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Opinión

  • | 2006/09/16 00:00

    "Yo odio la Policía"

    Juan Diego Restrepo E.* hace un relato de una mujer que decidió hacer pública su estremecedora historia de dolor

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“En este país los únicos que desaparecen a la gente no son la guerrilla o los paramilitares. La Policía también lo hace. Por eso la odio. Hace 20 años desaparecieron a mi esposo y este es el momento que no sé nada de él”, relata, con lágrimas, Martha Ruiz, una mujer de 56 años que decidió hacer pública su historia, callada durante todos estos años por miedo a que se cumplieran las amenazas que le hicieron en ese tiempo varios oficiales de la Policía y el Ejército.

El drama para ella y sus dos hijas, para entonces de 7 y de 12 años, comenzó el 25 de marzo de 1986, un martes de Semana Santa, cuando varios policías vestidos de civil llegaron muy temprano a su residencia en el barrio Kennedy, de Bogotá, la detuvieron a ella y a su esposo, Ramiro Escobar Arroyave, y los llevaron a la sede de la Dirección de la Policía Judicial. Allí los recluyeron en oficinas separadas. En la noche, la señora fue dejada en libertad y jamás volvió a saber de su marido.

“¿Sabe qué me animó a hablar? Cuando vi las noticias sobre los militares que participaron en la bomba que colocaron en Bogotá y que mató a un indigente”, explica Martha, al hacer referencia al atentado del pasado 31 de julio en la capital de la República en el cual se presume que participaron oficiales de la Brigada XIII del Ejército.

Pero hubo otro hecho que la motivó a contar su historia: la participación en la Marcha contra el Olvido, por la verdad, la justicia y la reparación, organizada el pasado 8 de septiembre por el Colectivo de Derechos Humanos Semillas de Libertad.

“Cuando estampé el nombre de mi esposo en la sábana que había en la marcha dije que si aquí hay tantos nombres y salen y hacen estas marchas, yo tengo que hacer algo, voy a hablar y ver qué hacer, porque la desaparición de mi esposo es un crimen de Estado. Es que no fue la guerrilla ni los paramilitares, fue la Policía”, relata la señora y se pregunta: “¿Qué esperanza tenemos los ciudadanos si no tenemos confianza en ellos?”.

Martha Ruiz expuso parte de su drama el pasado sábado 9 de septiembre durante la reunión de la comisión de víctimas en el marco de la VII Plenaria Regional de la Asamblea Permanente de la Sociedad Civil por la Paz, que se realizó en Medellín. Intuía que en ese espacio de participación ciudadana podría exponer su caso y buscar ayuda.

Atrapada en la ingenuidad
“En Bogotá, mi esposo tenía una compraventa de carros. Yo había ido a Medellín a llevar a la niña menor a la casa de una hermana mía. La mayor vivía en un internado en Medellín. En el bus de regreso a Bogotá, un hombre se me sentó al lado y estuvimos hablando. Yo me sinceré con él y le conté algunas cosas sobre los negocios de mi esposo, relacionados con el narcotráfico.

“Resulta que el señor era un policía que estaba de vacaciones. Me dijo que me iba a colaborar para que nos retiráramos y me pidió la dirección de la casa en Bogotá, que me visitaría. Pero al otro día, recuerdo que era un martes santo, llegaron varios policías a la casa, vestidos de civil, nos detuvieron, nos llevaron a la Dijín y nos mantuvieron en lugares separados.

“Allí volví a hacer varias denuncias sobre narcotráfico. Yo tuve confianza en la Policía, en la ley, me sinceré con ellos en muchas cosas poniendo en riesgo mi vida, la de mis hijas y la de mi esposo. Me tuvieron todo el día con hambre y con frío. Yo fui muy ingenua.

“Los policías me volvieron a decir que me iban a ayudar y que no me dejarían sola. Hasta me prometieron que cuando fuera mayor de edad le darían cabida a mi hija mayor en la Policía. Durante todo el día gente importante de la Policía llegó a donde estaba detenida y me amenazó, me advirtieron que no podía hablar con nadie sobre la detención si quería volver a ver a mis hijas.

“Ellos me dieron a entender que iban a desaparecer a mi esposo, porque hasta me prometieron una partida de defunción de él y me dijeron que si me preguntaban por mi marido explicara que había salido de viaje a entregar un carro y que nunca regresó.

“Luego de tanta amenaza, de tanta explicación, me hicieron firmar un libro muy grande, con número de cédula y me soltaron. Ya era de noche, hacía mucho frío y ni siquiera me llevaron al barrio Kennedy. Como pude llegué allá y encontré la casa toda desorganizada. Los policías que nos detuvieron la habían revisado y se llevaron muchas cosas de valor. Me dejaron casi de limosna. Los dueños de la casa eran unos militares que trabajaban con mi esposo en sus negocios”.

Silencio prolongado
Ramiro Escobar Arroyave y su esposa Martha se habían conocido en el municipio de Bello, de donde eran oriundos. Él era un reconocido gallero. Ella, una ama de casa. Se trasladaron a Bogotá porque en Medellín estaban siendo acosados por la Fuerza Pública, dado el apellido del señor, su trabajo como guardaespaldas civil de un comerciante y la persecución contra el confeso narcotraficante Pablo Escobar Gaviria.

En la capital de la República se hicieron a una compraventa de carros y cuenta la señora que su esposo también trabajaba con varios militares y algunos comerciantes en asuntos relacionados con el narcotráfico. “Algunos de los comerciantes ya están muertos. De los militares no sé qué pasó con ellos. Hasta estarán en Bogotá”, narra Martha.

“Como pude me vine para Medellín, llegué con las manos vacías y me fui con mis dos hijas a vivir en una vereda cerca del cruce de San Vicente, sobre la autopista Medellín-Bogotá, entre Guarne y Rionegro. A ellas no les dije nada sobre su papá. Solo que se había ido y no había vuelto. Del tema no hablaba con nadie. Repetía siempre la versión que me dio la Policía. Las amenazas me sugestionaron todo ese tiempo. Ni siquiera he puesto el denuncio de su desaparición.

“Sin embargo, por un tiempo, busqué a mi esposo en muchas cárceles del país con la poca plata que él me había dejado. Les decía a mis hijas que nos íbamos de paseo y lo que hacía era visitar cárceles preguntando por mi marido. También busqué a los militares que trabajaron con mi esposo, pero nada. Me cansé de ir de un lado para otro y me dediqué a trabajar en varios estaderos del Oriente antioqueño.

“Nunca le comenté nada a nadie, ni siquiera a las personas benefactoras que me han ayudado. Cuando me preguntan por mi esposo digo que se murió del corazón. En los papeles del colegio de mis hijas siempre coloqué que estaba muerto. Yo no sabía nada de esas cosas de desaparecidos. Me había encerrado en la vereda, solo iba a trabajar y a las reuniones del colegio de mis hijas, nada más. Vivía sola mi dolor y luchando para sacar a mis hijas adelante.

“Cuando mis hijas tuvieron uso de razón les conté que había pasado con su papá. Hoy, la mayor, tiene 32 años y está casada; la menor tiene 27 años, es soltera y vivo con ella en el barrio Manrique.

“Yo ya tengo 56 años y apenas estoy botando todo este dolor que tengo desde hace 20 años. Pero voy a exponer este caso así me muera. Tengo que hablar porque lo que le ocurrió a mi esposo es un crimen de Estado. No fue la guerrilla ni los paramilitares, fue la Policía. Por eso la odio”.

(*) Editor Agencia de Prensa IPC
Medellín, Colombia
(57 4) 284 90 35
www.ipc.org.co
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