Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2008/08/02 00:00

Yo el supremo

Uribe ha dejado claro que la voz del pueblo es la voz de Dios, premisa que ha servido para el advenimiento de regímenes totalitarios

Yo el supremo

"Hay que escuchar al pueblo para tomar las decisiones del Estado". El autor de esta frase no es el presidente Hugo Chávez -aunque reconozco que podría haber salido de sus labios sin ningún reparo-. Quien la pronunció fue el presidente colombiano, Álvaro Uribe, la semana pasada, en respuesta a las voces que se atrevieron a cuestionar otra frase suya que también habría podido decir Chávez con el mayor de los gustos: aquella según la cual, "el Banco de la República no escucha al pueblo", porque optó por subir las tasas de interés en contravía de sus designios.

Frases como estas no son sólo frases que se pronuncian al desgaire, sino que reflejan el talante del régimen que las fabrica. Y la verdad es que de un tiempo para acá, el presidente Uribe ha empezado a integrar en su discurso político unos elementos de alta carga populista que parecen calcados no sólo de la retórica chavista -prueba de que los extremos se tocan-, sino de los gobernantes que creen que su fuente de su legitimidad no está en el Estado de derecho, ni en el respeto por la división de poderes, sino en lo que ellos llaman "la voz del pueblo".

Cada vez es más evidente cómo el Presidente invoca su relación directa con lo que él llama "el pueblo", cuando se trata de sortear problemas de gobernabilidad derivados de la para-politica o de la yidis-politica. Ese fue el camino que tomó cuando propuso el insólito referendo para refrendar la legitimidad de su reelección en 2006 por cuenta del cohecho de Yidis Medina. En lugar de dejar que la Corte siguiera investigando esas denuncias, optó por salir a los micrófonos a proponer un referendo para que el pueblo refrendara su legitimidad como gobernante, desacatando abiertamente un fallo de la Corte. Afortunadamente, en buena hora, el Presidente retiró ese referendo, pero en el ambiente político quedó el sabor de que su gobierno había probado las fronteras de los regímenes plebiscitarios, tan propios de los gobiernos populistas y autoritarios. Ese no es el único episodio en el que Uribe ha salido a invocar al pueblo. Además de que el referendo de Luis Guillermo Giraldo, el que busca su segunda reelección, también está inspirado en la tesis de la voz del pueblo; en muchos de sus discursos, Uribe ha dejado claro que la voz del pueblo es la voz de Dios, premisa que ha servido como preámbulo para el advenimiento de gobiernos totalitarios, donde las minorías se han quedado sin voz, aplastadas por la gran masa que generalmente sale a las calles a manifestarse envuelta en un patrioterismo que atrapa el libre discurso. Hasta allá no hemos llegado, es cierto, pero ya comenzamos ese camino desde cuando el presidente Uribe decidió estigmatizar a sus críticos con el argumento de que estos van en contravía de la voluntad del pueblo. Una sociedad de áulicos es el edén de los gobiernos neo-populistas.

Según Hanna Arendt, esta clase de gobernantes, los de derecha y los de izquierda, todos cometen el mismo error: se autoproclaman interlocutores del pueblo sin que en realidad lo sean, y confunden al pueblo de verdad con el populacho, que no es sino una caricatura de este. Mientras el pueblo a lo largo de la historia siempre impulsa revoluciones para buscar una representación verdadera, el populacho siempre grita a favor del hombre fuerte, del gran líder; por eso, según Arendt, los regímenes plebiscitarios son la fórmula que mejor les funciona a los modernos dirigentes del populacho. Mientras entre el pueblo y el gobernante hay un Estado de derecho de por medio, unas instituciones y unos partidos, entre el populacho y su líder siempre hay una mezcla de admiración y de temor.

En realidad, la relación Uribe-pueblo es una relación entre Uribe y las encuestas de medición política que se hacen en las cuatro ciudades más importantes del país. En "ese pueblo", nadie duda de que el presidente Uribe es un mandatario con una inmensa aceptación. Pero las encuestas no son el pueblo. En las encuestas no están los centeneras de colombianos que tuvieron que hacer la cola para pagar la Pila, o los que no pudieron hacerla porque no tuvieron como, o los miles de colombianos que después de años de trabajo no tienen una pensión decente para vivir, o los miles de desplazados por las Farc, o por los grupos narcoparamilitares, que viven en el despojo mientras sus victimarios siguen con sus tierras a salvo, amenazándolos, y el Presidente y sus ministros le dicen "al pueblo" que el paramilitarismo se acabó. Si Uribe escuchara en realidad la voz de ese pueblo, habría cambiado a su ministro de (des)protección social, había resuelto el problema del formulario del Pila con la rapidez con que ordena la captura de un alcalde -o la muerte de un malhechor-. Uribe está con el populacho, y el populacho, con él. Al pueblo que lo dejen tranquilo.

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