoraban la libertad. Pero también hubo muchos colombianos que no se unieron a la marcha. De éstos, como pronosticaba Ingrid, algunos se quedaron en sus casas; otros no, ya fuera porque tenían que ir a trabajar, o porque, debido a las consecuencias (y a las mismas causas) de la guerra en cuyo contexto se comete el secuestro, no tenían casas en donde quedarse.

Los términos conminatorios de la invitación de Betancourt, peligrosos en un país en donde los que disienten pueden desaparecer, hacen que sea pertinente aclarar que existen motivos positivos para no unirse a la excitación multitudinaria; que quienes nos abstenemos de la marcha no lo hacemos por tener “la conciencia maltrecha”, ni tampoco por esa indiferencia que la misma Betancourt, comparando lo incomparable, equiparó en Oviedo con la de los europeos que hacían la vista gorda ante el Holocausto. Entre esos motivos están los siguientes:

1. Las marchas por la liberación de los secuestrados son superfluas. El clamor al que se supone que dan lugar tiene la misma efectividad que tendría un reclamo hecho a solas, en la propia casa o debajo del agua. Los grupos insurgentes, autores de los secuestros en cuestión, no van a cambiar de estrategia porque miles de personas se manifiesten para reclamarles que liberen a sus rehenes, más cuando estas marchas son convocadas por los mismos estamentos contra los que dichos grupos mantienen una lucha armada que dura décadas.

2. Estas marchas constituyen una respuesta superficial a un problema grave. No se ve en ellas una intención clara y ni siquiera un discurso. ¿Qué piden los manifestantes? ¿Que las FARC resuelvan, como inspirados por un espíritu navideño, soltar súbitamente a todos los secuestrados? Con su emotiva carencia de contenido, las marchas contribuyen a que se postergue una verdadera reflexión colectiva sobre el problema de la guerra y la paz en Colombia. Así mismo, malgastan la poca energía política que tienen los colombianos y su escasa capacidad de indignación. La preocupación con respecto al secuestro podría canalizarse para causas puntuales: para pedir e impulsar, por ejemplo, el intercambio humanitario, o para exigir la iniciación de unas negociaciones de paz.

3. Encaminándolos hacia un objetivo inalcanzable, las marchas contra el secuestro desvían y esconden descontentos populares que de otro modo podrían manifestarse con algún efecto. Los colombianos agradecen el poder y el derecho de marchar por la liberación de los secuestrados, olvidando que son miembros de una sociedad secuestrada por la imposición de un orden social y económico injusto. A través de las marchas contra el secuestro, que en realidad son confirmaciones de la impotencia de la multitud, la sociedad se convence de que tiene voz (aunque no tenga educación, ni salud, ni medios de transporte) y se satisface en esa convicción, pero sigue eludiendo su poder de movilizarse para elevar protestas cívicas con las que sí podría provocar cambios.

4. Las marchas contra el secuestro son, como sugieren acertadamente los juicios de Betancourt, lavados de conciencia. Quienes marchan dos veces al año contra el secuestro sienten que han cumplido con su cuota de compromiso social y participación política, aunque el resto del año participen y se beneficien de las injusticias provocadoras de la guerra. Por otra parte, al ser prácticamente la única información que se exporta acerca de la guerra en Colombia, el apoyo a las marchas sirve a la comunidad internacional para lavarse las manos con respecto a las causas, el carácter y los muertos del conflicto colombiano.

5. Estas marchas no son independientes de las ideologías o de los partidos políticos, aunque sus patrocinadores aseguren lo contrario. La marcha es vista y utilizada por el gobierno como una manifestación de apoyo a su modo de gobernar y de hacer la guerra. Los manifestantes se concentran en un crimen que parece privativo de las guerrillas, eximiendo tácitamente a los otros autores del conflicto, el Estado y los grupos paramilitares, autores de desapariciones y masacres.

6. Las marchas a favor del gobierno y del gobernante son propias de los estados fascistas. Es triste ver a una juventud que no se moviliza en apoyo de los indígenas desterrados, pero que sí asiste a una peregrinación sin proclama, sin llamado ni respuesta, en la que el ejercicio de la imaginación brilla por su ausencia.

7. El lugar en que se expidió la invitación a marchar contra la extorsión y el lenguaje con que dicha invitación se redactó constituyen un despropósito. La marcha se anunció en Asturias frente a la sociedad y el gobierno españoles, que con compunción y santimonia se conmueven ante Ingrid Betancourt, mientras permiten la expoliación de los recursos de América Latina por parte de sus multinacionales. Se expidió además con un lenguaje vagamente extorsivo: quien no marchara no podría “llegar a festejar la Navidad en su casa con la conciencia tranquila”. De paso, la evocación de la Navidad contradecía el énfasis que hizo la misma Betancourt con respecto a que la marcha era independiente de “la ideología y la religión”.

… Aunque tal vez yerro al conectar la Navidad con la religión. En el bogotano Parque de la 93, el parque público donde se manifiestan los desplazados de la guerra y de donde son repetidamente expulsados, se ha puesto un gigantesco árbol de Navidad que, en lugar de estar coronado por la estrella de Belén, está coronado por el logotipo de la cervecería Bavaria. La “propia” Navidad que ese árbol y ese parque y ese logotipo representan es la que los colombianos celebraremos con la conciencia intranquila o tranquila.






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