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| 5/22/2012 2:23:14 AM

Abel dos

Abel el niño pastor que miraba las estrellas

 

 

 

Al pequeño pastor le gustaban además de las ovejas, la tierra, las plantas, las estrellas, el agua, sentir el aire acariciándole las mejillas cuando echaba a correr colina arriba, o abajo. Era mejor correr hacia abajo hacia el cañón por donde el río se deslizaba encrespado como si se divirtiera jugando con las piedras; luego él se sumergía en el agua fría, se dejaba arrastrar por la corriente hasta llegar al vado desde donde empezaba a correr de nuevo buscando la montaña.

 

Abel no conocía otra vida que esa al aire libre pero allí se sentía feliz, tanto que soñaba con aprender el lenguaje de la naturaleza, tal vez por eso  miraba con cuidado las flores, y los ojos de los animales, para comprenderlos; pensaba que allí residían los secretos. A veces creía entender la mirada húmeda de Jazmín, la oveja negra que daba tanta lidia pero que él quería tanto.  

 

También le gustaban las nubes y las figuras que ellas formaban en el cielo azul de los atardeceres.  Le gustaba acostarse sobre  el césped y mirarlas correr o detenerse. Muchas veces se quedaba allí envuelto en un manta rayada y lanuda, la manta de tigre, le decía, hasta que las estrellas iluminaban el azul profundo de la bóveda celeste.

 

Su madre le había dicho que en el cielo vivía un herrero enorme que tenía que clavar las estrellas en la bóveda para iluminar las rutas de los caminantes.

 

Pero lo que más le gustaba era el arco iris. No era sino que amenazara lluvia para que Abel se recostara en el borde de la ventana y se dedicara a escrudiñar un rayo de luz entre las opacas nubes. A veces la luz se escondía, pero otras, como si supiera que él la esperaba, se mostraba en forma de un hermoso arco que atravesaba de lado a lado el firmamento.   

 

Su madre le había contado que el arco iris no era otra cosa que los largos cabellos de una hermosa mujer que salía a lavarlos con la lluvia; luego los dejaba caer para que el sol se encargara de secarlos, pero el viento muy celoso los transformaba en franjas de colores. Su madre le contaba muchas historias.

 

Un día le contó que hacía mucho tiempo un hombre santo hablaba con los animales, Abel quería saber más de ese santo. Se llamaba Francisco, dijo la madre, y hablaba con el lobo y las palomas.

 

Una noche mientras miraba las estrellas envuelto en su manta de tigre soñó que una hermosa mujer de cabellos dorados, se acercaba cautelosa y le hablaba al oído. –Ven acompáñame a reino de la felicidad, le dijo y Abel se sintió arrebatado por una fuerza que lo llevó por los aires. La mujer lo sentó a su lado en medio de un hermoso jardín, donde el cervato comía junto al león, y la serpiente jugaba con un niño. Quiero conocer el lenguaje de los animales. Le dijo Abel. Ámalos lo suficiente y ellos se comunicaran contigo, le respondió ella cuando volando lo llevaba de regreso. ¿Y que es el amor?, preguntó él. La mujer lo miró con ternura, sonrió y guardó silencio, luego despareció.

 

Al despertar Abel se sintió extraño. ¿Qué es el amor? Le preguntó a su madre, ella lo miró con ternura, sonrió y continuó peinándolo.

 

El amor debe ser algo que no se puede explicar, pensó Abel, mientras corría por la montaña a buscar sus ovejas. Antes de llegar oyó los balidos, son de Jazmín, dijo y corrió más aprisa, Jazmín estaba herida, se había arrancado un trozo de piel con el alambre de púas, Abel sintió un dolor tan profundo que no supo explicarlo, parecía que también él tuviera la piel rota y sangrara. Sin pensarlo dos veces se  quitó el abrigo y envolvió a la oveja. Y corrió y corrió con ella hasta llegar a casa. Haz podido accidentarte o resfriarte, le dijo la madre.

-Eso no importa madre, le dijo Abel, Jazmín es más importante.

La madre lo miró con ternura y sonrió. Eso es el amor, le dijo mientras junto con el padre  curaban a la oveja.        

 

 

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