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Opinión

  • | 2014/05/19 00:00

    El timador y su alumno

    Casos como el de Óscar Iván Zuluaga y el “hacker” hacen pensar en manos de quién está realmente el país.

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He escuchado decir a muchos militares que el promedio de los políticos colombianos no tienen la más puñetera idea sobre el significado de la guerra. A veces, comentaba un oficial retirado, no sentimos mejor comprendidos por los guerrilleros porque al fin al cabo es con ellos con los que nos comemos la mierda en el monte. 

En general los militares tienen una mala opinión de los políticos y más de aquellos que se empeñan en hacer política a costa de ellos. Los militares son leales a sí mismo y pierden el tiempo los políticos que hablan en nombre de ellos o exigen una especie de lealtad perruna. Esto mismo vale para la guerrilla. Militares y guerrilleros son cofradías que saben representarse a sí mismas. Qué más se puede pedir a un país hecho y sostenido a tiros. 

Vamos entonces a la política. A las elecciones. En este nebuloso mundo no hay manera de diferenciar qué es verdad y qué es mentira. Al final todo parece que es mentira. En Colombia, alertaba alguien, todos tenemos derecho a ser asesinados. Este aforismo es totalmente cierto y el deber de un político, políticamente correcto, es tomarse este asunto en serio. 

A leguas, se nota que Óscar Iván Zuluaga es un buen padre, tal como lo reconocen sus hijos. Él mismo fue buen estudiante. Destacado. Con buenas notas. Es más, pienso que es un hombre de talante pacífico al que no le interesa que la gente se mate entre sí. Hasta aquí, nada que objetar. Empero, los tiburones que nadan en sus aguas han empezado a enseñar sus aletas y lo convertirán en merienda.  

Por alguna extraña razón el video - colgado en la web de esta revista – en el que aparece el candidato Zuluaga escuchando las ofertas de un encantador de cobras, me hizo recordar a los dos inocentes chicos que aparecen en “Funny Games” (Juegos Divertidos), la película de Michel Haneke, para mi gusto, el genio del realismo en el siglo 21. Dos encantadores adolescentes de traje y guante blanco que anulan brutalmente a una familia de veraneantes mientras que en la pantalla de la TV, salpicada de sangre, trasmiten una carrera de coches.  

La escena y los diálogos entre Zuluaga, Hoyos y Sepúlveda son condenadamente ridículos. Sepúlveda…un timador, como lo han tildado algunos de sus ex amigos que cayeron alegremente en sus astutas trampas, tratando de venderle a un hombre que quiere ser el presidente de Colombia, una chapuza tal como si fuera un arma secreta con la que es posible erradicar a todos los enemigos de Colombia. Lo peor de todo, es que Zuluaga, parece tragarse el cuento que le echa el vendedor. Así se piensa continuar la guerra en el país: pasando moneda falsa tal como si fuera metal puro.     
 
El alumno, sentado correctamente en su asiento, escucha atentamente la manera como el profesor Andrés Fernando Sepúlveda – el hacker según los medios -  expone la manera de cómo ganar una guerra desde un computador. Un desprecio hacia la sangre de los soldados y policías que deben cumplir las órdenes de un diletante que desea convertirse en general de la noche a la mañana. 

El portal dialogosavoces.com que Andrés Fernando Sepúlveda esgrime como la invencible fórmula para tirarse el proceso de paz, cargarse a la guerrilla y ganar las elecciones, es un monumento a la mediocridad, esa mediocridad que se ha tomado a la política colombiana. 

Cualquier estudiante de ciencia política o pichón de una unidad de inteligencia militar puede demostrar en menos de lo que canta un gallo que el contenido del portal dialogosavoces.com es mero humo. Lo inquietante es que un aspirante a la Presidencia elabore una estrategia para el país con humo. Una campaña electoral hecha a base de humo.

Pienso, en cambio, que lo que está haciendo el general Jorge Enrique Mora en La Habana con quienes fueron sus enemigos en teatros de guerra verdaderos, vale más que todo ese humo. Los delegados del gobierno de Santos junto con los representantes de la guerrilla están tratando y acordando sobre temas realmente serios que, las cortinas de humo electoral, no dejan ver.

Lo acordado y anunciado al público el pasado viernes 16 de mayo por el gobierno y las FARC contiene un propósito estratégico muy potente: descriminalizar a una sociedad en la que la criminalidad se volvió una práctica banal, consentida, en el ámbito público y privado. Alcanzar un estadio de civilización en las que un líder político no acuda a formas criminales para alcanzar sus objetivos, tal como sucede hoy. 

En el texto acordado el Estado y la insurgencia comparten responsabilidades. Hay autocritica de las partes. Hay voluntad de darle vuelta a un comportamiento gansteril que se empotró en la raíz de la sociedad y lo envenenó todo. Un veneno que parece inoculado hasta en los lugares más insopechados.

Retomo la columna.
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