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Se veía venir. La Corte Suprema ha hecho una utilización política de un caso judicial. Otra retaliación en contra del gobierno y un capítulo más de ese enfrentamiento en el que la Corte Suprema le cobra al Presidente haber apoyado a la Corte Constitucional para que ésta diga la última palabra sobre las tutelas contra sentencias judiciales.
En efecto, al sentenciar a la ex congresista Yidis Medina por el delito de cohecho, la Corte Suprema puso en duda la legalidad y la legitimidad de la reelección del presidente Álvaro Uribe, al señalar que ésta fue producto de la "desviación de poder". En primer lugar, esto va en contra del principio de la inviolabilidad del voto de los parlamentarios, según el cual su responsabilidad penal es individual y no pone en cuestión la validez de las leyes en cuyo trámite participaron. En segundo lugar, la Corte no puede asumir que hubo una conducta dolosa de los funcionarios gubernamentales acusados por Yidis Medina, pues esa investigación está en manos de la Fiscalía General de la Nación y aún no ha concluido.
La Corte se ha apresurado a emitir juicios, es decir, está prejuzgando. Esos funcionarios aún no han sido vencidos en juicio ante los jueces correspondientes y, por tanto, deben ser considerados inocentes hasta que se les demuestre lo contrario. Escandaloso caso de violación a un principio básico de la justicia democrática como es la presunción de inocencia, por parte, nada menos, que de una de las más altas cortes de la justicia colombiana. De esta manera, la Corte está pecando de desviación y abuso de poder, que es de lo que, paradójicamente, pretende acusar al gobierno.
Con este tipo de decisiones la Corte ha pretendido cuestionar la legitimidad del gobierno, pero en realidad deja en duda su propia legitimidad, que debe estar basada en el valor más preciado de cualquier juez: la imparcialidad. Más grave aun, cuando los mismos jueces permiten que se les cuestione su neutralidad, lo que ponen en crisis es "la estructura de la sociedad política, organizada a través y mediante la Ley, con el objetivo de limitar la arbitrariedad del poder y de someterlo al derecho" (Sartori, Elementos de Teoría Política, Alianza Editorial, 1992).
Es alarmante constatar que la Corte está padeciendo del síndrome de Sansón y que, con tal de destruir al presidente Uribe, esté dispuesta a llevarse por delante el Estado de Derecho y la estructura institucional de la Nación. Su actitud pendenciera e irresponsable ha rebasado los límites imaginables y puede poner en riesgo la democracia colombiana.
Sobre la legalidad y la legitimidad del mandato del presidente Uribe la abrumadora mayoría de los colombianos no tenemos ninguna duda. Por eso esperamos confiados en que los procesos judiciales culminen, que las investigaciones de la Fiscalía esclarezcan la verdad y que los jueces que correspondan fallen en derecho. Pero rechazamos el prejuzgamiento y la utilización política de los procesos judiciales. Vaya paradoja la que estamos viviendo los colombianos: el gobierno con el más amplio respaldo popular de cualquier democracia occidental tiene su legitimidad puesta en duda de manera arbitraria por un puñado de jueces complotados, miembros del "poder menos provisto de legitimidad democrática" (Los Jueces y la Política, Carlo Guarnieri, Taurus, 1999).
La Corte ha adoptado una decisión judicial que es condenar a Yidis, y una decisión política que excede sus facultades legales, que es poner en entredicho la legitimidad del gobierno. Ante esto, el gobierno acata la decisión judicial y responde convocando un referendo, que es una iniciativa política para afirmar la cuestionada legitimidad de su mandato. Esto, en las circunstancias actuales, equivaldría a una reelección por cuatro años más. Siempre sujetos a la Ley, que el Congreso y el pueblo decidan.
Un reconocimiento final a la Corte Suprema: por obra y gracia de sus actuaciones, unas mezquinas, otras escandalosas, los colombianos hemos perdido la inocencia que nos hacía creer que los altos magistrados eran seres impolutos e infalibles. Hemos constatado, con tristeza y desencanto, que son humanos, demasiado humanos, víctimas de pasiones que los enceguecen, les distorsionan el juicio y los hunden en el error. Lástima. Y gracias.
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