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jueves, 23 de febrero de 2012

La carga del hombre blanco

Por Annika Dalén*
Annika Dalén
Annika Dalén
OPINIÓNLa autoimpuesta “carga del hombre blanco” en su versión del siglo veintiuno ya no es civilizar a incultos y salvajes pueblos lejanos, sino salvar a las pobres musulmanas de la ignorancia y la tiranía de su propia cultura.
Viernes 23 Julio 2010
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Hace ya más de cien años que el escritor británico Rudyard Kipling escribió su famoso poema La carga del hombre blanco, en el que describió la ardua e ingrata tarea de civilizar a los salvajes pueblos conquistados. Los tiempos han cambiado desde la época de Kipling y la colonización ya se ve como cosa del pasado. Sin embargo, parece que la idea etnocéntrica en virtud de la cual los europeos se autoproclaman guardianes globales del progreso y la moralidad sigue con igual vigor.

Hace un tiempo, la Cámara de Representantes de Bélgica aprobó con 136 votos a favor, 2 abstenciones y ninguno en contra, una ley que prohíbe a las personas cubrirse la cara en todos los espacios públicos, incluyendo edificios como hospitales y estaciones de policía. La esperada aprobación del Senado tendrá que aguantar hasta después de las elecciones ya que el Congreso recientemente se disolvió. Mientras tanto, Francia se convirtió en el primer país europeo en adoptar a nivel nacional esta medida, que ya existe en algunos municipios de varios países europeos. La misma prohibición está actualmente en debate en otros países como Dinamarca y España.

Esta medida, aunque formulada en términos generales, va claramente dirigida en contra del uso de las vestimentas femeninas niqab y burka de algunas comunidades musulmanas. Los argumentos son similares en todos los países que tienen este debate y se sustentan en dos razones principales: la seguridad pública, que hace necesario poder identificar a las personas, y la defensa de la igualdad, que implicaría librar a las mujeres musulmanas de las cadenas patriarcales de la cultura islámica.

En cuanto a la importancia de la prohibición para defender la seguridad pública, cabe destacar que el uso actual de estas vestimentas es un fenómeno muy marginal. Incluso en Francia, que es el país europeo con mayor población musulmán, 6 millones, representando casi el 10 por ciento de la población, se estima que apenas unas 1.400 mujeres utilizan el niqab o la burka. En Bélgica, el número estimado es apenas un poco más de 200 mujeres. Con este panorama, las restricciones de derechos fundamentales como las libertades de religión, de conciencia y de expresión que se derivan de una medida de imposición de códigos obligatorios de vestuario, resultan completamente desproporcionadas frente a la supuesta amenaza que representan dichas vestimentas.

El segundo argumento tampoco tiene mayor fundamento. Si bien es válido considerar que el uso de la burka y el niqab es una forma de opresión de las mujeres ya que las priva por completo de una identidad individual, este tipo de paternalismo, supuestamente protector, resulta completamente contraproducente. Para aquellas mujeres que escogen usar esta vestimenta la medida es altamente discriminatoria. Para las mujeres que son obligadas por sus familias o comunidades a usarla, la prohibición, en lugar de protegerlas, las podría hacer más vulnerables a la opresión de la que supuestamente pretenden ser liberadas. En efecto, si sus familias solo les permiten salir con niqab o burka, y el Estado solo les permite salir sin esos, el resultado podría ser que terminen aisladas en sus hogares sin contacto con el resto de la sociedad.

Dado que el uso de la burka y el niqab entre las musulmanas europeas es mínimo, la prohibición tiene ante todo un efecto simbólico, marcando una clara diferencia entre quien es aceptado y quien no lo es en la sociedad. Así, el impacto principal es una criminalización de la comunidad musulmana en tiempos en los que la intolerancia frente a ella está aumentando.

Hoy en día, la colonización europea ha volteado su mirada hacia adentro, hacia aquellas personas que pueden tener un pasaporte que las acreditan como ciudadanas, pero que siguen siendo vistas como diferentes, como ciudadanos de segunda clase que amenazan la superior cultura europea.

Es notable que los congresistas e impulsores de esta medida, reconocidos como autoproclamados defensores de las musulmanas en varios periódicos, sean en su gran mayoría hombres. La autoimpuesta “carga del hombre blanco” en su versión del siglo veintiuno ya no es civilizar a incultos y salvajes pueblos lejanos, sino salvar a las pobres musulmanas de la ignorancia y la tiranía de su propia cultura. Ahora son ellas las personas que deben ser ‘civilizadas’. Pero eso sí, igual que en los tiempos históricos, sin que nadie les haya solicitado su opinión.

 
* Investigadora asistente del Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad (DeJuSticia)

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